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LOS DÍAS DE LOS OTROS

El diario de Amiel: farmacia para el alma

6/06/2018 - 

VALÈNCIA. ¿Quién era Henri-Frédéric Amiel, el anónimo filósofo y moralista suizo que, sin pretenderlo, se convirtió -según diversos expertos- en el primer diarista íntimo de la historia de la literatura? Se trataba de un intelectual nacido en Ginebra en 1821, que era descendiente de una familia hugonote. Su vida estuvo marcada por la tragedia y la mediocridad. En el primer ámbito destacó la crueldad de la muerte de su madre cuando solo era un niño de once años y el suicidio del padre solo veinticuatro meses después. Henri fue recogido -junto a sus dos hermanas- por su tío Frédéric Amiel y su esposa Fanchette, que ya tenían cinco hijos juntos. Tras siete años de estudios comenzó a viajar por Europa y comenzó a estudiar Filosofía en la Universidad de Heidelberg donde tuvo como profesor al conocido Friedrich Schelling. En 1849 ya era profesor de Estética en la Academia de Ginebra donde obtuvo, además, una cátedra de filosofía moral. Por motivos relacionados con traiciones políticas, Amiel quedó aislado de la vida cultural de la de la ciudad. En este tiempo de soledad comenzó a pergeñar su Diario íntimo, formado por 17.000 páginas y que recogía sus andanzas y preocupaciones desde 1839 hasta 1881.

En el año 1996, la editorial valenciana Pre-Textos decidió publicar una selección muy cuidada de algunas de sus entradas con edición de Roland Jaccard y traducción y prólogo de Laura Freixas. Es esta escritora -a la que hace poco dedicamos un artículo sobre su diario Todos llevan máscara (1995-1996) en la editorial Errata Naturae- la que pone en duda desde un comienzo la cualidad de primero de todos, de fundador de algo:

            El de Amiel, ya lo hemos dicho, no es el primer diario íntimo, ni siquiera uno de los primeros: le precedieron Samuel Pepys, Maine de Byran, Lord Byron, Benjamin Constant... Sin embargo, sigue siendo, indiscutiblemente, el diario por antonomasia, al menos por dos razones.

Esas razones eran “lo exhaustivo de su empeño” (nadie antes de Amiel había escrito su vida cotidianamente, con tanta regularidad, devoción y ahínco, hasta el fin de sus días) y el hecho de que Amiel “no es conocido por otra obra, ni su vida tiene otro interés, que el diario mismo”. Y quizás lo que sea más esencial de todo: en el diario de Amiel no hay grandes logros, viajes, reflexiones o vivencias. Se trata únicamente de la existencia extraordinariamente normal de un hombre convencional, religioso, solterón, solitario y profesor aburrido. Y ahí, en su mediocridad, está -según Freixas- el verdadero valor de este diario:

Pero es justamente la banalidad de su vida la condición primera del interés de su diario, pues sólo un hombre que es mediocre y que lo sabe, un hombre que escribe -es éste un dato crucial- a solas consigo mismo y no para el público alguno, puede ser totalmente sincero, y estar en el mismo plano que nosotros sus lectores.

La edición de Pre-Textos contiene, además, un índice de nombre citado a lo largo de las páginas, una cronología exacta de su vida, un 'historial del diario'  y dos episodios apasionantes sobre los juicios de Amiel sobre algunos diaristas y, al contrario, los juicios de los diaristas más ilustres sobre Amiel. Éste tenía 26 años cuando comenzó con sus anotaciones y lo hizo ciertamente atormentado "por la eterna desproporción entre la vida soñada y la vida real". No en vano, su primera entrada tiene que ver con la imposibilidad de ser libre: “(...) no soy libre, pues no tengo fuerza para ejecutar mi voluntad”. Amiel se cuestiona algo tan rabiosamente moderno como la exigencia extrema que es necesaria cada día.

De la ingente cantidad de páginas que componen los diarios de Amiel, la edición de Pre-Textos propone una curiosa opción: dividir en siete apartados temáticos que dan buena cuenta de los temas que se abordarán. 'La eterna recaída sobre sí mismo', 'Testigo de cargo', 'Diario descuidado, diario aburrido', 'Una meteorología interior', 'La farmacia del alma', 'No dejarás más que fragmentos', 'He vivido, disminuido, decaído...'.

Si en el primer apartado destaca aquella cita que se ha hecho memorable (“Lo que hace tedioso este diario es lo mismo que hace tediosa mi vida: la eterna y detestable recaída sobre mí mismo”), en la segundo lo hace una reflexión sobre el diario íntimo que, según él, “sólo es prolijo cuando trata de cosas poco impersonales, mientras que no es exacto ni completo en los temas íntimos, por lo menos un diario masculino”. Ahí reside una de las novedades de este género, en la diferencia de género y, por tanto, de atributos entre uno y otro.

En 'Diario descuidado, diario aburrido' Amiel establece una de las cualidades básicas de cualquier diario íntimo: la necesidad de escribir todos los días, o al menos, “no escribir sino con escrúpulos sobre sobre los días olvidados”. Amiel afirma que cuando uno descuida su propio diario corre el serio riesgo de aburrirse pronto. La conclusión es sencilla: la negligencia desanima.

'Una meteorología interior' hará referencia a esos asuntos que, dependiendo de su curso, pueden hacer que un día brille o sea aciago:

13 de julio de 1860 – Este diario es un exutorio ; mi virilidad se evapora en sudor de tinta.
21 de diciembre de 1860 – Es este diario lo que me permite resistir al mundo hostil, sólo a él puedo contarle lo que me aflige o me pesa.
17 de abril de 1861 – He observado en mi diario que dejo que todo se pierda, y no utilizo ni  mis experiencias, ni mis lecturas.
21 de mayo de 1866 – No tengo otra compañía que mi diario, ni otra familia que las golondrinas.
26 de julio de 1876 – El diario es una almohada de pereza.

En 'La farmacia del alma', Amiel explica de qué modo le sana leerse una y otra vez aquello que anota en su cuaderno: “Un diario es la farmacia del alma, contiene a la vez los calmantes, los tónicos y los excitantes”, escribirá. En 'No dejarás más que fragmentos', Amiel recoge con exactitud las 8.100 páginas que llevaba escritas en octubre de 1867, es decir, 400 páginas al año, más de una al día. “¡Qué inmenso papeleo!”, escribirá irónicamente (o no tanto).

¿Cómo despedirse de un diario que parecía eterno? “He vivido, disminuido, decaído...” es la reflexión final. Apenas un par de meses antes de morir, el 4 de febrero de 1881, Amiel escribe que “la antecámara de su madriguera, es su diario íntimo”; es decir, que el soliloquio interior es lo que antecede a la muerte.

El volumen termina con algunos juicios sobre la obra de Amiel: “Terminé el Amiel. Medriocre (...)”, dirá Rosa Chacel; “(...) con bastante frecuencia resulta un poco ridículo y a veces conmovedor a fuerza de sinceridad”, escribirá Julien Green; “Me siento próxima a Amiel, cuya vida es conforme a los principios que él mismo se impone”, comentará en Diario de una recién casada Anaïs Nin. El Amiel, ya lo ven, con nombre propio, el diario más universal y ancestral de los que ahora conocemos.


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