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POSTRERÍAS

La Casca, o la Navidad valenciana en extinción

Cuando el tiempo borra las tradiciones, no siempre es compasivo. Esta es la historia de cómo un dulce de carácter local lucha por sobrevivir al envite de la modernidad

Por | 23/12/2016 | 5 min, 10 seg

VALENCIA. Antes del Roscón, fue la Casca. Un dulce anclado en la tradición valenciana que los padrinos regalaban a sus ahijados, siempre en una caja, y siempre con caramelos. Patrimonio de la escuela panadera, pero sobre todo de la nostalgia familiar, hasta el punto de que el envoltorio pasaba de generación en generación. El recuerdo pervive en la mente de los sexagenerios, que antaño fueron niños, con una media sonrisa que el tiempo es incapaz de disimular. Al igual que los versos de la canción que entonaban para que, finalmente, les fuera concedido el ansiado regalo.

 “Senyor Rei, jo/ja estic ací, porte’m casques per a mi… Nos la sabíamos, recuerda Toni Rodríguez, panadero de Gandia e investigador de la materia. Uno de los últimos guardianes de la receta. Todavía conserva la caja que tenía de niño. “Me acuerdo de que íbamos pastelería por pastelería viendo los escaparates, comparando las cascas”, relata. Una vez escogida la mejor, la compraban al peso, acompañada de chocolatinas si lo permitía el poder adquisitivo. “Otras veces se preparaba en casa, las horneaban las abuelas, casi siempre a escondidas de los nietos”, rememora. Eso era en la tierna infancia, cuando se convencía al niño de que el dulce lo habían traído los Reyes.


La receta, e incluso la apariencia, recuerda a la mocadorá. La Casca es un dulce de mazapán, elaborado a partir de azúcar y almendra molida, que adopta la forma de rosca o de serpiente. “La forma se debe a la anguila, que es un pez muy típico de la Navidad en algunas zonas de España”, explica Toni. La masa se rellena de boniato confitado, aunque se admiten variantes como la calabaza o la yema, y ha habido casos de condimentos como la canela, el merengue o la raspadura de naranja. Ahora bien, bordar la superficie es dogma de fe. “Antaño se bañaba en azúcar al punto de hilo y se dejaba escurrir dos días, para luego hacer dibujos glaseados”, añade el experto, que habrá decorado cientos.

Hay algo todavía más tradicional. Una casca no es tal sin una caja de cartón, con motivos decorativos, y heredada de generación en generación. “Había empresas que se encargaban de pintarlas, tú elegías el dibujo que te gustaba y la conservabas para siempre. Unos días ante de Reyes, dejabas el recipiente en la panadería y ya pasabas a recogerlo con el dulce en el interior”, cuenta Baptiste Pons. Él ha sido el diseñador encargado de la reciente exposición organizada en el municipio de Gandia sobre Cajas de Cascas, tanto a nivel de cartelería y grafismo, como de selección muestral. Se han expuesto una veintena, entre las que se encuentra la suya, heredada de su madre, y por tanto con décadas de vida.

Tiene 35 años, lo que quiere decir que la tradición se perpetúa, al menos en zonas como la Safor. De hecho, Toni Rodríguez las sigue dispensando en su panadería, y presume de ello en el escaparate. “En Gandia es algo habitual. De hecho, yo tengo listo el mazapán con el que las voy a hacer desde hace una semana, la preparo con prevención. Y ya tengo cajas que me han traído las clientas”, desvela el pastelero. 

Y la rosca dejó paso al Roscón

Los primeros obras que contienen referencias a la Casca datan del siglo XV. “Jaume Roig cita a unas mujeres ‘casqueteres’ que vendían el dulce en Valencia”, explica Joan Iborra, historiador que ha ahondado en la tradición repostera. “En cualquier caso, me parece que es partir del siglo XIX y principios del XX cuando se populariza el reparto de regalos en la Epifanía de Reyes. Como costaban mucho dinero y eran cosa de las clases pudientes, aparecen alternativas como los capazos de alfalfa, los zapatos en el balcón y la canción del Tirorirorí”, relata. En un momento en el que el azúcar se populariza como alimento, una rosca de mazapán comienza a hacerse hueco en las cocinas valencianas. 

Así fue hasta los años 70, entonces llegó el marketing. La tradición de la Casca dejó paso a las nuevas propuestas en pos de mejores ventas y el Roscón de Reyes se impuso como el postre mayoritario en toda la geografía española. Primero en las mesas de las capitales como Valencia o Alicante; luego en los municipios. “Nunca ha llegado de desaparecer, sin embargo, de los pueblos”, confirma el historiador. Hay constancia en toda la Comunitat, desde Vinaròs a Orihuela, pero se conserva con especial cariño en los municipios centrales y entre algunas familias diseminadas. A fin de cuentas, si el Roscón es el postre de los mayores, la rosca de mazapán sigue siendo patrimonio de los pequeños. El ritual apenas se ha alterado: o bien lo trae el padrino, o son los Reyes.

Si bien la publicidad destronó el reinado de la Casca en la Comunitat, el vuelco hacia la tradición puede devolverle la corona. Eso tan solo depende de las gentes del territorio. Sin ir más lejos, el Ayuntamiento de Gandia ha decidido promocionar el producto estas Navidades, y para ello ha organizado un concurso de Cascas, que se acompaña de una exposición de cajas, la Fira de Casques y un documental, a cargo del que se encuentra Sergi Pitarch. Él mismo admite ser uno de los practicantes de este dulce, que hunde sus raíces en la tradición, pero podría dar sabor al futuro de los valencianos, si es que algún día quisiéramos retomar la apuesta por lo autóctono, lo propio, lo imprescindible. 

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