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la década perdida del museo de bellas artes

San Pío V: volver a empezar

El Museo de Bellas Artes estrena este mes la V fase de su ampliación y renace con un proyecto de futuro que aspira a devolver la entidad a la sociedad

2/07/2017 - 

VALENCIA.- Sucedió a mediados de los años 70, cuando era un niño; José Ignacio Casar Pinazo recuerda pasear por los pasillos del Museo de Bellas Artes de Valencia y escuchar a su abuelo, el escultor Ignacio Pinazo, hijo del pintor, «protestando porque a algunos cuadros les daba la luz del sol», ríe. Ahora, cuando camina por el museo, si quiere, sólo con un poco de imaginación, puede volver a escuchar a su abuelo dándole recomendaciones de cómo se debe exponer tal o cual cuadro, esa escultura o ese retablo. Con un añadido: esos consejos podría llevarlos a la práctica porque ahora él es el director. 

Si su abuelo volviera ahora a esas salas descubriría un centro que, tras una década perdida, está reiniciando su camino para recuperar su prestigio internacional. Considerado como la joya de la corona cultural de la Comunitat Valenciana, con sus más de 30.000 obras, algunas de ellas tasadas en millones de euros, el Museo es como una cueva del tesoro al acceso del público, tan desconocido como relevante en la historia de la cultura nacional. Considerada la segunda pinacoteca de España en número de obras de arte, sólo el Museo de Bellas Artes de Sevilla y el Museo Thyssen de Madrid le podrían disputar de tú a tú la relevancia a nivel estatal. Pero la hábil gestión que ha regido en espacios como el Museu Nacional d’Art de Catalunya, en Barcelona, o el Museo de Bellas Artes de Bilbao, ha hecho que el espacio valenciano se encuentre hoy día por detrás también de éstos en los ranking. 

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La respuesta al cómo se ha llegado a esta situación se halla en la historia reciente del museo. Su deriva fue paulatina desde la llegada del PP a las instituciones autonómicas, si bien al principio apenas se percibía por el buen hacer del entonces director, Fernando Benito. La primera decisión política relevante que ha afectado (y cómo) a su día a día fue no darle línea presupuestaria propiaA diferencia de la mayoría de los museos de su categoría, que disponen de autonomía de gestión, el dinero anual le era concedido al museo desde la Conselleria que, como una madre, la daba la asignación. Esto resultaba una rémora porque hasta para las cuestiones más nimias el museo se veía obligado a acudir a la avenida de Campanar, sede de la Conselleria. Parodiando, se podría decir que hasta para comprar papel higiénico había que pasar por registro de entrada. Sólo se disponía de una pequeña caja que era de la que se echaba mano. 

Esta decisión permitió a la entonces todopoderosa Consuelo Císcar, con plaza de funcionaria en el museo, controlar los destinos del centro sin salir de la Conselleria, primero desde la dirección general de Promoción Cultural y después desde Patrimonio. Pero una vez fue relegada al IVAM, su égida se desintegró y con ella la escasa preeminencia que tenía el centro en los presupuestos del Consell. Y el museo pasó a segunda división. Una anécdota resume el trato recibido a partir de entonces: a principios de 2009 el presidente Camps ordenó aplazar la inauguración de una exposición a un domingo por la mañana y después decidió no ir; se quedó en su casa viendo la final del Open de Australia en la que jugaba Rafa Nadal contra Federer (Camps es un gran aficionado al tenis); mientras, en el museo, aguardaban la entonces consellera Trini Miró, académicos, artistas, técnicos, funcionarios... 

prueba del ninguneo es que, en 2009, camps prefirió quedarse en casa viendo un partido de tenis que ir a una inauguración

A esta baja consideración institucional hacia la Cultura hubo que unir la coherentemente errática política de nombramientos de la administración del PP, en especial durante los últimos años de Camps. Una vez fallecido Benito en 2011, el PP no encontró ­—o no quiso encontrar— un sustituto en el mundo académico y, tras dejarla casi un año al frente del centro de manera provisional, se optó por promocionar como directora a la jurista Paz Olmos. La apoyaba Camps atendiendo a criterios de amistad, y su sucesor, Alberto Fabra, no hizo nada por enmendar esa decisión. Carente de la formación para el puesto, los desvelos de Olmos fueron infructuosos cuando no inanes y, como consecuencia de ello, sus cuatro años como directora han quedado en la historia del centenario museo como una nota a pie de página. Ejemplo de su provisionalidad, Olmos decidió no publicar catálogos de las exposiciones para reducir gastos, cuando los catálogos se consideran una de las principales aportaciones científicas de las exposiciones. Ella creía que ahorraba, cuando en realidad estaba negando su razón de ser al centro.

