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Blancos del Marco de Jerez

Albariza no es un nombre de mujer

Hoy nos vestimos de blanco blanquito, como algunos de los que habitan sus tierras, esas que de blanca blanquita albariza llegan a deslumbrar

Por | 21/09/2018 | 5 min, 5 seg

 Que albariza, aunque sea bien bonito, no es un nombre de mujer, pero nos invita a mirar al origen para mostrar el terruño sin estridencias. Y a disfrutar como nos gusta, como hedonistas. Que de eso va lo del vino, de pasarlo rebién. Así que nos bajamos al sur, a nuestro Cádiz querido, para saborear que sí, que otro Jerez es posible.

El de los blancos tranquilitos y sin fortificaciones. Vinos que a veces rozan botas o flores, pero sin olvidar su esencia. La de esos suelos, parajes de clara magia que se desnudan en cada trago. Tiza y verdad en la copa de los muy llamados mostos, que en los últimos años han ido creciendo gracias a la buena mano y cabeza de una generación de viticultores dispuesta a cambiar las cosas. A hacer de la calidad su máxima. A respetar tradiciones convirtiendo cada pago en una botella única. Como las que hoy nos representan. Que nos gustan. Pero muy.

Y para muestra un botón, que con el Socaire 2016 (Primitivo Collantes) entramos en acción. Uno de los pioneros de estos nuevos aires del ya conocido como socairismo (guiñito-guiñito, amiguis). Frescor de uva palomino, compleja y yesuda. Balanceos de la fruta a la piedra. Punzantes que marcan el camino de lo bueno que viene en el día que nos contempla. Y por largo tiempo, pero mientras me pones una ventresca de atún con salsita de tomate y oye, que para qué más.

O para qué menos, que nos queda mucho por delante y avanzamos con el Atlántida Blanco 2016 (Compañía de Vino del Atlántico). Cambiamos de varietal por una vez, para redescubrir la vijeriega. Acidez con un poquito de madera de personalidad sin complejos y un ramillete de flores que conquista. Un paseo por la viña que acompañamos con un vasito de caracolillos y su caldo mentolado

Volvemos a la palomino para no movernos más y lo hacemos en catedrales sanluqueñas con el Mirabrás 2014 (Bodegas Barbadillo). Viña vieja y antiguas elaboraciones de asoleos y roble que, con mucha calma, obtiene un vino resuelto y audaz. Simetría y entusiasmo que tomamos con un choco frito entero bien gordote. 

Con la barriga idem nos vamos a la Hacienda Doña Francisca (Callejuela). Aromas sureños de albaricísima terruñosa. Con cierto pudor se va haciendo grande entre contento de matices que vienen y van. Saltarín vaivén mirando a Doñana con unas ortiguillas rebozadas en el plato. 

Así, de taberna en taberna abrimos una botella de 12 Liños Blanco 2016 (Viña Armijo) que envuelto en modestia nos dice oli. Zalamero y gustosín se va abriendo como pavo real y nos invita a una cazuela de rape al pan frito. Pero qué rico. 

Casi más o casi menos como el Forlong 80/20 2016 (Bodega de Forlong). Palomino macerada con sus pieles y las de la uva Pedro Ximénez. Curiosidad que aporta interés y sabrosura. Exuberancia comedida de fruta floral para comer con gusto unas huevas de caballa a la plancha con piriñaca

De bodega jerezana nos llega noticia del Blanco Palomino 2017 (Faustino González). Nariz compotosa y boquita ligera es todo tiza y regocijo. Lo vivimos a ful y cuidao, que me desmayo. Pero no, que refresca con sencillez y nos ofrece unas zanahorias aliñás, que eso lo cura todo. 

Seguimos dando botes sobre El Muelle de Olaso 2017 (Luis Pérez). De nuevo la tradición para hacer de esa viña de pagos históricos un vino de verdad verdadera. Guapo guapísimo. Nervio puro de loca acidez. Cítricos de fruta a ful y deliciosos aromas con unos fideos a la marinera y bastantes bichos. 

Aunque para bicho nuestro siguiente invitado, el Ovni 2012 (Equipo Navazos). Sinvergüenza y efusivo, da un puntito de vehemencia, que para eso es extraterrestre. Y nos lo bebemos enterito con un bocado de otro mundo, la versión del matrimonio de la Taberna del Chef del Mar.

Bajamos a la tierra (o no) con el Alba sobre tabla 2014 (Alba Viticultores). Lunáticas formas de hacer con resultados que nunca dejan indiferente. Intensidad máxima, afectos agudos y la madurez que llega pero casi. Así cangrejeamos, con la copa en una mano y un montadito de lomo en manteca en la otra.

Continuamos volando alto con Muchada-Leclapart Vibrations 2016 (Muchada-Leclapart). Uvas ancianas y sus pellejos con resultados chulitos. Nariz muy fruta huesuda y sabores de secana austeridad. Liviano y conciso lo tomamos con unos langostinitos de estero cocidos sin más. Ni menos. 

Con la agilidad de la juventud se acerca a visitarnos el Albariza 2017 (Bodegas José Estévez). Cero complicaciones que renueva el gusto para todos. Amistoso y abierto en cualquier lugar y en cualquier momento. En una terraza, con puesta de sol y unas buenas aceitunas. Nos basta y nos sobra. 

Momento de apretar fuerte los párpados y aparecer en el barrio alto. En callejeos entre bares de otoño y mostos. Los de antes y el de ahora, el Precede Miraflores 2013 (Cota 45). Vino de palomino fermentada en bota. Flor sin flor. Fruto en plenitud. Salinidad y acidez. Mineral, así, porque nos da la gana. Y nos encanta. Con una de ajo caliente es maravilla.

Pero, pero, pero. Que llegamos al final y nos dejamos uno grande. Así que paramos el tiempo unos minutos para abrir una botella de De La Riva Blanco (Bodega De La Riva). Macharnudo, asoleo y un poquito de flor. El desenlace que es felicidad con una morena en adobo. Estaba escrito. Amplitud eterna y preciosos afilados. El mar y la tierra. Unión y fuerza. La de las promesas reales. Nuestros jóvenos gaditanos. Alegrías con patas y larga vida. Que va por ustedes, señores.

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