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LA PANTALLA GLOBAL

Elige la vida: veinte años de 'Trainspotting'

Se cumplen veinte años del estreno del film de Danny Boyle basado en la novela de Irvine Welsh, cuya secuela se encuentra en fase de producción

11/03/2016 - 

VALENCIA. “Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver tele-concursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida... ¿Pero por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida: yo elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?”

El monólogo más famoso del cine de los noventa, asociado para siempre con el Lust for life de Iggy Pop y las imágenes de unos yonquis corriendo por las calles de un suburbio de Edimburgo, ni siquiera estaba en la novela que inspiró Trainspotting (Danny Boyle, 1996). Fue responsabilidad del guionista John Hodge, que, en todo caso, estaba encapsulando en un brillante párrafo la forma de pensar de Mark Renton, el inolvidable personaje salido de la pluma de Irvine Welsh. Junto a sus amigos cercanos, igualmente enganchados al caballo, protagonizaba una historia de corte realista que no glamourizaba la adicción a las drogas, aunque fue acusada de ello, quizá porque tampoco demonizaba los paraísos artificiales que ofrece a sus consumidores. El guión cinematográfico sintetizaba el libro a la perfección, y catapultó a la fama a todos los involucrados en el proyecto, empezando por un Danny Boyle que por entonces solo tenía otra película en su haber, Tumba abierta (Shallow Grave, 1994), y que aunque empezaba a mostrar cierta inclinación por los efectismos, todavía no se había convertido en el vendedor de humo que posteriormente firmaría Slumdog Millionaire (2008).


En similar situación estaba el escocés Irvine Welsh, que había debutado precisamente con Trainspotting, publicada en 1993 y recibida con entusiasmo por la crítica (“Merece vender más ejemplares que la Biblia”, aseguró la revista Rebel Inc.). La exitosa adaptación cinematográfica lo convirtió en una estrella literaria, y otros de sus escritos (como los cuentos de The Acid House y Éxtasis) no tardarían en llegar también a la gran pantalla. Sus novelas, plagadas de slang y personajes marginales, conectaron con una generación que se reconocía en sus páginas y era consciente del momento de cambio que reflejaban. El hedonismo asociado a las drogas de síntesis, el auge de las raves o la entronización de la música electrónica son elementos tan importantes en algunas de sus novelas como la violencia de extracción proletaria que estalla cada fin de semana en los pubs producto de la frustración de la clase obrera. Welsh escribía sobre ellos y usando sus palabras. Inevitable sentirse identificado, ya fueras un joven sin futuro a la vista o un adulto resabiado con la cabeza (y los puños) saturada de mala leche acumulada, como el temible Begbie, capaz de iniciar una bronca por cualquier motivo, o incluso sin tener ninguno, simplemente por el mero placer de reventar unas cuantas narices y liberar adrenalina. Un personaje tan poderoso, que Welsh no se ha resistido a rescatarlo nuevamente en su más reciente novela, The Blade Artist, todavía inédita en España.


Un proyecto complicado

Pero el camino hacia la construcción del mito Trainspotting no fue un camino de rosas. De hecho, el enorme interés que suscitó la publicación de la novela disparó las ofertas por adquirir los derechos de adaptación, y Welsh los vendió a la persona equivocada. Cuando Boyle mostró curiosidad y el escritor vio Tumba abierta se dio cuenta de que había cometido un gran error. Por fortuna, la situación pudo reconducirse gracias a la intervención del productor Andrew Macdonald, que renegoció con los propietarios de la obra. El camino quedaba despejado para Boyle, que supo traducir el texto a imágenes particularmente impactantes. “Me encantan las escenas subacuáticas”, recordaba Ewan McGregor recientemente, en un artículo de Daniel Dylan Wray sobre la génesis de la película. Las secuencias rodadas en el interior de la discoteca también se cuentan entre las favoritas del actor, mientras que Welsh destaca la escena en que suena Perfect day, el tema de Lou Reed.


La prueba de fuego llegaría con la primera proyección de la película terminada. La productora alquiló una sala en el Soho y reunió a un público selecto, que incluía a los autores del film, pero también a sus amigos cercanos. Irvine Welsh, por ejemplo, cuenta que se llevó “a gente que le gustaba mucho el libro y sería muy crítica si no le convencía la adaptación: Bobby Gillespie y Andrew Innes, de Primal Scream; Jeff Barrett, de Heavenly Records… Pensaron que era jodidamente brillante, y entonces supe que se convertiría en un pelotazo”. McGregor no se quedó atrás: “Me dejó sin palabras. Recuerdo salir a la calle y no ser capaz de ordenar mis pensamientos sobre ella. Era todo lo que había imaginado que sería y otras cien cosas más”.


