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LA PANTALLA GLOBAL  

La relación entre cine y techno se estrecha con "XOXO"

El largometraje, producido por la plataforma Netflix y dirigido por Christopher Louie, está ambientado en un gran festival de EDM

9/09/2016 - 

VALENCIA. Las series televisivas han impuesto su ley de tal modo, que incluso cuando se trata de hablar de Netflix, los largometrajes producidos por la plataforma de streaming parecen pasar a segundo plano. Porque aparte de ficción por capítulos, el canal multimedia lleva más de un año estrenando películas propias. De hecho, Beasts of No Nation (2015) captó bastante atención, quizá por ser la primera. O quizá porque la dirigió Cary Joji Fukunaga, el cineasta tras la primera temporada de True Detective. El caso es que, en realidad, Netflix no la financió, sino que compró (por doce millones de dólares) los derechos para su estreno a través del canal en países como Alemania, Austria, Finlandia, Japón o España. También Estados Unidos y Reino Unido, donde además llegó a las salas comerciales.


Si nos ponemos puristas, la primera película en la que Netflix no solo actúa como distribuidor exclusivo, sino que además se involucra en la producción, se titula XOXO (pronunciado “ex ou ex ou”, que nos conocemos). Se estrenó el pasado 26 de agosto y demuestra la intención de la plataforma de apostar por nuevos valores del audiovisual, ya que supone el debut de Christopher Louie, que con anterioridad solo había trabajado como animador, y su experiencia en la dirección se limitaba a Grapevine Fires, un clip del grupo Death Cab for Cutie. Su primera película también está relacionada con la música, puesto que se centra en las peripecias de seis veinteañeros que confluyen en XOXO, el festival tecno más importante de Estados Unidos. Entre ellos, Ethan (Graham Phillips), un joven aspirante a DJ que es incorporado al cartel a última hora, gracias a que una de sus canciones se ha hecho famosa en Internet.


¿Vale la pena XOXO? Bueeeeeno. Louie parece más interesado en los convencionales conflictos afectivos entre los personajes que en el ambiente donde se mueven, y eso que el festival escogido (más bien carnaval, con gente disfrazada y demás), daba mucho juego, teniendo en cuenta que el género dominante en la película es la EDM. Al menos, se ofrece un retrato del mundo de los DJ’s de éxito no exento de cierta retranca, personificado en una estrella de las cabinas llamada Avilo (sí, se parece a Avicii) y su manager (sin escrúpulos, evidentemente), que se dedican a explotar a los jóvenes talentos en beneficio propio. Por lo demás, aventurillas amorosas (alguna, bastante moralista), drogas sintéticas por doquier y exceso de buenos sentimientos, aunque el viaje en bus de los festeros gritando al unísono “¡Eat! ¡Sleep! ¡Rave! ¡Repeat!” no tiene precio.

Louie ha comentado que sus propias experiencias como raver le sirvieron para la película, aunque disc jockeys como Ookay, Dillon Francis o el dúo Gladiator han manifestado en Twitter sus reservas respecto al film, ya que según ellos no refleja el esfuerzo que implica su trabajo. Y eso que Pete Tong es coproductor y asesor musical de XOXO. De hecho, el DJ y productor inglés ha sabido rentabilizar estupendamente sus habilidades en la gran pantalla, con mención especial para el divertidísimo falso documental La leyenda del DJ Frankie Wilde (It’s all gone, Pete Tong, Michael Dowse, 2004), basado en la trágica vida de un DJ mundialmente famoso que se está quedando sordo. Siempre entre la parodia y el homenaje (abundan los cameos), el film conoce perfectamente el terreno que pisa, y es uno de los mejores realizados en torno a la cultura electrónica.


