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SILLÓN OREJERO

Esclavos del trabajo: Un melodrama sindicalista entre emigrados

La autora polaca Daria Bogdanska, inmigrante en Suecia, ha contado en un cómic autobiográfico cómo tuvo que trabajar en un restaurante indio en Malmö sin condiciones laborales dignas, sin horarios, sin cobrar horas extras y sin contrato. Una situación que puso en conocimiento de los sindicatos locales para que intervinieran, aunque tuvo que vencer las resistencias de los propios trabajadores, reacios a denunciar

8/10/2018 - 

VALÈNCIA. Una bella canción de Eskorbuto, Antitodo, decía así "Nada más nacer empiezan a corrompernos, crecemos y envejecemos, en absoluta sumisión. No hay amigos, ni enemigos, lucha necia, todos contra todos. Los que trabajan, se olvidan de los parados...". Ahora que algo que se dijo como gracia, que las letras de grupos punk de los 80 contenían el futuro, ha pasado a ser una declaración habitual de los políticos de izquierda, qué mejor momento que este para traer a colación un verso del grupo punk por antonomasia que reflejaba la crisis del sindicalismo en España. Un problema que se ha denunciado frecuentemente: que los sindicatos dieron la espalda a los parados. Y no solo eso, con la llegada de las ETT, más adelante también se la dieron a los temporales y precarios.

Esclavos del trabajo, de Daria Bogdanska (Astiberri, 2018) es una novela gráfica que incide directamente sobre este problema. Trata de una emigrante polaca en Suecia que trabaja en un restaurante asiático sin contrato. La historia, autobiográfica, tiene una vertiente sentimental, habla de sus problemas de pareja, y otra social y laboral. Aunque todo se desarrolla a partir de una contradicción burocrática relacionada con el mercado laboral sueco: para trabajar necesita un número de identificación que solo le dan si tiene un trabajo.

Como no puede acceder a un trabajo digno por este motivo, no le queda otra que suplantar a una amiga con número de la seguridad social para hacer curros temporales para el ayuntamiento. Finalmente, sin otro recurso a mano, entra a trabajar a un restaurante asiático de camarera sin contrato ni nada semejante.

Su experiencia sirve para mostrar las escalas salariales del restaurante. A las camareras suecas les pagan más que a los paquistaníes. De hecho, muchos de ellos le deben favores al propietario e incluso viven varios compartiendo un piso de su propiedad. Estas situaciones son frecuentes en todos los países, sin embargo, la lucha sindical no ha logrado penetrar en ellos. El problema no es solo de las organizaciones sindicales, también de la apatía del resto de trabajadores, que en estos precarios ve o un enemigo, o competencia desleal o, sencillamente, alguien que está peor y que así se las apañe. El fracaso de la regulación laboral y la estabilidad del trabajo, en un estado de derecho, es siempre colectivo.

La protagonista, llegado el momento, decide denunciar a un sindicato todo lo que está ocurriendo en el local, donde no hay contratos, no se respetan los horarios ni se pagan las horas extras y los sueldos están por debajo del mínimo. A partir de ahí comienza una intriga junto a una periodista que en su día denunció la situación en este tipo de restaurantes.

Los compañeros, nunca contra el jefe

Lo que cuenta en este aspecto es arquetípico. Las resistencias más duras que tendrá que vencer serán las de los propios trabajadores, aunque claro. No es lo mismo ser un trabajador acobardado con un contrato indefinido y los papeles en orden, o que no es inmigrante, que personas que están en una situación precaria o directamente ilegal o alegal en el país en el que se encuentran.

Sin embargo, es más interesante lo que se cuenta sin contarse, valga la expresión. Daria es polaca, una ciudadana de segunda en los países más desarrollados de la UE. Para pequeños empresarios suecos es una presa fácil para que les haga un trabajo de fin de semana y no pagarla. Viene de una economía estancada y se encuentra con un país en el que todo son infiernos burocráticos destinados a que no se quede o que si lo hace, sea fuera del sistema, llenando la bolsa del sub-empleo. Hay viñetas muy ilustrativas, cuando toda la ciudad -están en Malmö- sale de marcha y se lo pasa pipa mientras los empleados de los restaurante de comida rápida, kebabs y demás no dan abasto con la demanda y pasan atraviesan las peores horas de trabajo de toda la semana. Un contraste.

Otra sensación que transmite muy bien Bogdanska en estas viñetas es el ritmo de vida de las jornadas de trabajo extenuantes. El quedarse dormido en cualquier momento porque no llegas a nada y no tienes, paradójicamente, tiempo para nada. La viva imagen de la explotación, que se soporta con veinte años pero que a partir de los treinta y tantos empieza a parecer una pesadilla.

La desigualdad de nuestro tiempo queda muy bien retratada. Suecia goza de un estado del bienestar envidiable, pero para los que pueden disfrutarlo. La propia asistencia del estado, que hay que entenderla como un derecho y como justicia, no como un regalo, es solo para unos privilegiados.

La autora también vivió en Barcelona, donde trabajó en un taller de bicicletas, pero lo hizo de nuevo sin contrato, tal y como reveló en una entrevista en eldiario.es. En el cómic revela una historia que le ocurrió en Barcelona muy propia de nuestra tierra. Le pusieron un jefe, un manager, que desconocía todo sobre el mundo de la bicicleta y sobre el negocio, pero que cobraba casi el doble que ella. Ella le tenía que formar a él y, lejos de al menos trabajar en equipo, al final se comía ella todo el tajo.

En esa misma entrevista habla de los cambios en el modelo productivo en Occidente, que han afectado a las relaciones laborales de forma que es mucho más complicado que antes defender los derechos laborales. Bogdanska sentencia: "Hoy muchos de nosotros trabajamos en negocios pequeños o como autónomos. A menudo competimos con otros trabajadores dentro de nuestro propio lugar de trabajo y muchos son fácilmente reemplazables. Y plantarse ante el jefe cuando estás solo es aterrador". Dicho lo cual, hay otra paradoja en su novela gráfica sobre la que no incide demasiado pero que es reveladora: el restaurante al que denuncia acaba cerrando.

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