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MEMORIAS DE ANTICUARIO

Balansiya. Ecos demasiado lejanos de una València musulmana

“Valencia es la apoteosis de la belleza

su reputación es buena tanto en el Este como en el Oeste.

Si alguien dijera que es un lugar caro

y una ciudad en la que no cesan las luchas

di tú que es un paraíso al que no se puede llegar

sino pasando por el hambre y la guerra"

Ibn Hariq, poeta nacido en Valencia (1156-1225)

12/03/2017 - 

VALÈNCIA. Esta es la historia de un patrimonio material desaparecido. Los valencianos somos muy de, eufemísticamente hablando, renovar: sin ir más lejos pronto lo haremos a través del ritual del fuego, o siendo más francos, la cuestionable estética de muchas poblaciones cercanas a Valencia denota esa afición por derribar y levantar. La existencia todavía de unos cuantos vestigios diseminados y, hay que decirlo, escasamente valorados, es ni más ni menos que la prueba de la presencia de todo un mundo sustituido por otro. No busquemos, lamentablemente, en Valencia un caso como el de la Mezquita de Córdoba, aun en escala reducida, de la Alhambra de Granada o de la Giralda de Sevilla, alminar de la antigua mezquita, hoy torre catedralicia cristiana, por poner varios ejemplos. 

Y Valencia fue tan Al Andalus como todas esas ciudades, pero ninguna de las mezquitas que existían en la Valencia del siglo XI ha quedado en pie, siquiera parcialmente. El Palacio Del Real, que trae su nombre del árabe “rahal” que se puede traducir como “casa de campo” también ha desparecido. Hay que aclarar que nunca fue el palacio de ningún rey, aunque a veces se alojaron allí monarcas de todas las dinastías hasta su destrucción en 1810. Se trataba realmente de una finca de recreo también llamada Almunia en la que los reyes de la Taifa de Balansiya (Valencia) se retiraban para descansar. Por tanto, nunca ha sido un palacio real, debiendo llamarse, entonces, Palacio del Real. El mismo destino tuvo el de los Omeyas en Ruzafa del que sabemos cosas por tradición escrita. Una rica toponimia permanece, eso sí, así como una forma de entenderse con el medio rural, a través de un sistema de tratamiento de las aguas que fue recogido con admiración por cronistas y viajeros de los orígenes más diversos. En artes aplicadas los motivos islamizantes los podemos observar sobretodo en una cerámica de reconocimiento internacional y un cierto revival a finales del siglo XIX.

¿Valoramos el rico pasado musulmán de Valencia como toca?. Me da la sensación de que este esplendoroso pasado nos queda como algo más pintoresco que otra cosa, sin que se haya llegado a valorar la importancia que tuvo en la medida que lo merece. A la eliminación de muchos de los testimonios me remito. Según el historiador Josep Vicent Boira, “(…) la Valencia islámica se ha presentado tradicionalmente como un paréntesis”. Un paréntesis de quinientos años, añade. Recuerdo que en el programa de estudios de Historia del Arte la asignatura dedicada al arte islámico tenía la misma importancia que la de arte ruso.

La trama urbana

No puede decirse que la adjetivación “medieval” de la trama urbana de buena parte del centro histórico de Valencia sea del todo precisa, pues habría que aclarar que esta trama medieval no es, sin embargo, cristiana. No es incorrecta, pero una mayor concreción debería llevarnos a denominarla como “moruna”. Un calificativo que, por otro lado, no es fruto de las últimas investigaciones de la historiografía moderna, sino que, ya de esta forma se describía Valencia en los libros de viajes por los extranjeros que visitaban la ciudad en el siglo XIX, y que la percibían como un encantador laberinto de calles angostas escasamente ventiladas. La cristiandad sustituye lo que de islámico podía haber en la ciudad, levantando la catedral y las parroquias sobre los terrenos ocupados por las mezquitas una vez derribadas estas, sin embargo, la trama urbana permanece.

