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ILUSTRES VERANEANTES

Marta de Diego, el campo andaluz, Marbella y Menorca

Marta de Diego, madrileña de padre catalán, vivió en Madrid, Barcelona y se enamoró de Valencia. Diseñadora de prestigio, viste a las mujeres más elegantes de la sociedad valenciana, apasionada de su trabajo y gran conversadora

12/08/2017 - 

VALÈNCIA. Me recibe en su nuevo estudio en un luminoso piso de la céntrica calle Jorge Juan de Valencia. Me confiesa que le gusta la discreción porque "el protagonismo debe ser mi ropa, mis diseños, no me gusta ser yo el centro y mis clientes valoran mucho esa discreción". Pero está encantada de conversar y relatarme sus veranos.

-Con la mezcla de Castilla y el Levante que llevas en tu recorrido vital, ¿dónde pasabas los veranos siendo una niña?

-Mis veranos han sido como mi vida: nómada. Soy muy camaleónica, gracias a Dios he podido adaptarme siempre a las circunstancias. Yo soy madrileña, y mis veranos de niña eran de tres meses nos íbamos al campo andaluz, a la casa de mi abuelo en Jaén. Ahí estábamos toda la familia: padres, primos, tíos, abuelos. Era toda una aventura el desplazamiento.

-¿Qué recuerdos tienes de esos veranos en el campo?

-Efectivamente era vida de campo 100% con muchos animales: montar a caballo, visitar las cuadras, los cerdos o marranos en sus zurdones criados con bellotas, ver los toros. Aún recuerdo que fueran a buscar con las aguaeras en los mulos de los burros para traer el agua y llenar los tanques. Me produce una gran nostalgia recordar aquellos tiempos. Nos bañábamos en lebrillos. Comíamos melones cultivados allí mismo. Eran unos veranos divertidísimos.

-¿Alguna anécdota especial?

-Recuerdos especiales tengo dos, para ser sincera. En unas obras que hacían en el porche había montículos de tierra y nos pusimos a hacer guerras entre trincheras y mi hermano se llevó una pedrada en la frente y tuvimos que llevarlo al médico del pueblo más cercano. Y otro grato recuerdo es que la finca pertenecía a la aldea el Porrosillo y ahí se celebraban las fiestas en verano donde venía mucha gente, una vivencia de una Andalucía muy auténtica. Comíamos los dulces típicos de allí: pericones, rosquillas, etc.; la banda de música tocaba por las mañanas ‘quinto levanta tira de la manta’ para despertarnos.

La pequeña Marta de Diego sentada en una pradera.

-Me comentas que eras la nieta preferida porque tu madrina era tu abuela, te permitirían muchos caprichos supongo.

-Mis abuelos se iban siempre el mes de agosto a Santander, al Gran Hotel Sardinero y yo me iba con ellos todo el mes porque era su nieta favorita y como bien decías era la ahijada de mi abuela materna. Ahí cambiaba completamente el concepto de verano, casi siempre estaban los mismos residentes en verano; de hecho, guardo buenas amigas como Maru y Cuca, hicimos una panda de veraneantes muy divertida. Íbamos a ver los cantos y bailes regionales de las fiestas que se celebraban en Santander. Además mi abuelo era una persona muy generosa y se preocupaba de que pasáramos un mes estupendo.

-Os trasladasteis a vivir a Barcelona siendo adolescente, ¿cómo llevaste esa situación? ¿Los veranos donde ibais? 

-Por motivos laborales nos fuimos allí, mi padre estaba en el sector textil. Empezamos a veranear en Calafell, veranos muy familiares. Lógicamente muy diferente el entorno respecto al sur porque aquí estábamos todo el tiempo en la playa. Hice una panda de amigos muy buena y empezamos a hacer viajes en verano, íbamos mucho a Marbella. Recuerdo las 4 amigas –Rosa, Susana y Gean–, bajábamos en un Seat 600 de Barcelona a Marbella, costaba un día entero llegar, parabas para que no se calentara el motor, eran otros tiempos.