Sin línea presupuestaria propia, constreñido, Bellas Artes ya había ido perdiendo a marchas forzadas personal, no se cubrían las vacantes por jubilación, no se firmaban nuevos contratos y el centro se hallaba desasistido. La falta de trabajadores hacía que no se pudieran atender a todas las peticiones de visitas de centros escolares. Si no hubiera sido por los escasos cuarenta empleados, la situación habría sido dantesca. Algunos de ellos, como el excelente conservador José Gómez Frechina, optaron finalmente por marcharse a la empresa privada cansados de la situación. Y, finalmente, el museo se vino abajo. Literalmente. Días antes de comenzar la Semana Santa de 2014, parte de la fachada del edificio se desprendió y cayó al suelo. Pese a los demoledores informes técnicos de los bomberos que hablaban de un estado ruinoso, la entonces consellera María José Català optó por mantener en su puesto a Paz Olmos, sin tener en cuenta que la directora no había informado del mal estado del edificio ni había apremiado para que se iniciaran las obras de la V fase. Ni siquiera el cambio de gobierno con las elecciones de 2015 se tradujo en su cese. 

Robar, un juego de niños

Con el nuevo Consell aún asentándose, en verano del año pasado se produjo el escándalo del aire acondicionado. La mala gestión de unas averías se tradujo en daños considerables en algunas de las obras más relevantes del museo, en especial el Retrato ecuestre de Francisco de Moncada de Anton van Dyck. Pero la gota que colmó el vaso no cayó hasta una noche a mediados de agosto, cuando 45 piezas fueron robadas del museo. Los ladrones sólo tuvieron que saltar la valla y entrar en una zona que se encontraba sin videovigilancia debido a la desconexión de una cámara con motivo de las obras de ampliación.

No era tanto su valor (Cultura tasó las obras sustraídas en 1.200 euros) sino lo que significaba: el museo era la casa de Tócame Roque. La decisión fue fulminante: la jurista fue relevada de su puesto y, tras encontrarle acomodo en otro departamento, la Conselleria, y más concretamente el triunvirato formado por el conseller Vicent Marzà, el secretario autonómico Albert Girona, y la directora de Patrimonio, Carmen Amoraga, buscaron un nombre entre los técnicos de Cultura. El primero que tuvieron sobre la mesa fue el del arquitecto José Ignacio Casar Pinazo, quien cumplía con el requisito de ocupar plaza de jefe de servicio, además de contar con una clara idoneidad para el cargo por su experiencia. 

Casar había demostrado, además, ser una persona coherente e incorruptible, íntegro hasta las últimas consecuencias. Fue por ejemplo el responsable de que se paralizara la ampliación de la avenida Blasco Ibáñez en Valencia, con sus informes en contra, y también el técnico que advirtió de los problemas de edificabilidad del solar de Jesuitas. Su enfrentamiento con Calatrava, a cuenta de la reforma que éste quería hacer en su palacete de la Plaza de la Virgen, acabó con Casar transferido a Obras Públicas. Con el tiempo regresó a Cultura y, tras participar en algunos proyectos de restauración tan destacados como el de la fachada barroca de la Catedral de Valencia o el de la iglesia de Santa Catalina, se pasó a la empresa privada realizando trabajos por todo el mundo. Hace un par de años volvió a la Conselleria y entre sus previsiones no se hallaba precisamente la dirección del museo; al menos no ahora, ya que en su día Casar se postuló para el puesto en un concurso que se planteó en 2011 y finalmente no llegó a hacerse.

Un nuevo comienzo

Que el nombramiento le sorprendiera gratamente no significa que no tuviera un plan, que ha ido madurando desde el primer día de su llegada al museo, y en el que se incluía la desaparición del impostado nombre de San Pío V. La nomenclatura, que aducía al origen eclesial del edificio y a la avenida en la que se halla, carecía de sentido al traspasar la puerta. Mientras la Conselleria deshoja la margarita del concurso para el director, que seguirá el modelo del concurso del IVAM, Casar afronta la dirección provisional con la intención de dejar un legado sólido a quien finalmente sea el elegido. Así, se afana en alcanzar objetivos como recuperar público. Para ello aboga por un proyecto que convierta la visita al centro en «una experiencia gratificante», no sólo un mero deleite estético, lo que obligará a habilitar herramientas para que los espectadores puedan «decodificar» las obras.

En su trabajo contará con una ayuda de consideración: este 24 de noviembre el Ministerio dio por entregadas las obras de la V fase, que se han extendido dos años y que ayudarán a que el centro entre en el siglo XXI. Pese a las prevenciones iniciales, los problemas de filtración de agua que ya han sido solucionados, las grietas y algunas polémicas decisiones, como la eliminación de las características puntas de diamante de la fachada, la valoración final de la ampliación es positiva.

