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30 aniversario

Cor sostenido

El Cor de la Generalitat cumple 30 años como una de las agrupaciones vocales más relevantes de Europa. Su fama internacional ha venido de la mano del Palau de les Arts, pero goza de prestigio a nivel nacional desde prácticamente su fundación. Ahora corre peligro de deshacerse si las autoridades no lo remedian

5/08/2017 - 

VALÈNCIA.- Fue apenas unos segundos pero significó mucho. Ocurrió el 31 de marzo de 2008, durante la interpretación en Castellón del Réquiem de Verdi por parte de la Orquesta de la Comunitat Valenciana y el Cor de la Generalitat, dirigidos por Lorin Maazel. Al final, en el Libera me, en un momento clave para el coro, Maazel levantó la mano y la bajó. Dejaba a su aire al coro, los dejaba cantar solos, los ‘liberaba’ sin darles directrices, y lo hacía sonriendo; se ponía en sus manos, confiado como un niño. Una cantante del coro recuerda diez años después ese momento: «Aquello fue magia».

El Cor de la Generalitat cumple en este curso treinta años. Como el Valencia Basket. Y al igual que el club de baloncesto, es una de las agrupaciones más prestigiosas de la Comunitat Valenciana. Con un añadido: la inmensa mayoría de sus componentes son valencianos y muchos de ellos llevan en él al menos dos de las tres décadas de vida de la agrupación. El Cor de la Generalitat es cantera en estado puro, verdadera marca València.

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Se trata de un caso insólito en la historia valenciana por su continuidad y su fama, siempre in crescendo. De él dice el crítico valenciano Joaquín Guzmán que puede exhibir «un volumen y empaste digno de los más grandes coros europeos»; mientras que el crítico madrileño Juan Ángel Vela del Campo dejó escrito que los cantantes de la agrupación «bordan sus cometidos, alcanzando niveles de ensueño». Un prestigio que se ha ganado concierto a concierto, montaje a montaje. 

El maestro estadounidense Lorin Maazel es posiblemente una de las cimas de su arte. Con él lograron algunos de los momentos más celebrados de su trayectoria, pero no es ni mucho menos el único. También de la mano de otro gigante de la música clásica, Valeri Guérguiev, obtuvieron un extraordinario éxito en el montaje de Los troyanos de Berlioz para el Palau de les Arts, en 2009. Y diez años antes, en el Teatro Real de Madrid, de la mano del fallecido maestro valenciano Luis Antonio García Navarro, se consagraron haciendo las funciones de coro fijo del escenario madrileño.

El camino hasta ese éxito se inició en 1987, onducidos por la también fallecida Inmaculada Tomás, madre y protectora de la agrupación, y el entonces titular de la Orquesta de València, Manuel Galduf. El maestro, en su mejor momento profesional, fue el artífice de que la formación comenzara a profesionalizarse y el primero que les propuso títulos cada vez más arriesgados. Un logro más meritorio, habida cuenta de la inestabilidad laboral, pues la mayoría de los cantantes eran amateurs. Urgía profesionalizarlos, pero no se encontraba la fórmula. Fernando Piñango, representante sindical de la formación y portavoz de los cantantes durante estas tres décadas, recuerda cómo se llegó a plantear la posibilidad de crear una cooperativa. «Todos han querido tener el Cor, la marca, el prestigio, pero no las responsabilidades», se lamenta. 

La primera solución para facilitar la dedicación plena fue una propuesta provisional: contratos a tiempo parcial. Como no hay nada que dure más que lo efímero, se mantuvieron en esa situación durante más de quince años. Los cantantes solo querían para ellos unos contratos de dedicación plena, tal y como funcionan los coros de Radio Televisión Española, los de la Comunidad de Madrid o los del Liceu de Barcelona. Pero, por diversos motivos, esa solución se postergaba. Finalmente, con la puesta en marcha del Palau de les Arts en 2006 y su inclusión como coro titular de las temporadas líricas del coliseo, pareció llegar la tan deseada estabilidad.

Una quietud que comienza a resquebrajarse. Porque el Cor afronta el futuro con notables inquietudes, y no precisamente por cuestiones artísticas. Es un problema biológico. La formación es víctima del tiempo y va envejeciendo de manera irremisible. Así lo constata Piñango. «La renovación de la plantilla es prioritaria», asegura. En la actualidad la media de edad de los cantantes bordea los cincuenta años y en diez años más de la mitad se habrán jubilado. Lo harán sin nadie a quien cederle la llama.

