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La nueva burbuja inmobiliaria

Vuelve la burbuja, y empieza por los alquileres. València se suma a la lista de grandes ciudades en las que se ha disparado la renta, incluso por encima de la cuota que paga un hipotecado. Las administraciones tratan de ponerle freno... ¿es posible?

12/07/2018 - 

VALÈNCIA.- Adrián y su pareja han vivido desde finales del año 2015 en la calle Caballeros de València, en pleno centro. Al principio, pese a la ubicación privilegiada, pagaban 300 euros mensuales —gastos incluidos— por tratarse de un pequeño bajo reconvertido en vivienda. Pero las cosas cambiaron. No hace mucho, un día de tormenta, fallaron los desagües y se les inundó la casa, y al acabar de achicar el agua pensaron que quizá ya era el momento de mudarse a una vivienda en mejores condiciones. Pero… «¡Caramba con los precios!», exclamaron al consultar los principales portales inmobiliarios.

En paralelo, su humilde vivienda se revalorizaba como por arte de magia. «En 2016 ya nos pidieron los gastos aparte, en 2017 nos lo subieron a 360 más gastos, y este año ya nos pedían 400 más los gastos, unos 450», cuenta Adrián. Su solución fue marcharse, alejarse del centro. «Pensábamos que no nos tocaría estando en un sitio así, pero hasta las viviendas más extrañas han subido de precio», afirma con asombro. En efecto, el caso de Adrián es el de muchísimos vecinos de València que han tenido que mudarse en busca de un alquiler que se adecúe a su capacidad económica.

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Silvia y Mario ocultan sus verdaderos nombres para hablar de su experiencia. «En Castellón no se entiende bien lo que está pasando en València, y no queremos salir como unos pobres desgraciados que no podían pagar su casa», explican con cierto enfado. De alguna manera sienten que han sido expulsados de la ciudad en la que solo han podido vivir un año. Llegaron al Cap i Casal el pasado verano, cuando ella logró un trabajo en la capital. Surfear la ola de los precios ya entonces era toda una aventura. «Trabajo en Castellón, y buscábamos algo cerca de la estación para poder moverme en tren», cuenta él. Lo mejor que encontraron fue un piso junto a la Pantera Rosa «de un pirata que ha dividido una vivienda enorme en cuatro minúsculas para alquilarlas ilegalmente por separado». Les pedían 470 euros mensuales por unos 40 metros cuadrados con una pequeña habitación, salón, cocina y baño. Aceptaron a regañadientes, cansados ya de peinar sin éxito el mercado.

* Lea el artículo completo en el número de julio de la revista Plaza 

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