-Hablamos de la época dorada de Marbella, muchos famosos, muchas fiestas, mucho glamour…

-Absolutamente, en esos años toda la élite nacional veraneaba allí. En Puente Romano abrieron un Regine’s, el club privado más elitista del mundo (aún conservo la tarjeta). Allí se podía cenar, tomar copas y veías a Lola Flores, a Gunilla von Bismarck, Isabel Presley y el Marqués de Griñón, Antonio Arribas, los Garrigues Walker. Y recuerdo especialmente que sobre las 2:30h sacaban unas cazuelas de lentejas exquisitas, la mejor manera de contrarrestar los efectos del alcohol. Me pareció una idea tan buena que ahora en mi casa siempre lo hago cuando mis hijas salen, les dejó preparadas una cazuela de alubias o de lentejas.

Marta de Diego junto a su familia en sus veranos en Menorca.

-Os pasarían mil cosas curiosas, imagino.

-Conocimos a un jeque árabe, en la copa le ponían algo que creíamos que era perejil pero simplemente era hierbabuena. Nos hicimos amigas de él, nos invitó a su hotel –Puente Romano–, nada más llegar y a modo de ‘detalle de bienvenida’ nos ofreció que nos hicieran la manicura. Lo que más nos sorprendió fue cuando subimos en su Rolls Royce que tenía por alfombrillas unas alfombras persas.

-Te casas y vienes a vivir a Valencia, ¿y de nuevo cambia el verano?

-Mi marido se dedicaba a la vela, y ahí empezamos a veranear por las Islas Baleares en el barco, un año dábamos la vuelta a Ibiza, otro a Mallorca pero siempre acabábamos en Menorca, nuestro referente. Ahí descubro los veranos del mar –frente a los de secano de mi infancia– que son las más salvajes y más maravillosos que yo he vivido, todo el día en el mar. Te despiertas a las siete de la mañana, te pones el bikini y te lanzas al agua, eso no tiene precio. Muchos de ellos compartidos con mi amiga y socia Pepa. Pescábamos, buceábamos, disfrutábamos a tope del mar.

Marta de Diego con una cala al fondo. 

Marta de Diego recuerda con especial ilusión cuando entraron en el Puerto de Mahón –“junto al de Alejandría creo que son los más bonitos del Mediterráneo”– y atracaron a vela, la tripulación era simplemente la familia y la situación fue un auténtico show, consiguieron atracar sin encender el motor y las personas que estaban cenando en el Puerto acabaron aplaudiéndoles.

-¿Tras tu separación seguiste enamorada de Menorca?

-El primer verano que voy a Menorca tras separarme nos fuimos en el Mini que tenía y ahí metimos todo, incluida la jaula con un conejo que teníamos. La travesía en barco duraba toda la noche. Y al desembarcar cuando me vio mi hermano no daba crédito como podíamos haber metido todo eso ahí. Vuelvo a mi refugio de Fornells –al norte de la Isla– con mis hijas . Allí estoy en familia, conozco a la pescadera, la quiosquera, el del bar, los hippies de los puestos, el mercadillo de los jueves, etc. es un ambiente muy cercano y agradable. Disfrutamos todo el mes de agosto junto a buenos amigos, muchos de ellos de Barcelona. Ahí conocí a unos sevillanos que se convirtieron en grandes amigos, las familias congeniamos enseguida y nuestros hijos son amigos, ellos salen mucho y nosotros cenamos –mi especialidad es el plato típico de Fornells, la caldereta de langosta– y hacemos tertulias nocturnas eternas.

Marta junto a sus hijas y amigas con su caldereta de langosta.

-Tu rutina de un día de verano es…

-Me levanto 7:30-8h y hago footing una hora, al volver compro en el horno ensaimadas recién hechas, subo a casa y empiezo a despertar a mis hijas y mientras desayuno con mucha calma. Y cuando se incorporan mis hijas nos preguntamos "¿hoy por donde sopla el viento?" y en función de ello escogemos la playa donde vamos a ir a pasar el día. Nos organizamos con otros amigos para decidir el destino, evitando siempre las zonas más turísticas para gozar de mayor tranquilidad.

-Por último y con un oficio tan creativo, ¿en verano además de desconectar te sirve como inspiración para tus diseños?

-En primer lugar cargo pilas, y después me sirve para resetearme como un ordenador. Elimino todo lo que he ido echando a la papelera y empiezo en septiembre con las hojas en limpio, como el cuaderno de un niño cuando empieza el colegio. El verano me sirve muchísimo para meditar sobre lo que me ha ido bien y mal, lo que debo mejorar, lo que voy a lanzar… al estar más relajada la inspiración me fluye más fácilmente.

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