La culpa es de Montoro

Una situación que admite la subdirectora de Música del Instituto de Cultura, Marga Landete. El embrollo, según ella, tiene además un enemigo con nombre y apellidos: tasa de reposición; en su caso, del 50%. En función de esa limitación legal, impuesta por Cristóbal Montoro, muchas agrupaciones están viendo coartadas su posibilidad de renovar a las plantillas. «Sobre todo a las unidades artísticas, [la tasa de reposición] las constriñe», afirma Landete. Es por ello que una de sus prioridades en la subdirección de Música es impulsar una modernización del Cor que pasaría, lógicamente, por la incorporación de nuevas voces que vayan relevando a las que hasta ahora han formado parte de la agrupación.

«No paro de decírselo a las instituciones y les advierto de que yo no voy a ver ese problema», comenta Paco Perales. Director de la formación de manera ininterrumpida durante estos treinta años, Perales acaba de actuar en el teatro Rialto con la agrupación en unas matinales gratuitas organizadas por el Instituto de la Música. En ella han cantado obras de artistas valencianos de todas las épocas. A su lado se encuentra Leonardo ‘Lalo’ Marqués, secretario técnico del Cor, quien asiente. «Necesitamos incorporar a gente nueva en un periodo de seis, siete años —dice Perales—, hacer un relevo natural, progresivo, para no perder ese ímpetu, esa versatilidad que nos hace únicos en España».

Por si fuera poco, la propuesta de la Relación de Puestos de Trabajo de la Conselleria de Cultura ha puesto en alerta a los cantantes de la formación, ya que consideran que pone en riesgo su consideración profesional. En ella, además, se suprime el puesto de director artístico, una decisión que el responsable del Instituto de Cultura, Abel Guarinos, asegura que es mera burocracia pero que en el Cor ha provocado pavor. ¿Quieren echar a Paco Perales? ¿Quieren echar al director? Guarinos lo niega, pero el verano está siendo especialmente cálido.

Tras Paco Perales, Jordi Blanch como director asistente tiene la máxima responsabilidad sobre el Cor en materia artística. Francisco Hervás es el maestro repetidor. La distribución del coro, explica Marqués, es por cuerdas: sopranos, altos, tenores y bajos. Hay cuatro jefes de cuerda que selecciona el propio Perales, quien se reconoce a sí mismo como una especie de entrenador. En plantilla hay 59 cantantes, si bien recurren a algunas voces hasta llegar a la cantidad de gente que se precise. El ideal estaría en 90 voces, pero es un horizonte que parece muy lejano. 

Fernando Piñango: «Todos han querido tener el Cor, la marca, el prestigio, pero no las responsabilidades»

Perales y Marqués organizan el año en función, primero, de los compromisos ineludibles del Cor. Si bien sus participaciones en el Palau de les Arts son las más relevantes, también colaboran con asiduidad con la Orquesta de València del Palau de la Música. Junto a estos dos referentes, además, Perales y Marqués preparan conciertos por toda la Comunitat Valenciana: Xàbia, Almussafes, Sumarcàrcer, Alcoi, Xàtiva… Son lo que la plantilla cariñosamente llama los rural tour. Aprovechando las circunstancias, Perales propone programas variados, como uno de la música valenciana que abarca seis siglos, otro de coros de ópera y zarzuela famosos, u otro de voces de mujer. Con ellos se ofrecen a los ayuntamientos. Y allá donde van, triunfan.

La clave que hace tan especial al coro es su versatilidad, insisten por separado Piñango y Perales. Es lo que les define. Pueden cantar desde gregoriano a ópera contemporánea. Para ello es fundamental la especial relación entre el director y el coro, entre el entrenador y los jugadores, un elemento esencial en su devenir. «Dentro de la flexibilidad tiene que haber una especial tensión entre el coro y el director», explica Perales. «Hay un tira y afloja. Tienes que buscar nuevos estímulos a través del repertorio, a través de nuevas ideas que vas cambiando de cómo interpretar una obra... Es un trabajo lleno de retos».

