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EL FUTURO ES HOY / OPINIÓN

China y la economía valenciana

El reciente acuerdo firmado para favorecer las relaciones empresariales con China, debería llevar a divulgar más los desafíos derivados de su ascenso a líder económico del siglo XXI

16/04/2017 - 

Lo constató hace meses en Valencia Dale Jorgenson, catedrático de Economía en Harvard y uno de los más reconocidos expertos en la medición del crecimiento económico en el acto de su investidura como Doctor honoris causa: China está llamada a ser la economía líder del nuevo orden económico mundial del siglo XXI. Sin embargo, las múltiples implicaciones de este hecho siguen siendo ignoradas entre nosotros cuando hoy el gigante asiático es ya capaz de producir casi todo, a igual calidad pero a menor precio, de lo que oferta la estructura productiva valenciana.

Su espectacular crecimiento desde hace décadas es quizá lo más conocido. El resultado es que mientras en 1990 el PIB por habitante de Estados Unidos era 73 veces el de China, y el de España 37 veces, en 2015 la diferencia ha quedado reducida a siete y cuatro veces respectivamente. Aún hoy, en que tanto se comenta su desaceleración está creciendo al doble que EEUU. La sustancial diferencia en niveles no modera el carácter extraordinario de esta trayectoria. El producto por habitante se ha multiplicado por 22,4 mientras que, en el mismo período, en España o en Estados Unidos solo se ha duplicado (2,2 y 2,4). El Gráfico 1 muestra la profunda diferencia en la evolución de los tres países.

Pero las implicaciones de esta transformación para el conjunto de la economía mundial, y por tanto para la española y valenciana, son mucho menos conocidas. Y son muy relevantes. En primer lugar, debido a su tamaño. La irrupción en los mercados internacionales de un país con un producto similar en paridad de compra al de Estados Unidos y de más de 1.400 millones de habitantes, con 700 millones de ocupados, modifica los órdenes de magnitud de las variables fundamentales del análisis económico. Y pone en cuestión los frecuentes estudios en donde los países son unidades equivalentes; esto es donde Suecia, por ejemplo, tiene el mismo peso que China. La oleada de nueva demanda derivada de la transformación del Dragón hasta hace poco dormido puede aproximarse con la evolución de los salarios cuando los ocupados han aumentado en más de 146 millones entre 1991 y 2015. En ese período el salario nominal urbano de los 382 millones de empleados en estas áreas se ha multiplicado por diez, mientras el alza del índice de precios al consumo ha sido bastante menor. Un punto de comparación: esta última cifra supera al total de ocupados en los siete países más avanzados.

Los bajos salarios nominales no deben confundir. Los precios en China son también muy inferiores y, por tanto, en capacidad de compra los salarios son más elevados. No tenerlo  en cuenta distorsiona la comprensión de la transformación de aquella economía. Un ejemplo. En un artículo reciente de prensa sobre las retribuciones en las empresas de smartphone, se utilizaba el tipo de cambio para transformar a euros la retribución mensual de 5.000 yuanes mensuales. El resultado eran 675 €. Sin embargo, aplicando la capacidad de compra de, por ejemplo, el Big Mac Index, la cifra se transforma en 1.355 €, superior a la retribución de una parte apreciable de los asalariados españoles.

Hoy China está alejada de ser un país productor de bienes intensivos en mano de obra de bajo precio y peor calidad.

Pero además su gran transformación ha estado volcada en el aumento de las exportaciones a las economías avanzadas y en una mejora sustancial de su capacidad tecnológica. El gigante asiático es en la actualidad el primer exportador mundial. El Gráfico 2 refleja cómo se ha modificado la proporción de sus ventas al exterior en relación con las de Estados Unidos y Alemania: ha pasado de ser un 15% en 1990 a superar ampliamente a ambas potencias en 2014.

Esta impresionante trayectoria ha ido acompañada de un cambio no menos radical en la composición de lo exportado. En 2011-2015, el porcentaje de los bienes de intensidad tecnológica elevada (ordenadores y telecomunicaciones, tecnologías de ciencias de la vida, electrónica, manufacturas de ordenadores, industria aeroespacial, biotecnología, óptica, etc.) ha sido del 27%, el más elevado de cualquier economía relevante. En Estados Unidos, por ejemplo, la cifra es 18% y en Alemania del 16%. En España la proporción queda en el 8%.

Desde algunos ámbitos, se ha pretendido minimizar este hecho, arguyendo que en buena parte de esas exportaciones, el papel de China es el de mero ensamblador de componentes previamente importados. Un argumento, que se obvia, curiosamente, en el caso de España u otros países de la UE. Sin duda hay casos en que es así, pero desde la perspectiva de la nueva estructura de la economía mundial y de los retos a los que se enfrenta la española (y la valenciana), ello no es motivo para la tranquilidad. Al menos por dos razones.

En primer lugar, porque dada la situación del mercado laboral en algunas economías avanzadas, y desde luego en la española, ello supone ignorar que el grueso del empleo sí se localiza en el gigante asiático. Y en segundo lugar, porque no hay ninguna evidencia de que esta función de mero ensamblador sea generalizable al total exportado ni que, en las partidas en que lo es, no esté reduciéndose con mucha mayor rapidez que en las economías con las que compite.

Apple, por ejemplo, emplea a más de un millón de trabajadores allí frente a los menos de 50.000 empleos directos en EEUU, un hecho común a muchas otras multinacionales de EEUU e inseparable del éxito electoral de Trump. Y por otro lado, entre 1997 y 2012 en las exportaciones de alta intensidad tecnológica el valor añadido interno ha pasado del 25% al 45% mientras en las exportaciones totales se situa entre el 68 y el 77% en 2015.

Por tanto, la parte de la exportación resultado de ensamblar componentes importados ha disminuido con rapidez, al contario, por ejemplo, que en España, en donde ha crecido un 40%,  del 19% al 27%. La amenaza de la competencia de la República Popular China, oculta en muchas ocasiones en forma de componentes invisibles para el consumidor final, no es, pues, una posibilidad teórica. Frente a ella, cabe preguntarse en qué actividades tiene ventajas competitivas una economía como la valenciana y qué se está haciendo para fomentar la presencia de sus bienes, sobre todo servicios, de alto valor añadido, en aquel ingente mercado.

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