Tráfico humano

Una filmografía, por cierto, que continúa creciendo. En una escena crucial de Trainspotting (Danny Boyle, 1996), el personaje de Diane (Kelly Macdonald) le dice a Mark Renton (Ewan McGregor): “El mundo está cambiando, la música está cambiado, hasta las drogas están cambiando. No puedes quedarte aquí todo el día soñando con la heroína y con Iggy Pop”. Días después, Renton acude a una discoteca y descubre el techno. “Diane tenía razón”, se dice a sí mismo. “El mundo está cambiando, la música está cambiando, las drogas están cambiando. Incluso los hombres y las mujeres están cambiando”. Los jóvenes que bailan a su alrededor bien podrían ser los protagonistas de Human Traffic (Justin Kerrigan , 1999), estrenada en España en 2001 con el significativo título de Generación Éxtasis.


Si Trainspotting habla del cambio, 24 Hour Party People (Michael Winterbottom, 2002) da un paso más allá y lo escenifica: En una secuencia memorable, en la que el público que llena su discoteca, The Haçienda, se mueve al ralentí mientras él sigue haciéndolo a velocidad normal, el personaje conductor de la historia, Tony Wilson (Steve Coogan), explica y subraya el momento histórico en que el disc jockey, y no el compositor o el músico, se convierte en el foco de atención de la cultura pop. El médium es el protagonista. Es el nacimiento de la cultura rave. La era del baile. “La beatificación del ritmo”. Bienvenidos a Madchester, proclama. Sin embargo, tampoco se trata de un film sobre la escena electrónica, sino más bien sobre la evolución musical que conduce a ella en una ciudad inglesa.


Por el contrario, Human Traffic sí es una película techno, aunque fue considerada la versión galesa de Trainspotting. Una apreciación errónea, pese a que sus protagonistas citan expresamente (y de manera irónica) el film de Danny Boyle en un momento determinado, y la presentación de los personajes y el estilo narrativo no pueden negar la vinculación entre ambas. Pero en Human Traffic las drogas son un medio, no un fin. Su función es meramente recreativa, y las consecuencias de su consumo nunca desembocan en tragedia. De hecho, ni siquiera se ve a ninguno de los protagonistas ingerir una pastilla (aunque uno de ellos trafica con ellas) ni esnifar una raya de cocaína (pese a que una escena muestre con detalle cómo se preparan). Lo máximo que se permite Kerrigan es algún personaje fumando un porro. Podría parecer una opción moralista o engañosa, pero la intención es evitar que la película se centre en un tema accesorio. Porque Human Traffic no es un film sobre el consumo de drogas, sino sobre cómo exprimir al máximo el fin de semana. En palabras de Joan Pons, en el libro colectivo ¡Rock, acción! (AvantPress, 2008), “si existe un título que realmente merezca llevar la vitola de película-manifiesto de la cultura de club, ése es Human Traffic. Es el único film que, visto dentro de cincuenta años, puede servir para que alguien se haga una idea de qué demonios era un clubber, cuál era su hábitat y cuáles sus costumbres”.


A diferencia de lo que sucedía en Trainspotting, que se abría con Lust for Life (Iggy Pop) y cuya banda sonora iba derivando progresivamente hacia la electrónica, la canción que suena durante los títulos de crédito de Human Traffic es Build it up, Tear it down, de Fatboy Slim. Los protagonistas ya no son unos yonquis fascinados por Lou Reed, sino un puñado de jóvenes de clase trabajadora, explotados de lunes a viernes en sus empleos basura, que aprovechan el fin de semana para desfasar, olvidar su miserable rutina diaria y los problemas familiares. “Tengo 48 horas para desconectar del mundo”, dice uno de ellos cuando llega el viernes noche. Otra afirma: “Tener una relación no está entre mis prioridades ahora mismo. Yo tengo sexo con la música... y créeme: ¡Puedo aguantar toda la noche!” Una invocación hedonista con mecanismo de tiempo (significativamente, la película va mostrando en pantalla el transcurso de las horas del día) y centrada en bailar hasta que el cuerpo aguante (ayudado por las drogas) o encuentre otro modo de satisfacción placentero (el sexo). De hecho, el segmento más importante de la película, que ocupa generosamente su parte central, es la visita a una discoteca, donde los protagonistas bailan e interactúan con otros personajes de perfil similar al suyo.