En estos treinta años Perales admite haberse vuelto más «tranquilo». «Veo las cosas con más calma. Cuando eres muy joven crees que vas a descubrirlo todo, y después te das cuenta de que no sabes nada», ríe. «[Preparar un concierto] Cada vez me da más miedo, pavor...», agrega. «Creo que es algo que nos pasa a todos los músicos. Cuando vuelves a interpretar una obra que ya hiciste te preguntas: ‘¿Y esto lo hice yo? ¿Pero cómo lo hicimos?’. Hasta que finalmente reflexionas y te dices: ‘Bueno, ahora tengo más experiencia; ahora lo haremos mejor’. Y te tranquilizas, porque es que hay veces que no puedes ni dormir».

Los elogios que han recibido a lo largo de su existencia no han hecho que en el Cor presuman más de lo necesario. Es más, muchos de ellos los ven como anécdotas graciosas que relatan como el que narra cualquier asunto intrascendente. Así, Perales y Marqués rememoran cómo Maazel estaba tan enamorado del Cor que en una ocasión, en presencia de Helga Schmidt, les dijo que cantaban el inglés de su ópera 1984 mejor que los coros británicos. «El maestro le vino bien al coro —dice Marqués— porque pudimos chupar de su genialidad». «Realmente él recogió el trabajo de los demás [Tomás, Galduf, García-Navarro], aunque es cierto que al final de su estancia en València su vinculación con el Cor era cada vez mayor», apunta Perales.

Cuando el maestro norteamericano arribó a València en 2005 su primera función era crear la Orquesta de la Comunitat. Su primer contacto con el Cor le hizo pensar que no era necesario también crear una formación vocal nueva, que se podía trabajar al más alto nivel internacional con la que ya existía en la ciudad. Al finalizar una de sus actuaciones con ellos le dijo a Perales: «La afinación de este coro no la he tenido nunca». A lo que el músico valenciano le replicó: «Pero si yo he oído grabaciones suyas con Radio France». «Tú lo has dicho; era una grabación», le sonrió.

El estar tantos años juntos ha hecho que entre los componentes del Cor exista una especial química. Hay incluso nueve matrimonios que han surgido entre cantantes de la formación (y algunos divorcios). El lugar en el que mejor se puede ver esa sincronía es en sus actuaciones en el Palau de les Arts, donde a veces se ven obligados a improvisar todos a la vez. En una ocasión, con motivo de la representación de 1984, se estropeó una plataforma móvil que debía sacar a las cantantes al escenario. Sin que nadie dijera nada, todas, cantando a tempo, salieron por una pequeña rendija en un efecto que agradó a Maazel.

«Somos un equipo», explica Fernando Piñango. Y quien bien sabe de esta especial química —dice— es el componente de La Fura dels Baus Carlus Padrissa, habitual director de escena de montajes operísticos en València y por todo el mundo. Desde que trabajaron juntos en El martirio de San Sebastián, el catalán tiene mucho respeto por las habilidades de la formación. «Entonces —cuenta Piñango— se nos aproximaba con su compañero Àlex Ollé y nos decía: «mirad, esto los hemos probado con niños; creemos que puede salir»; todo muy respetuoso». Con los años la confianza en ellos ha crecido tanto que cuando fueron a montar Sansón y Dalila hace dos años solo les dijo: «A ver qué me ofrecéis». Como Maazel siete años antes, les dejaba libres para que hicieran lo que quisieran. 

Perales, el rostro del Cor

VALÈNCIA.- Discípulo de maestros de la talla de Helmut Rilling o Georges Prêtre, Perales es el rostro más reconocible de la agrupación. Hablar del Cor es hablar de él. «Cuando lo nombraron patrono del Palau de les Arts fue una gran alegría para todos nosotros», asegura una cantante del Cor; «en cierto modo era como si nos hubieran nombrado a todos miembros del Patronato». Su biografía dice que nació en Xàtiva en 1959. Su formación ha sido primordialmente valenciana, primero en su Xàtiva natal y después en el Conservatorio Superior de Música de València, donde obtuvo el título de profesor superior de clarinete. Su llegada a la dirección fue de la mano de Eduardo Cifre, José Ferriz y Manuel Galduf. Tras ser premiado en el extranjero, con tan solo 29 años pasó a ocupar la dirección del Cor de la Generalitat. Era 1988. Hasta hoy. «Menos los dos meses primeros, llevo aquí todo el tiempo», recuerda. Fundadores más veteranos que él solo quedan siete, enumera; la mayoría llevan más de dos décadas con él. En noviembre del año pasado fue elegido como nuevo miembro de número de la Real Academia de Bellas Artes, otro reconocimiento implícito para el Cor.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 34 (VIII/17) de la revista Plaza

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