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Festivales y cifras: de qué sirve la valoración cuantitativa de la cultura

26/07/2017 - 

VALÈNCIA. El último balance económico del IVAM con Consuelo Císcar al frente reflejaba unas cifras de visitantes imposibles. El delirio era tal que el museo se había colado en el ranking cuantitativo de The Economist, entre los 25 más visitados de Europa. Basta con haber viajado a ciudades como Londres, París, Berlín o San Petersburgo para intuir que, solo cruzando las variables de población y turismo, semejante éxito era ciencia ficción. Basta con digerir que el IVAM (6 millones de euros) no podía ser el tercer museo más visitado de España, solo superado por El Prado (46) y el Reina Sofía (36). Ni Guggenheim, ni Thyssen-Bornemisza, ni el Dalí de Figueres ni el Picasso de Málaga. Todos ellos con mayores recursos que el valenciano, aunque no necesariamente con mejores fondos artísticos, que es de lo que se trata. ¿Porque se trata de eso, no? ¿El esfuerzo colectivo no persigue cifras en aumento, verdad?

El artículo arriba enlazado tiene casi tres años. Cuando se publicó, pasé la típica mañana entretenida: del “tú verás lo que escribes” a la indiferencia despectiva. Por aquel entonces José Miguel G. Cortés acababa de convertirse en el nuevo director del centro y lo que era imposible pasó a cuantificarse tres meses después: El País destapó que el margen de aumento era de más de un millón de personas al año. De 1.163.419 visitantes a 85.070 en el último ejercicio registrado. Esa era la dinámica que se había establecido un año tras otro y que, quizá, tuvo algo que ver con el cese de la ahora investigada. Quizá, porque precisamente, el exvicepresidente y exportavoz del Consell, José Císcar, puso en valor los logros cuantitativos de la intendente en la rueda de prensa desde la que se informó de su salida. Poco menos que una celebración por los réditos obtenidos a un mes de que se publicara la condena de cárcel del múltiple exconseller y marido, Rafael Blasco. Poco menos que una loa a los servicios prestados mucho tiempo antes de que las imputaciones volaran en todas direcciones –en todas– con el Caso IVAM.

A futuro, la única pregunta interesante es por qué hacerlo

Cinema Jove también ha tenido que esperar a un cambio en la dirección para que las cifras a la virulé salgan a la luz. La comparación es odiosa a partir de sus totales, pero la información es grave: “incrementos de hasta el 50% de los espectadores”. De los 33.720 asistentes de 2010 a los 7.079 de 2017, la primera edición que firma Carlos Madrid. Ante semejante descalabro, con la cuantificación revelada, es una tentación perder el tiempo en buscar el eslabón perdido de la hinchazón. Quién la inició, cómo se estableció y, sobre todo, por qué. 

A futuro, la única pregunta interesante es por qué hacerlo. La respuesta suele ser para qué o para quién, pero la cuestión, a futuro, siempre será por qué. Adulterar las cifras tiene una relación directa con los réditos políticos. La separación de poderes -hasta donde alcanza- nunca tuvo en cuenta los ritmos electorales y ahí la Cultura tiene todo que perder. Porque parte de presupuestos ridículos en comparación a cualquier otro sector y sus agentes, públicos y privados, operan en torno a un ecosistema raquítico. Una fragilidad única en comparación a cualquier otra industria económica con una cantidad de profesionales y recursos propios como la dicha. Un estado crítico de la escena general a la que solo le insufla oxígeno la creatividad que, para suerte de los malos gestores, es una materia prima inagotable. Es aquello que nunca se vuelve en su contra.

Pero las cifras sí. Más pronto o más tarde, incluso por ausencia de registro, ahí están. Es importante destacar la fragilidad del sector porque, ante casos como los del IVAM y Cinema Jove –sálvense las distancias– la gestión cultural sufre especialmente. Desde su falta de recursos económicos se enfrenta a una deuda reputacional durísima que siempre acaba por afectar a la oferta pública. También se enfrenta a la imposibilidad de partir de análisis honestos a partir de los cuáles aplicar mejoras. Qué cambiar, cómo hacerlo, en qué sede se ha fallado, con qué ciclo no se ha acertado a partir de las expectativas, qué inversión en comunicación ha sobrado y cuál ha faltado, qué público se ha alcanzado, a qué hora, de qué edad, qué éxito imprevisto ha sucedido, qué mínimo exigible no se ha logrado… Sin una evaluación honesta de cada edición, el esfuerzo personal y económico del festival es inútil.

La autoexigencia y la ambición son deseables, pero imposibles si se manejan a partir de una realidad distorsionada. En este caso, por empresas subcontratadas por la Generalitat hasta que el actual Consell decidió reintegrar el festival en el Institut Valencià de Cultura. Las memorias del festival que componen su balance año a año quedan ahora en tela de juicio. Todo el mundo lo sabía y, en el caso del IVAC, con algún tipo de responsabilidad. Al menos como para ponerle el cascabel al gato. Al menos como para parar la rueda en algún momento. Porque, ¿de qué sirve la valoración cuantitativa de la cultura?

Sin una evaluación honesta de cada edición, ¿cómo se pondera la inversión? La Administración no comunica con la misma decisión los éxitos cualitativos que los cuantitativos. ¿La razón? Política. Es difícil competir en la guerra de titulares con los grandes festivales de inversión privada (y aplauso público) cuando lo que ‘se vende’ no son cifras. Y es difícil reeditar una posición para la gestión durante cuatro años más si no se consiguen ciertos hitos efectivos. Hitos de prensa, radio y televisión, que equiparen la buena gestión del dinero de todos con los proyectos grandes e independientes. Hitos que generen un Like, porque el mundo sigue girando ahí fuera y en este siglo lo hace a base de estas sustancias.

Es difícil remar a contracorriente, pero desde las instituciones públicas, visto lo visto, a estas alturas, no solo parece deseable cambiar el discurso: es exigible. Es, desde luego, una posición política. Desde esta redacción, al inicio de legislatura, hicimos una pregunta en cada dotación con ‘cambio de gobierno’: <<¿se seguirá dando tanto valor en la comunicación a las cifras de asistencia de exposiciones/festivales?>>. La respuesta fue rotunda, pero lo cierto es que difiere mucho esa posición si se analiza caso por caso. Y cuando investigamos para señalar el chollo de los titulares establecido por los macrofestivales, cualquier argumento se diluye si desde lo público el comportamiento es el mismo. De hecho, ¿qué fue antes, el huevo o la gallina?

Cinema Jove ha hecho un ejercicio de transparencia y su reset sirve de ejemplo. ¿Se imaginan que el año que viene el festival pierda espectadores? ¿Tendrá margen y capacidad para contextualizar el motivo? ¿Se imaginan que solo aumenta unas pocas decenas? ¿Cuál será el titular a servir? ¿Y si crece un 20% en su asistencia? ¿Sorteará la tentación de cargar sus beneficios públicos sobre un éxito cuantitativo? Visto lo visto, la tendencia innata de cualquier gestor cultural parece ser la de aumentar poco a poco las cifras. Sobre todo, cuando el relato general se reduce a eso. A lo más grande, a lo más visto, a lo más visitado. Parece difícil no caer en la tentación y justificar incontables horas de trabajo propias y de todo un equipo a riesgo de satisfacer algún rédito político. Pero más difícil que eso es que una sociedad mantenga unos servicios públicos mínimos de calidad si no se rompe con ello. 

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