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LA PANTALLA GLOBAL

El largo camino a la fama de los creadores de 'Stranger Things'

Los gemelos Matt y Ross Duffer, que han dado el salto a la fama gracias a la serie de Netflix, no han salido de la nada

2/09/2016 - 

VALENCIA. A no ser, querido lector, que hayas vivido en una isla desierta (sin conexión wifi) durante los dos últimos meses, debes estar al tanto de que Stranger Things ha sido el fenómeno del verano. “La serie que hay que ver”, como se dice ahora. Ríos de tinta continúan fluyendo por medios de toda índole (he aquí la prueba) para explicarnos por enésima vez las referencias de la serie (como si no fueran suficientemente obvias), lo maravilloso que ha sido reencontrarse con la histérica Winona Ryder (¿sí? ¿por qué?) y lo hermoso que resulta abandonarse a la nostalgia de los ochenta y disfrutar, que para eso son fechas propicias al relajo y el dolce far niente (la serie se estrenó el 16 de julio). Pensar, ya, si eso, cuando haga un poco menos de calor. En Netflix todavía no se lo deben creer (se da por hecha la segunda temporada), sobre todo teniendo en cuenta que Stranger Things ha costado cuatro chavos en comparación con el fiasco de The Get Down, su otro estreno estrella del año, que además no ha recibido ni la mitad de atención por parte de la prensa y el público.

Uno de los grandes atractivos de la serie es que además ha servido para descubrir a un par de genios (o eso dicen) del audiovisual, los Duffer Brothers. A diferencia de muchos productos televisivos que se apoyan en nombres rutilantes, como la misma The Get Down (un proyecto del excesivo Baz Luhrmann), la cancelada Vinyl (apadrinada por Scorsese y Mick Jagger) o Roadies, creada por el insufrible Cameron Crowe, Stranger Things llegaba a los televisores de todo el mundo sin que nadie supiera quienes eran Matt y Ross Duffer, unos gemelos de Carolina del Norte que siendo chavales se trasladaron a Orange County (California), para estudiar en la Chapman University, un centro privado asociado con la Iglesia de los Discípulos de Cristo. Quizá eso explique que se decantaran desde el principio por el cine fantástico y de terror.

Primeros pasos

En 2005, siendo todavía estudiantes, realizaron su primer cortometraje oficial (llevaban rodando desde pequeños con una cámara doméstica de Hi8). Se titula We All Fall Down, contó con un presupuesto de quince mil dólares y está ambientado en 1666. Se centra en una familia que, con objeto de evitar una plaga mortal, se refugia en el bosque, pero solo para acabar siendo cazada por los infectados de los que inicialmente huía. Ganó el premio gordo en el Deep Ellum Film Festival de Dallas, pero no significó su pasaporte a la fama. Un par de años más tarde, los Duffer fueron elegidos como becarios de los Marion Knott Studios, lo que les permitió desarrollar su siguiente proyecto, Eater, con la ayuda del veterano Mace Neufeld, productor de títulos como Juego de patriotas (Patriot Games, Phillip Noyce, 1992), Sahara (Breck Eisner, 2005) o Invictus (Clint Eastwood, 2009). Es lo que tiene estudiar en colegios de pago.


Rodado en tres días, en 16 mm., y con un presupuesto de veinte mil dólares, se basaba en un relato corto de Peter Crowther, autor de género escasamente traducido al castellano, y estaba localizado en la comisaría del Distrito 14 de Nueva York, donde un agente novato debe enfrentarse a la amenaza de un psicópata caníbal. Pero la historia es lo de menos. Lo que llama la atención de Eater es la habilidad de los Duffer para crear una atmósfera claustrofóbica y su enorme talento visual para el montaje de los planos. Inevitablemente, la sutileza inicial va derivando hacia el terror tópico (los cansinos jump scares), pero durante sus dieciocho minutos de duración logra crear un sugestivo clima cinematográfico, y aunque esta vez el corto no ganó ningún premio, les sirvió para algo más importante: La Paradigm Talent Agency se fijó en ellos y les ofreció representarles.

Lo que cuesta llegar a la cumbre

Pasar del corto al largo es la máxima aspiración de cualquier aprendiz de cineasta que busca llamar la atención de Hollywood, y en los últimos años la posibilidad de viralizar en redes trabajos de bajo presupuesto pero con resultados sorprendentes ha servido a muchos amateurs adictos al cine de terror para dar el salto a la gran industria. Ataque de pánico! (2009) permitió al uruguayo Fede Álvarez dirigir Posesion infernal (Evil Dead, 2013), y en breve estrenará No respires (Don’t Breathe, 2016). El argentino Andrés Muschietti llamó la atención de Guillermo del Toro gracias al corto Mamá (2008), que se transformó en largo en 2013. Y el mismo proceso ha seguido el sueco David F. Sandberg, que ha logrado convertir el minuto y medio de Lights Out (2013) en Nunca apagues la luz (Lights Out, 2016) y ya trabaja en la segunda parte de Annabelle (John R. Leonetti, 2014). Sí, son carne de cañón que entra en una rueda profesional rutinaria y anegada de secuelas y remakes, pero nadie les ha escuchado quejarse. Curiosamente, ninguno es estadounidense. American dream, lo llaman.