La muralla islámica

En cuestiones de murallas, Valencia lo ha tenido claro: su conservación ha sido un problema. Así que, al igual de lo que sucedería ya en el siglo XIX con la gran muralla cristiana, la más humilde islámica, levantada en el siglo XI fue eliminada prácticamente en su totalidad en el siglo XIII al poco tiempo de producirse la reconquista. Se trataba de una fortificación de tamaño medio, realizada en mampostería, con foso y barbacana. Cada 25 metros aproximadamente se adosaba una torre semicircular. Inicialmente dispuso de cuatro puertas y con posterioridad se amplió el número a siete (entre estas, la de la Xerea, la Culebra, La Boatella o la de la Alcaicería). El recorrido a grandes rasgos era: partiendo desde las Torres de Serranos, atravesaba en diagonal el barrio del Carmen, por la plaza del Ángel hacia la plaza del Tossal. Desde allí imaginemos una línea que acaba en la Lonja atravesando la plaza de San Nicolás. Desde la Lonja trazaríamos otra línea que acabaría en la iglesia de San Martín al inicio de la Calle San Vicente, de aquí hacia la antigua universidad, calle de la Paz, calle del Mar y por la calle Trinquete Caballeros hacia el Temple. De allí bordeando la marginal del cauce llegaríamos a nuestro punto de partida.

Los restos en pie son verdaderamente escasos: en ocasiones se pueden todavía apreciar en el interior de sendos solares un par de torres adosadas a edificios como la llamada Torre del Ángel, junto a la plaza del mismo nombre. Una zona en un estado de degradación patrimonial inaceptable y a la espera, interminable espera, de poner en marcha un plan que recupere para la ciudadanía, y haga visible, este trocito de la Valencia del siglo XI. Otros restos pueden observarse en el interior de espacios como la Galería del Tossal, en el Horno Montaner en la Calle Roteros, esquina con la calle Palomino o en la calle Salinas, junto a la de Cavallers en la que todavía permanece, de milagro, un lienzo de la construcción.

Los Baños del Almirante

No debería dejar esperar un solo día aquel que no haya visitado este fascinante, aunque escondido-literalmente- rincón de la Xerea, que se halla en la parte trasera del palacio gótico que le da nombre. Hay que aclarar que, frente a lo que se ha venido pensando tradicionalmente, no se trata de baños de origen islámico, ya que documentalmente se ha acreditado su origen en el siglo XIV durante el reinado de Jaime II. Lo que sí es cierto es que su construcción se realizó siguiendo milimétricamente los patrones de los baños públicos de vapor árabes, que, a buen seguro, en el momento de la construcción de estos, todavía quedaban en pie por la ciudad. Disponían de salas de agua a diferentes temperaturas y en el siglo XVI dejaron de ser baños de vapor para pasar a ser de bañeras y por tanto de inmersión. Son especialmente evocadoras las bóvedas de media naranja con oberturas en forma de estrellas de ocho puntas, que permiten crear una ambientación que por unos momentos nos aísla del lugar y tiempo.

Las lozas mudéjares y el revival de La Ceramo

Hace unos días compré un azulejo gótico valenciano del siglo XV, que dentro de la amplia tipología de motivos decorativos me pareció de los más “islámicos” que he observado. Es significativo que, aunque ya habían pasado tres siglos desde la reconquista de la ciudad, todavía pervivía de una forma muy evidente la influencia decorativa islámica. El mercado y el coleccionismo internacional no duda en llamar “Hispano-moresque” a la cerámica valenciana medieval, e incluso de siglos posteriores, si esta está realizada empleando la técnica del reflejo dorado o con motivos islamizantes.

La recuperación de esta loza con una clara finalidad de revival de la cerámica hipano morisca en reflejo dorado, se produjo a finales del siglo XIX con la magnífica recreación de aquellas piezas, cuyos originales se encuentran en los mejores museos del mundo, que llevó a cabo sobre todo la fábrica de La Ceramo en 1889, en las personas de sus fundadores José Ros y Julian Urgell, que se desvincularía pronto. Hasta tal punto existe esa vocación de revival que el propio edificio fue decorado exteriormente con elementos islamizantes, tal como puede observarse todavía, a pesar de estar el edificio tristemente degradado. Parecerá una noticia del NO-DO, pero conviene mencionar que fue tal la fama adquirida por la manufactura, que la mismísima Isabel Wittelbach, conocida por todos como Sisí, emperatriz de Austria, pasó por sus dependencias, adquiriendo diversas piezas para su palacio. Ese tipo de cosas que han pasado en Valencia.

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