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LA PANTALLA GLOBAL

El día de la marmota: regresa el circo de los Oscars

Un año más, y ya van ochenta y ocho, la industria americana se premia a sí misma mientras el resto del mundo aplaude complaciente

26/02/2016 - 

VALENCIA. El próximo domingo, 28 de febrero, se entregan los premios Óscar, que reconocen lo más destacado de la cosecha cinematográfica de 2015. A estas alturas, anunciar la fecha de la ceremonia resulta escasamente novedoso, porque la maquinaria propagandística de Hollywood lleva meses encargándose con precisión quirúrgica de que ni un solo habitante del planeta con una mínima inquietud cultural desconozca el qué, cómo, cuándo, dónde y quiénes de un evento que se retransmite en la mayoría de países del mundo y que cumple a la perfección con el objetivo para el que fue creado: Funcionar como caja de resonancia promocional para una industria que ostenta una posición hegemónica indiscutible y es una de las principales fuentes de ingresos de la economía estadounidense. Ah, sí, y también es arte, y tal.

No nos malinterpreten. En la historia de los Óscar abundan los casos en que los académicos han premiado películas de alto nivel, más allá de los intereses monetarios que hay detrás de toda la parafernalia de los premios. También otros en que ha dado la sensación de que se habían tomado algún alimento en mal estado antes de emitir el voto: El más sonado fue, probablemente, el de 1976, cuando decidieron que la mejor película había sido Rocky (John G. Avildsen, 1975), en lugar de Taxi Driver (Martin Scorsese, 1975). Repasando la historia de los galardones se suceden episodios del mismo tipo, injusticias incomprensibles (la lista de maestros del cine sin estatuilla no es corta) o muestras de la capacidad de Hollywood para vender la moto sin esfuerzo alguno, como cuando en 1997 El paciente inglés (The English Patient, Anthony Minghella, 1996) se llevó nueve premios a casa y hubo quien celebró “el gran triunfo del cine independiente” sin percatarse de que por entonces las producciones de los hermanos Weinstein ya dominaban con holgura el mercado mainstream.

Lo mismo ocurrió con Pequeña Miss Sunshine (Little Miss Sunshine, Jonathan Dayton y Valerie Farris, 2006), un producto hecho a la medida del gran público, pero con envoltorio indie, que coló como película arriesgada e irreverente, pero no era más que una apología en toda regla de la institución familiar. Disfuncional, vale, pero institución al fin y al cabo. Se llevó dos Óscar menores, pero estuvo nominada al premio gordo, señal de que no era tan subversiva, porque la industria de Hollywood, conservadora por naturaleza, historia y tradición, no suele permitir que la auténtica radicalidad se cuele entre sus prietas filas. Este año, sin ir más lejos, se ha nominado a Cate Blanchett (no reconocer su trabajo hubiera sido cuestión de miopía intelectual), pero aunque hay ocho títulos que optan a mejor película, Carol (Todd Haynes, 2015) no ha sido incluido entre ellos. Se puede abrir una rendija de vez en cuando, claro, pero otra cosa muy distinta es dejar la puerta de par en par y que se cuele en la fiesta una mirada tan inteligente sobre la homosexualidad femenina.

La comidilla habitual

El de Carol no es un caso aislado, y todos los años hay un buen número de películas de interés que se quedan fuera de las nominaciones y nos sirven como excusa a los gacetilleros (qué le vamos a hacer, nos ganamos la vida con esto) para subrayar ausencias, favoritos, estadísticas y demás arsenal de datos repetidos cada temporada hasta la náusea para rellenar las páginas hasta que podamos hacerlo con los nombres de los ganadores. Un día de la marmota perpetuo en el que unos y otros interpretan el papel que les corresponde, siempre al servicio de la difusión de un cine basado en un discurso capitalista que no deja lugar a dudas, y que pese a la voluntad progresista de algunos de sus creadores, suele pecar de convencional, acomodaticio y carente de aristas. Al fin y al cabo, se trata de entretener al máximo número de gente posible, y para eso siempre es necesario uniformizar el contenido final del producto.

