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lucha contra la corrupción

Joan Llinares: «De la corrupción ha salido la punta del iceberg»

El gestor cultural, jurista y funcionario valenciano, destapó los casos del IVAM y del Palau de la Música Catalana

19/05/2017 - 

VALÈNCIA.- Le tocó bailar con una de las miserias humanas más desagradables: la corrupción personal y la fraudulenta financiación política. Sus días de tranquilidad terminaron cuando lo pusieron a auditar el IVAM y el Palau de la Música Catalana. Ahí empezó todo. Su personal vía crucis. El tormento personal y profesional. Ahora dirige la Oficina per a la Transparència i les Bones Pràctiques del Ayuntamiento de Barcelona y es uno de los candidatos a dirigir la esperada Agencia Valenciana de Lucha contra el Fraude y la Corrupción, todavía en fase embrionaria. Aún mira a su espalda.

— ¿La corrupción huele, se intuye o se descubre?

— Se huele, aunque desde hace muchísimos años estaba ahí. Se huele y se siente pues degrada la democracia y el buen gobierno.

— ¿En su caso fue abrir los cajones o tener que dar con ella?

— Más bien, saber que iba a estar. En los dos casos que he tenido que vivir, y a los que llegué no porque fuera a buscarla sino porque las circunstancias de ser un profesional de la gestión cultural me llevaron hasta allí, sabía que iba a encontrar cosas, aunque no todo lo que después apareció. En el caso del Palau de la Música Catalana jamás imaginé que llegaríamos a encontrar un fraude de 35 millones de euros en los diez años que pudimos analizar.

— ¿Por qué cree que se llegó a tal delirio de gestión en el caso del IVAM?

— En el IVAM trabajamos muchos años para que fuera un museo con capacidad de autogobierno y con autonomía de gestión, algo que fue en esencia buena parte de su proyecto y éxito. Tener toda su estructura dentro del propio museo, al igual que la toma de decisiones, fue un factor determinante como plataforma para que, con buenos contenidos y buena gestión, el museo alcanzara los niveles que le llevaron al reconocimiento internacional a los pocos años de su inauguración. Más tarde te das cuenta de que la misma autonomía de gestión también se puede volver en contra cuando ese propio poder se dirige a favorecer intereses particulares. Ahí está la clave.

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— ¿Qué fue lo más escabroso que llegó a ver en el IVAM?

— Desde el punto de vista de quien ha gestionado más de veinte años espacios culturales, la burda falsificación del número de visitantes resaltaba descaradamente. Y eso no tiene relación directa con corrupción económica sino con la forma de entender la relación con los públicos y con las administraciones que te dan los recursos. Aquel millón largo de visitantes que decían tener, cuando todo el mundo sabía que era mentira, constituía un claro indicio de gestión tramposa. Por entonces recuerdo que cuando visitaba exposiciones estaba solo en las salas aunque según las cifras oficiales éramos tres mil personas de media diaria. Ese aspecto tan falso y repetido era un insulto a la inteligencia de las personas y, como colaba, pensaron que podían engañar con más cosas, como por ejemplo, el precio de las obras de arte.

Lea el artículo completo en el número de mayo de la revista Plaza

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