Los Duffer no iban a tener tanta suerte. Nadie quería convertir Eater en un largo ni intuyó en sus imágenes el embrión de una carrera de largo recorrido, así que continuaron haciendo camino al andar. Escribieron el guión del corto Road to Moloch (2009), para su amigo Bobby Glickert, y más tarde el de Vessel (Clark Baker, 2012), que Paramount sí adquirió esta vez para desarrollar un largometraje con guión de Stephen Susco (El grito, 2004), aunque el proyecto nunca llegó a materializarse. Sin embargo, ellos no tiraban la toalla y seguían escribiendo, hasta que a finales de 2011 llegó su gran oportunidad: Warner Bros. les compró un guión titulado Hidden, les permitió dirigirlo y contrató a Alexander Skarsgard para protagonizarlo. Era una película de terror de bajo presupuesto, pero podía significar su entrada en la industria… si no hubiera sido porque Warner no supo qué hacer con ella, la mantuvo cogiendo polvo en las estanterías durante varios años y al final la acabó estrenando en 2015, a través del video on demand. Su gozo en un pozo.


O no tanto, porque aunque pasó muy desapercibida (a España llegaría directamente en DVD, con el título de Hidden: Terror en Kingsville), la película demostró nuevamente la capacidad de los hermanos para moverse en espacios asfixiantes y reducidos (la mayoría de la acción sucede en un refugio atómico subterráneo) y su voluntad de dar una vuelta de tuerca a los lugares comunes del género, aunque el resultado final apenas se termine diferenciando de decenas de films de terror similares. La experiencia con un gran estudio resultó frustrante, pero les sirvió para aprender. Y no cayó en saco roto: El célebre M. Night Shyamalan (El sexto sentido, El bosque) leyó el guión, le gustó y contrató a los Duffer para que escribieran cuatro episodios de la serie Wayward Pines (2015), de la que es productor ejecutivo. No todo iban a ser malas noticias. Pero tampoco abundaban las buenas. Aprovechando sus contactos en Warner, trataron de venderles una nueva adaptación de It, la novela de Stephen King, pero la productora la rechazó. Paradójicamente, el proyecto ha resucitado de la mano de Village Roadshow, y se estrenará en 2017 bajo dirección del anteriormente mencionado Andrés Muschietti.

Cosas desconocidas

Decepcionados por su fracaso, decidieron no abandonar del todo a King y se pusieron a trabajar en una serie ambientada en los ochenta que incluyera todas sus filias audiovisuales relacionadas con la época. Se titula Stranger Things porque Os la vamos a meter doblada sonaba poco comercial, pero hubiera resultado más honesto. No hace falta insistir en el abusivo name-dropping, o en el saqueo sistemático de ilustres cultivadores del terror y el fantástico que contienen los ocho capítulos de la serie. Son abundantes los vídeos que circulan por internet sobre el tema. Todos ellos demuestran, por otra parte, que los Duffer han acertado de pleno: Ninguno incluye entre las referencias de Strangers Things la película Blow-Up (Michelangelo Antonioni, 1966), pese a que el revelado de una foto que muestra más de lo que parece a primera vista sea clave en el desarrollo de la trama. Las referencias de los Duffer alcanzan más allá de los mitificados ochenta, pero da la sensación de que, para su público, el cine lo inventó Steven Spielberg y solo se hace en Estados Unidos. De hecho, tampoco se cita la serie Chocky (1984), con la que también es posible encontrar puntos de contacto. Es de los ochenta, pero británica, y la creó el gran escritor John Wyndham, autor de clásicos maravillosos como El pueblo de los malditos (Village of the Damned, Wolf Rilla, 1960) o La semilla del espacio (The Day of the Triffids, Steve Sekely, 1962), fuera del radar de las tendencias fashion. La primera, incluso, es en blanco y negro. Quita, quita.


Como, efectivamente, se ha escrito tanto, no pecaremos de reiterativos. Sí, en cambio, reproduciremos una opinión de Enric Albero (Caimán Cuadernos de Cine) que expone a la perfección el principal problema de la serie. “Stranger Things es entretenida. Muy entretenida. Y de una factura irreprochable. Y en esa disfrutable sesión de ocho capítulos, The Duffer Brothers, que tienen nombre de DJ’s, samplean sin complejos y con estilo al Spielberg director (ET, Encuentros en la tercera fase, Tiburón) y al Spielberg productor (Los Goonies, Poltergeist), a Cronenberg y a Carpenter; al Sam Raimi de Posesión Infernal y al James Cameron de Aliens; al Ridley Scott de Alien, al Wes Craven de Pesadilla en Elm Street y, verbal y argumentalmente, al George Lucas de El imperio contraataca. También hay espacio para clásicos menores de la primera mitad de los ochenta como Ojos de fuego, Viaje alucinante al fondo de la mente e incluso Comando, sin olvidarnos de dos joyas del cine juvenil como Exploradores, de Joe Dante, y Cuenta conmigo, de Rob Reiner. Vale, todo eso está y la serie divierte tanto si se (re)conocen sus referentes como si no; ahora bien, la perspicaz yuxtaposición de imágenes no pasa de ser una molona sesión de remember. Los buenos DJ, como Tarantino, aprovechan la obra de otros para facturar un discurso nuevo que va más allá de la nostalgia y propone, por ejemplo, desde una historia alternativa del cine (Kill Bill) a una Historia alternativa desde el cine (Malditos bastardos)”.


Como en todos los guiones de Hollywood, la aventura de los gemelos Duffer tiene final feliz y moraleja. Tras una década de sinsabores, Netflix confió en ellos (el trabajo del productor Shawn Levy fue decisivo para conseguirlo) y finalmente ha llegado su recompensa. No les faltarán proyectos en el futuro. El periodista Jeff Sneider no ha podido describirlo mejor: “Parece que los hermanos Duffer han logrado el éxito de la noche a la mañana, pero puedo asegurar que no es así. Son la prueba viviente de que Hollywood es una ciudad dura, donde no todo el mundo lo consigue, pero si trabajas duro y tienes talento, debes hacerlo”. ¿Me lo parece a mí, o suenan violines de fondo?

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