Este año, ni siquiera la polémica de turno ha sido novedosa. Como ha denunciado el director Spike Lee en incontables ocasiones, la Academia de Hollywood (mayoritariamente blanca y masculina, por supuesto) ha ignorado a los actores afroamericanos en las nominaciones. Igual que en 2015. Y no será porque no había candidatos: Idris Elba (Beasts of No Nation), Will Smith (La verdad duele), Michael B. Jordan (Creed), Samuel L. Jackson (Los odiosos ocho)... Incluso una película como Straight Outta Compton (F. Gary Gray, 2015) solo opta a mejor guión. Los actores Chris Rock y Jada Pinkett Smith encabezaron el boicot negro contra unos premios bajo sospecha, aunque no faltaron quienes lo vieron desde otro ángulo. La veterana Charlotte Rampling, nominada por su papel, en 45 años (45 Years, Andrew Haigh, 2015), tildó la campaña de racismo contra los blancos y añadió: “Puede que los actores negros no merecieran estar en la recta final”. Ella sí, claro.

Ya lo dice el refrán: Que hablen de ti, aunque sea mal. Y no hay polémica relacionada con los Óscar que no goce de amplificación mediática, así que quizá tenga connotaciones negativas, pero no deja de ser publicidad. La gala anual mueve millones, y cada detalle cuenta. Lo saben bien los encargados de promocionar las películas en liza, que invierten cantidades astronómicas para dar visibilidad a sus títulos. Se ha llegado a dar el caso de destinar más dinero a una campaña de marketing que al propio presupuesto del film. Ocurrió con la tramposa Crash (Paul Haggis, 2004), y dio resultado: Tres estatuillas, incluyendo la correspondiente a mejor película. También hay que tener en cuenta que, más allá de cuestiones de amistad y de filias y fobias personales, los académicos votan en función de lo que han visto, y si una película logra mayor exposición que otra, también tiene más opciones. En los Goya ocurre lo mismo: Ha habido productores que se han pasado varios días recorriendo Madrid con un listado de direcciones de miembros de la Academia y dejando DVDs en sus buzones para intentar que, al menos, vieran su obra y pudieran tenerla en consideración a la hora de emitir el voto.

Es posible que no haya otra gala en el mundo capaz de alcanzar el mismo grado de autocomplacencia que la de los Óscar, y que siendo tan previsible despierte tanta expectación. Los grandes millonarios de la industria se premian entre ellos ante el resto del mundo, entre sonrisas de camaradería y puñaladas traperas off the record. Mientras, los países “de habla no inglesa” (esos extranjeros que se expresan de manera tan rara, pobrecitos ellos) se asoman por el burladero de la fábrica de sueños para saborear las migajas que suponen los escasos segundos de condescendencia que los magnates conceden a su cine, tan exótico que hasta hay que verlo subtitulado. Y también aquí hay para todos los gustos. No se puede cuestionar la calidad de la mayoría de nominadas este año, pero recuerden: José Luis Garci se llevó un muñeco dorado a casa gracias a la indigesta y lacrimógena Volver a empezar (1982). Los criterios de voto de los Óscar son un misterio mayor que el de la Santísima Trinidad. Total, si Mi primo Vinny (My Cousin Vinny, Jonathan Lynn, 1992) tiene un galardón, ¿quién se atreve a asegurar que Las aventuras de Ford Fairlane (The Adventures of Ford Fairlane, Renny Harlin, 1990) no merecía otro? Al fin y al cabo, su guión es menos tóxico que el de Kramer contra Kramer (Kramer vs. Kramer, Robert Benton, 1979), y para mucha gente es una auténtica cult movie (al menos, en su delirante versión doblada al castellano). Sí, ya, pasemos a otro tema.

Utilidad (o no) del Óscar

Teniendo en cuenta el volumen de negocio que mueven los Óscar, capaces de relanzar una película y multiplicar su recaudación, resulta evidente que los productores son los más interesados en llevarse los premios. Ellos son los que invierten y también quienes están más preocupados por recuperar su dinero y obtener beneficios. Pero los actores no les van a la zaga en la caza del premio. Algunos han hecho todo lo posible hasta lograrlo, como Charlize Theron, quien estaba convencida de que nunca entraba en las apuestas porque se valoraba más su belleza que su talento, así que se desfiguró en Monster (Patty Jenkins, 2003) y… ¡Bingo! Es como lo de interpretar a un tullido: Premio casi asegurado. Y la ambigüedad de género tampoco suele fallar. Por eso hay quien cree que es muy posible que Eddie Redmayne repita galardón por su papel en La chica danesa (The Danish Girl, Tom Hooper, 2015), aunque esta vez parece que todos los números los tiene en el bolsillo un Leonardo DiCaprio que alcanza su quinta nominación por El renacido (The Revenant, Alejandro González Iñárritu, 2015), tras cuatro intentos fallidos.

