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dislexia

Cuando las letras bailan en el cerebro

No son tontos, ni vagos, ni con síndrome de hiperactividad. El desconocimiento sobre lo que es y cómo tratar la dislexia agrava este trastorno neurobiológico que no se puede curar pero contra el que sí se puede actuar. Y cuanto antes, mejor

23/11/2017 - 

VALÈNCIA.- Albert Einstein, Leonardo Da Vinci, Steven Spielberg, John F. Kennedy, Steve Jobs, Whoopi Goldberg y Keira Knightley tienen en común algo más que el talento. A todos les une la dislexia, la dificultad de aprender a leer y escribir sin presentar ningún hándicap físico, psíquico ni sociocultural. El magnate hecho a sí mismo Richard Branson, que este año ha creado el primer banco de esperma exclusivamente para disléxicos en Reino Unido, atribuye el éxito de su firma (Grupo Virgin) al fracaso escolar que vivió por la dislexia.

Detectar los efectos de la dislexia —término con el que el alemán Rudolf Berlin enterró en 1887 el concepto de ‘ceguera congénita para las palabras’— es relativamente sencillo; explicar sus causas, no tanto. La opinión más extendida es que tiene una base neurobiológica, carácter hereditario y es incurable (aunque sí se puede trabajar en controlar sus efectos). Incluye distintos tipos de trastornos que se manifiestan con diferente intensidad según cada caso, e incluyen la lecto-escritura, la lateralidad, la psicomotricidad, el equilibrio y /o el ritmo.

A pesar de que el término fuera acuñado a finales del siglo XIX, hoy las personas disléxicas no solo deben enfrentarse todavía a la falta de reconocimiento social, sino que hay quien sigue negando su existencia. No son pocos los alumnos que, a pesar de su inteligencia y capacidad creativa, la sufren en silencio en las aulas, donde pasan por vagos o inmaduros a falta de ser diagnosticados y tratados. 

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La primera dificultad es cómo saber que uno mismo tiene dislexia. Manuel Escorial, junto con su mujer María, fundó en 2005 la Asociación Valenciana de Dislexia y Otras Dificultades de Aprendizaje (Avadis), el primer colectivo valenciano de afectados por este desorden, integrado por medio centenar de familias. Escorial es el caso de un disléxico no diagnosticado. No supo que lo era hasta vivir la experiencia de su hijo disléxico, de 26 años. «Cuando yo era niño, pensaba que tenía algo», evoca. En su casa había muchos libros, su padre había sido el número uno de su clase, pero él, aficionado a la lectura desde muy temprano, se inventaba las palabras que no podía leer. 

* Lea el artículo completo en el número de noviembre de la revista Plaza

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