El talento visual de Boyle, que crearía escuela para lo bueno y para lo malo, así como las interpretaciones de un puñado de jóvenes actores que otorgaron credibilidad callejera a sus personajes, fueron decisivas para que Trainspotting se convirtiera en un auténtico fenómeno. Y la guinda fue una banda sonora que combinaba a la perfección los clásicos con la música que definió los noventa. “Como conocía a muchos grupos, estaba en disposición de ponerlos en contacto con los responsables del film y mediar para que las cantidades que tuvieran que pagar por los derechos de las canciones fueran razonables”, cuenta Welsh. “Las bandas estaban tan encantadas con la película que ellas mismas hablaron con sus compañías de discos para facilitar el proceso. Danny Boyle ya había trabajado con Leftfield en Tumba abierta, y también teníamos relación con New Order. La mayoría de los que aparecen están en el libro: Iggy, Lou Reed,

Bowie y gran parte del house en el que estaba metido en aquella época. Lo que no quería era brit-pop. Primal Scream y Damon Albarn eran colegas, y conocía a Jarvis Cocker, pero para mí era suficiente. Fue Boyle quien decidió darle un toque contemporáneo añadiéndolo, porque pensaba que el brit-pop era algo así como el último eslabón de la cultura juvenil británica, y serviría para posicionar la película en ese contexto”. Y vaya si lo hizo. El CD con la banda sonora se vendió tan bien, que incluso se editó un segundo volumen.

Otra cosa fue cómo recibió la película la prensa conservadora, a la que no le hizo ninguna gracia que se mostrara a un grupo de gente pasándoselo en grande a base de ponerse finos de heroína. En ese sentido es en el que verdaderamente rompió moldes Trainspotting, más incluso que en su vertiente visual. El autor del libro lo tiene claro: “Fue la primera película que decía que las drogas pueden proporcionarte una enorme diversión, aunque sean peligrosas. Hay que decir abiertamente que el ‘simplemente di no’ es falso, no funciona. Tienes que mostrar las dos caras, el subidón y la bajona. Y mostrar por qué la gente se mete en el tema. Para mí, son evidentes los motivos por los que la gente se droga”.

La inevitable secuela

Aunque en 2012 Welsh publicó Skagboys, la precuela de Trainspotting, durante años se había negado a volver sobre los personajes de su debut literario. Pero el éxito de novela y película parecían demandar una continuación, que finalmente llegó en 2002. Porno retomaba a los protagonistas originales diez años después, y pese a las posibles reticencias que pudiera despertar, mantenía el nivel de su predecesora. Desde su publicación, que recibió una excelente acogida, los rumores sobre una posible versión cinematográfica, recuperando a los actores de la primera película, no se hicieron esperar. Pero las cosas no iban a ser fáciles. Para que la segunda parte funcionara, era necesario repetir reparto, y las relaciones entre Danny Boyle y Ewan McGregor no eran buenas cuando se intentó levantar el proyecto por primera vez. Aunque habían trabajado juntos en varios films, Boyle prescindió de McGregor cuando rodó La playa (The Beach, 2000), alegando que no era un actor suficientemente taquillero y sustituyéndolo por Leonardo DiCaprio. Dos años después, McGregor se convertía en el joven Obi-Wan Kenobi de la primera trilogía de Star Wars, y aprovechó su estatus de estrella para vengarse y ser esta vez él quien le diera la negativa a Boyle cuando el director le planteó retomar el personaje de Mark Renton.


Ha tenido que pasar más de una década para que todos los implicados estuvieran en disposición de afrontar una de las secuelas más esperadas de los últimos años. John Hodge repite en el guión, no falta ninguno de los actores principales del primer film y la novela preexistente garantiza la calidad de la historia. De hecho, Robert Carlyle ha asegurado en una entrevista reciente publicada por el New Musical Express que es uno de los mejores libretos que ha leído nunca. La historia arranca con Sick Boy en franca decadencia. Acaba de dejar su piso en un barrio pijo de Londres y se ha mudado a un agujero miserable, y tras una noche de drogas y sexo indiscriminados, decide aceptar la oferta de su tía Paula: lo dejará a cargo de su pub en Leith y se marchará con su amante español a Alicante. Pero en el Port Sunshine el negocio no está solamente en las bebidas: Sick Boy descubre que un grupo liderado por “Juice” Terry Lawson, su antiguo conocido, se reúne a follar y a filmar sus orgías en un salón privado. Y que en Edimburgo hay un floreciente negocio de vídeos porno realizados en la trastienda de los pubs, con los clientes como estrellas. Y Sick Boy, que siempre está maquinando negocios, se pondrá, con la ayuda de la guapa Nikki Fuller-Smith, estudiante de cine de día y trabajadora del sexo por las noches, a hacer una película porno de altura, con calidad suficiente como para ser vendida internacionalmente y circular por Internet. Y también incluirá en el equipo a su viejo amigo Renton, el que diez años antes los traicionó y huyó a Ámsterdam con el dinero del alijo de heroína. Pero cuando Sick Boy maquina algo, la cosa tiene más complicaciones y trampas que una tela de araña, y entre los hilos también se mueven Spud, el único que había recibido a escondidas su parte del dinero de la droga, y Begbie, el psicópata del grupo, que después de pasar unos años en la cárcel volverá a la acción aún más paranoico y furioso que antes. Si no hay imprevistos de última hora, está previsto que el rodaje comience el próximo verano, para que la película esté lista en 2017. La espera ha sido larga, pero parece que merecerá la pena.

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