Así Casar estima en mucho la inversión que ha realizado durante estos veinte años el Ministerio, además de recordar que esta última fase ha supuesto la recuperación de la parte antigua de la pinacoteca. Por eso cree que la ampliación «satisface una parte muy sustancial de las necesidades del museo». También ve una lectura positiva en el hecho de que «fuerza a una reordenación de todas las colecciones», lo que supone «una puesta al día» del museo. Nuevas salas de didáctica, un salón de actos considerable para que la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos (con sede en el museo) pueda proseguir con sus ritos centenarios, así como la adecuación de una entrada por los Jardines de Viveros, son algunos de los puntos clave. 

Con todo, no basta para dar salida a todo el arte que atesora el centro, con sus más de 30.000 piezas, que van desde pinturas a grabados, pasando por dibujos, esculturas, muebles, tapices... y hasta tumbas paleocristianas. Queda pendiente para el futuro una nueva ampliación del centro, para la que ha solicitado que se estudie la posibilidad de emplear el Convento de la Trinidad, situado justo en la acera de enfrente del Museo, una vieja idea que ha retomado por pura lógica. «Es una extensión natural como se plantea en El Prado con los Jerónimos», recalca Casar, si bien puntualiza que es aún pronto para dar fechas. «No es una opción para mañana. Estamos empezando a hablar sobre ello. Lo que he hecho hasta la fecha se limita a comentarle a Jaime Sancho [responsable de Patrimonio de la Archidiócesis de Valencia]: ‘tenemos que hablar’. Pero nada más». Desde su equipo se muestran convencidos de que el Arzobispado se presentaría receptivo a un proyecto que transformara el Convento de la Trinidad en un espacio artístico si éste es acorde. Hay pocos lugares en los que case mejor el discurso cristiano de los retablos de la colección del museo.

la institución cuenta con 30.000 piezas: pinturas, grabados , esculturas, muebles, tapices... hasta tumbas paleocristianas

Casar sabe que cuenta con el apoyo de una Conselleria que, ahora sí, parece percatarse de la importancia del museo. Como señala el conseller Marzà en declaraciones a Plaza, el Museo «es un referente europeo porque el recorrido pictórico que plantea y la relevancia de las obras que alberga son excepcionales. Es por eso que desde el departamento de Cultura de la Generalitat lo hemos tenido como prioridad desde el primer momento y, después de poner orden, pienso que hemos conseguido que cuando se habla de nuestra pinacoteca por excelencia se hable de arte», dice Marzà. 

Pero hechos son amores. El conseller apoya las peticiones de Casar y su equipo y atiende a sus necesidades. Dentro de esa línea cabría enmarcar la inclusión en 2017 de una línea presupuestaria propia para el centro. «Queremos más autonomía de gestión para el Museo de Bellas Artes y por eso desde el punto de vista administrativo estamos trabajando al respecto», explica el conseller. «Queremos también que desde el Ministerio de Cultura se le trate como se merece una de las pinacotecas más importantes del Estado», añade.

Los problemas de falta de personal, empero, continúan. Por ejemplo, el centro cuenta sólo con una restauradora de arte, Asunción Tena, esposa de Casar y una persona fundamental en el nuevo organigrama, con más de treinta años de experiencia en el museo. La carencia de más restauradores se suple actualmente acudiendo al Instituto Valenciano de Conservación y Restauración (Ivacor), que «nos está ayudando muchísimo», apunta el conservador David Gimilio. Desde hace más de diez años, cuatro técnicos del Ivacor se encuentran allí desplazados permanentemente. «Son un apoyo importantísimo a efectos de la colección pictórica», redunda Casar, pero recuerda que deben acudir a algunos contratos puntuales específicos, como con los restauradores de escultura en piedra, porque el Ivacor no tiene técnicos en este campo. «Tenemos que hacer un esfuerzo. El museo se va a reordenar en 2019 como Museo de Bellas Artes, no sólo de pintura, sino también de escultura, dibujo, grabado, y debemos recuperar una parte de la colección [las esculturas] que había sido olvidada».

La línea de trabajo también incluye acciones en el entorno digital (se está renovando la web, se ha intensificado la presencia en redes sociales) y en el mercado del arte, con posibles compras. En la reunión del Patronato que se celebró a finales de noviembre se anunciaron las adquisiciones que se realizarán, entre las cuales se hallan obras de Ribalta, Joan de Joanes, Vicente López, un archivo fotográfico de Sorolla... Además, se volverán a poner en marcha publicaciones y no sólo los catálogos de exposiciones. «Siempre han estado vinculadas a la historia del museo», recuerda Gimilio. Todo encaminado a hacer que el museo esté a la altura de su contenido y, si volviera a pasear por él el abuelo de Casar, no sólo viera que a ningún cuadro le da la luz del sol, sino que también se emocionara al descubrir que su obra y la de otros grandes artistas está siendo custodiada como merece. 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 26 (XII/2016) de la revista Plaza

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