Lo cierto es que no ha necesitado ganar el Óscar para trabajar con directores del prestigio de Scorsese, Tarantino, Christopher Nolan o Sam Mendes, mientras que otros intérpretes que pueden enseñar con orgullo la estatuilla a sus vecinos se han visto abocados a refugiarse en productos de dudosa calidad tras obtenerla. El caso de Halle Berry es uno de los más sonados, aunque no el único. Tocó el cielo gracias a Monster’s Ball (Marc Forster, 2001), que le reportó el preciado galardón en una ceremonia de la que todo el mundo recuerda su apasionado beso con Adrien Brody (otro, por cierto, al que se le podría dedicar un ¿Quién sabe dónde?), pero pocos podrían enumerar un par de títulos en los que haya trabajado posteriormente. Gothika (Mathieu Kassovitz, 2003), Catwoman (Pitof, 2004) o Marea letal (Dark Tide, John Stockwell, 2002), que podrían haber ido directamente al mercado del vídeo doméstico sin que nadie se echara las manos a la cabeza, son algunos de ellos.

Recientemente, el periodista Walt Hickey hizo un estudio para la web deportiva ESPN en el que se dedicó a calcular el tiempo que transcurre entre las películas de los actores premiados con el Óscar. O lo que es lo mismo: Si el premio se traduce en mayor cantidad de ofertas y posibilidades de trabajo. Más allá de que tal investigación nos legitime para preguntarnos por la cantidad de tiempo libre de que disfruta Hickey (es tentador, sí, pero no es lo que nos ha traído hasta aquí), los resultados tampoco resultaban especialmente concluyentes, al menos en lo que se refiere al aspecto meramente cuantitativo. En el artístico, y a la vista de engendros como El becario (The Intern, Nancy Meyers, 2015) o Dirty Grandpa (Dan Mazer, 2016), no resulta difícil deducir que Robert DeNiro anda escaso de liquidez últimamente.

El bueno de Hickey acaba por diferenciar entre cantidad y calidad, porque quizá no es tanto cuestión de enlazar un bodrio tras otro aprovechando las ofertas recibidas gracias al tirón del premio como de saber escoger entre esas ofertas para continuar construyendo una carrera sólida, respetable y digna de admiración. Y aquí quien se lleva la palma es el intenso de Daniel Day-Lewis, que hace pocas películas, pero las escoge con sumo cuidado. En la última década solo se le ha visto en cuatro: The Ballad of Jack and Rose (2005), que aceptó porque la dirigía su esposa, la novelista Rebecca Miller; Pozos de ambición (There Will Be Blood, Paul Thomas Anderson, 2007), que le valió su segundo Óscar (el primero lo había recibido en 1990, por Mi pie izquierdo, donde interpretaba a… un tullido); Nine (Rob Marshall, 2009), sobre la que mejor nos abstenemos de hacer comentarios (hasta los más grandes patinan alguna vez); y Lincoln (Steven Spielberg, 2012), con la que se llevó su tercera estatuilla. Pero su caso no es normal, porque casi sale a monigote por película.

Lo que parece claro es que no hace falta ser un gran intérprete para llevarse uno a casa. Ya saben, Sandra Bullock lo tiene. Y este año parece que se lo darán a Sylvester Stallone, así que nunca hay que perder la esperanza. Que se lo digan a Marisa Tomei, que al parecer se lo llevó porque quien leyó la tarjetita se equivocó al pronunciar el nombre de la ganadora y, según las reglas, no se permiten rectificaciones a posteriori. Quizá sea una leyenda urbana, pero es lo que tiene andar jugando con sobres y tarjetas y no llamar a Mayra Gómez Kemp. Lo importante, dicen, es participar, así que todos los nominados ya pueden estar satisfechos con sentarse en la butaca y sonreír, ganen o no. Eso sí, como DiCaprio se vaya otra vez de vacío, habrá que empezar a pensar que al hombre le han puesto un par de velas negras. La solución, el domingo.

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