Human Traffic es una historia de amor convencional, en la que un par de amigos descubren que están enamorados. Una comedia romántica que adquiere relevancia sociológica por estar localizada en ambiente clubber y otorgar una importancia primordial al papel de la música. Matthew Herbert y Roberto Mello firman la banda sonora, el ubicuo Pete Tong es el supervisor musical, el legendario productor Arthur Baker está acreditado como asesor musical y el mítico Carl Cox, uno de los disc jockeys más importantes de la historia (y autor de un tema titulado, precisamente, Human Traffic), interpreta un breve papel como propietario de The Asylum, la discoteca donde transcurre gran parte de la acción. Human Traffic juega con la complicidad del espectador, citando la revista Mixmag, presentando a dos personajes como “modernillos post-Goa” o apostando por una banda sonora en la que se puede escuchar a Armand Van Helden, Public Enemy, Death In Vegas, Felix Da Housecat, William Orbit, Quake, Primal Scream, Underworld y Orbital, entre otros. Un catálogo sonoro que define a la generación química de los noventa.


El film tampoco se olvida de mostrar lo que sucede tras la euforia discotequera: Los afters en pisos donde un par de desconocidos pueden pasarse horas hablando de temas intrascendentes, el bajón inherente a la paulatina disminución del efecto de las drogas en el organismo, episodios de paranoia incluidos, y el regreso a la cruda realidad familiar. Las últimas horas del domingo son de arrepentimiento… hasta que llegue el próximo viernes, ya que Human Traffic nunca juzga a sus protagonistas y plantea con brillantez el papel que juega la música como vía de escape de una realidad gris e insatisfactoria (en los créditos, se alternan imágenes de gente bailando y de multitudes enfrentándose a la policía, las dos caras de la realidad británica a finales de los noventa). Para culminar su estrecha relación con la escena techno, en 2002 la película se publicó en DVD con el título de Human Traffic remixed, como si de un disco de remezclas se tratara. Fue una idea del productor, Allan Niblo, que editó por su cuenta y riesgo una nueva versión del film a la que añadió música, escenas descartadas y efectos especiales. La jugada le salió cara, ya que Justin Kerrigan le llevó a los tribunales.


Mas beats y fotogramas

La película, en todo caso, está realizada antes del cambio de siglo, recogiendo todavía el influjo de la década de los noventa. El mismo año, Doug Liman dirigió Viviendo sin límites (Go, 1999), que transcurre durante veinticuatro frenéticas horas de raves y drogas. Y aunque es de 2011, Weekender (Karl Golden) también mira al pasado para contar la historia de dos amigos cuyas vidas cambian cuando descubren las raves ilegales que empezaron a popularizarse a principios de los noventa. Por el contrario, quienes evalúan el interés de XOXO suelen buscar la confrontación con We Are Your Friends (Max Joseph, 2015), no estrenada en España, pero conocida en castellano como Música, amigos y fiesta. Trata sobre un joven DJ de 23 años procedente de Hollywood (interpretado por Zac Efron) que sueña con vivir de la música, y para lograrlo es consciente de que necesita encontrar su sonido y dar con un tema de éxito. Bailar hasta morir (Clubbed to Death, Yolande Zauberman, 1996), Con la música a tope (Groove, Greg Harrison, 2000) o South West 9 (Richard Parry, 2001) son otros de los títulos que se han acercado con mayor o menor fortuna a la cultura electrónica, siempre en el terreno de la ficción, porque las abundantes aproximaciones documentales, entre las que destacan Hang the DJ (Marco La Villa, 1998), Modulations (Iara Lee, 1998) o We Call it Techno! (Maren Sextro y Holger Wick, 2008), darían para otro artículo.


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