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CRÍTICA DE CINE

'Blade Runner: 2049'. Entre el portento visual y la decepción nostálgica

6/10/2017 - 

VALÈNCIA. ¿Qué nos define como seres humanos? Era una de las muchas preguntas en torno a las que reflexionaba Blade Runner. Cuando se estrenó era el momento de explosión de las teorías Ciberpunk, de las distopías postindustriales y la ciencia ficción apocalíptica.

El hombre comenzaba a sentirse extraño dentro de la realidad en la que vivía, un mundo que ofrecía su cara más hostil e insensible, repleto de decadencia moral, y el cine comenzó a llenarse de historias en las que se percibía una melancolía congénita, casi de naturaleza metafísica, que desvelaba la decepción del hombre ante una vida sin alicientes marcada por el vacío existencial.

Estas ideas ya se encontraban presentes en la literatura de finales de los sesenta, cuando el visionario Philip K. Dick escribió su novela corta ¿Sueñan los androides con ovejas mecánicas?en la que ya se incluían temas como la relación entre hombres y androides y los límites imprecisos que se establecen entre lo natural y lo artificial.

En manos de Ridley Scott, que se encontraba en su mejor momento creativo, ese germen argumental se convirtió en una obra visualmente desbordante, llena de ideas, que se convertiría en icónica dentro del imaginario de buena parte de la ciencia-ficción posterior.

En su momento de estreno no fue bien recibida. Era demasiado densa y conceptual, aunque poco a poco la opinión inicial fue mutando hasta su consideración como una obra maestra inapelable. Ridley Scott supo cómo combinar con mucha habilidad elementos del cine negro con los de ciencia ficción y con otras características propias del relato detectivesco para configurar una película de aliento tan nihilista como romántico, intoxicada de una enorme tristeza. Un vacío que se percibía en la mirada de cada uno de los protagonistas, de ese cazador de recompensas interpretado por Harrison Ford, la replicante encarnada por Sean Young y ese ángel caído que Rutger Hauer dotó de una enorme fuerza, pero también sensibilidad, y cuyo monólogo final se ha convertido en uno de los más hermosos y poéticos de la historia del cine.

Han pasado más de treinta años desde aquél hito cinematográfico, y ahora es el momento de retomar la historia del agente Deckard.

El responsable de llevar a cabo esta continuación es Denis Villeneuve, responsable de títulos como Incendies (2010), Enemy (2013), Prisioneros (2013), Sicario (2015) o La llegada (2016). Siempre se ha caracterizado por configurar imágenes de una gran potencia expresiva y por plantear un buen número de cuestiones morales en sus ficciones, así que a priori era un excelente candidato para abordar este complicado regreso que ha levantado una enorme expectación.

El agente Deckard continuaría siendo la pieza fundamental de esta nueva entrega. Sin embargo, la historia se cuenta desde otros ojos, los de un joven Blade Runner llamado K (Ryan Gosling) que tiene el mismo cometido que Deckard en el pasado, retirar a los modelos que habían causado problemas en un momento en el que un nuevo empresario ha tomado el control de la ya extinta Tyrell Corporation, el ambicioso Niander Wallace (Jared Leto), experto en manipulación genética y en la creación de replicantes a modo de esclavos para servir a las necesidades de la sociedad.

En esta nueva versión se ponen de manifiesto muchos temas que preocupan en la actualidad. El cambio climático, la lucha de clases, la necesidad de revelarse contra las estructuras de poder, la marginación y la exclusión social, la explotación infantil, la superpoblación y, de nuevo, la soledad del hombre contemporáneo, la deshumanización de la especie y el discurso en torno a la creación y el sentido de la vida.

El aspecto de la urbe vuelve a ser claustrofóbico, lleno de anuncios de neón, hologramas interactivos, lluvia constante, humo, contaminación y sensación de hacinamiento. Un panorama de extrema dureza que no mejora cuando salimos de la ciudad y nos encontramos con un paisaje lleno de escombros donde malviven las clases sociales más necesitadas escarbando entre la basura.

Blade Runner 2049 es una película portentosa a nivel visual. No se le puede reprochar a Denis Villeneuve y a su equipo que no se hayan esforzado a la hora de ponerse al nivel de las expectativas y crear un universo absorbente y casi alucinatorio. Sin embargo, da la sensación de que todo ese armazón estético termina por devorar a la propia película. Todo el trabajo atmosférico va encaminado a que el espectador tenga una experiencia inmersiva. Pero Villaneuve no consigue crear verdadera sugestión a través de las acciones de unos personajes que en ocasiones parecen demasiado forzadas. No se profundiza en ninguno de los temas que hemos apuntado con anterioridad, y la trama que termina vertebrando la acción resulta inconsistente. Parece como si hubiera una voluntad explícita a la hora de configurar un envoltorio lo suficientemente atractivo como para que olvidemos todo lo demás. La sensación que queda es un poco contradictoria.

Quizás porque Blade Runner 2049 es en realidad fruto de su tiempo, del concepto del blockbuster que rige la actualidad, demasiado artificial, casi más que los propios replicantes de la película. Y aunque estemos ante una película muy respetuosa con todo el material previo, adulta, seria y que se atreve a condensar mucha más densidad temática de lo que estamos acostumbrados en la actualidad, da la sensación de que, al final, se queda a medio gas, quizás para contentar a todos los públicos, a los que crecieron a la sombra del culto a Blade Runner y a las nuevas generaciones mucho menos nostálgicas. Solo falta saber si la película será tan importante para los espectadores vírgenes como lo fue para todos aquellos que nacieron en los ochenta y noventa. El tiempo, seguramente, la pondrá en su lugar.


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