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CARTAS DESDE BOLONIA

Mayo del 68. Cincuenta años entre el placebo y la revolución

Principalmente, mayo del 68 fue la manera en que una nueva juventud le gritó a los padres de la patria que el mundo que habían construido era una mierda. Que no debían honra ni respeto a la sociedad burguesa. Que se bajaran de los púlpitos donde aplaudían sus gestas en el campo de batalla y elogiaban sus negocios en las colonias de África y Asia, o en las fábricas de Saint-Denis

1/01/2018 - 

VALÈNCIA. El mundo estaba lleno de viejos. Viejos generales que habían ganado la guerra y ejercían su derecho al mito. Viejos aristócratas que engalanaban las solapas de sus chaquetas con banderas francesas para festejar cada agosto una liberación que no era la suya. Viejos partidos y viejos sindicatos que repetían discursos viejos, de lucha obrera, de emancipación de clase o de huelga general. Viejos que llenaban los templos donde sonaban los órganos, los bisbiseos y las plegarias. Viejos que impartían lecciones de derecho o de filosofía o de medicina desde las viejas universidades. 

El mundo envejecía a medida de otra generación, anclado en un pasado cada vez más oscuro y más triste, en el que no existía el rock, ni la marihuana, ni las playas de Ibiza. Ni el amor libre y violento que recreó Bertolucci en mansardas parisinas. El mundo era, en definitiva, aburrido, autoritario y complaciente

Celebrar efemérides es una manera de cumplir los años que no son nuestros. Mayo del 68 fue la gripe que necesita la historia cada dos generaciones para ponerse al día. Como cualquier gripe, está llena de calentones y desajustes, cuerpos exhaustos y sudorosos, de fiebre y delirio. Principalmente, mayo del 68 fue la manera en que una nueva juventud le gritó a los padres de la patria que el mundo que habían construido era una mierda. Que no debían honra ni respeto a la sociedad burguesa. Que se bajaran de los púlpitos donde aplaudían sus gestas en el campo de batalla y elogiaban sus negocios en las colonias de África y Asia, o en las fábricas de Saint-Denis. 

París, Praga, México, Berlín, Berkeley, Madrid y La Habana

Mientras en Francia anhelaban una Revolución Cultural como la de Mao, en Praga lanzaban piedras contra los tanques soviéticos. El maoísmo o el marxismo-leninismo eran horizontes para quienes no pretendían habitar tales territorios. En México, Elena Poniatowska recogía testimonios de la matanza de estudiantes en Tlatelolco, para que no hubiera impunidad ni desmemoria. En California, los hippies ocupaban las casas y los jardines, y embotaban su mente con LSD a la espera del Festival de Woodstock un año después, como alternativa a la militarización del país, a las atrocidades con napalm en Vietnam, a las incursiones en Cuba y América Latina. 

La Habana había resistido a la invasión de Bahía Cochinos y a la crisis de los misiles propiciada por los Estados Unidos y Moscú; la Revolución exhibía músculo y orgullo, y se mostraba como ejemplo para el mundo. En Berlín Oeste, la muerte del estudiante Benno Ohnesorg en protestas callejeras puso el foco de atención sobre la “generación Auschwitz”, esa generación que ocupaba el poder y que ni había pedido perdón por sus crímenes nazis ni había dejado las comisarías ni las escuelas del país veinte años después de la caída del III Reich. En Roma y Milán esperaban el otoño caliente, que marcaría el inicio a los años de plomo con luchas entre la extrema derecha y grupos de extrema izquierda. 

La imaginación al poder no era cualquier cosa. Para cambiar la sociedad, primero se debe pensar y se debe imaginar. No existe transformación sin imaginación, y sin pensamiento.

En Madrid, Raimon cantaba en la Universidad Complutense la cara al vent, el cor al vent, siete años antes de que Francisco Franco subiera a los cielos y, acto seguido, fuera lapidado en el Valle de los Caídos, en un sube y baja extraño y duradero. El franquismo es el balancín de nuestra historia: se puede explicar de abajo a arriba y viceversa, de las cunetas de los pueblos a las cornisas donde fue a parar Carrero Blanco, o de los sótanos de la DGS a los áticos del barrio de Salamanca. De reptiles a alta sociedad en el entierro de Carmen Polo, sin dejar de ser ni lo uno ni lo otro. 

El placebo del siglo

 Mayo del 68 fue contrahegemónico, festivo e incongruente. Para unos, la libertad pasaba por la abolición de la sociedad de clases y del capitalismo, por la ortodoxia maoísta e incluso por la lucha armada. Para otros, por el viaje psicodélico y el abandono a todo intento de construir una sociedad organizada y consciente. Hubo grados y visiones dispares. Las mujeres quemaban los sujetadores en la plaza pública en París, pero también en Nueva York, en protesta contra los certámenes de belleza en los que se les exhibía para uso y disfrute del varón. 

La idea del amor libre chocaba con las medidas del Comité de Ocupación de la Sorbona, que montaba guardias en los baños de la universidad para que los homosexuales no practicaran sexo entre ellos. Todo acto contra natura era considerado un acto contrarrevolucionario por la ortodoxia sesentayochista. 

REVOLUCIÓN
REVOLUCIÓN
cuántas contrarrevoluciones
se cometen en tu nombre. [Nicanor Parra]

Los viejos partidos se unieron a la protesta. Comunistas, anarquistas, socialistas, antiimperialistas, antifranquistas, antisoviéticos impulsaron la lucha obrera. La lucha vecinal. Aparecerían progresivamente guerrilleros y militantes armados en todo el orbe, Black Panthers, Montoneros, Tupamaros, Brigate Rosse, ETA, FRAP, cada cual con su cometido y su final. Del otro lado, las élites liberales esperaban pacientes su turno, conscientes de que asumirían un poder construido desde la verticalidad y el capitalismo. 

Un mes después de la revuelta francesa, en junio de 1968, el general Charles de Gaulle arrasó en las elecciones legislativas, y los partidos de izquierdas se hundieron. Una de las primeras medidas fue asfaltar buena parte del trazado del Barrio Latino, para impedir que los estudiantes levantaran de nuevo barricadas con los adoquines de las calles. Se podía pensar, pues, que mayo del 68 fue el gran placebo del siglo, y sin embargo, nadie podría negar su importancia histórica ni su impronta cultural para Occidente

Mantener solo una opinión sobre el fenómeno sería injusto. La lucha obrera cobró una fuerza inusitada. La derecha no abandonó el poder. Se rompieron tabúes y limitaciones del pensamiento sobre mujeres, gais y minorías étnicas. Surgió la lucha armada. Se propagaron ideales de igualdad que aún hoy siguen inspirando, a pesar de manifestaciones dictatoriales concretas. Triunfó el capitalismo y la sociedad de consumo. Triunfó la canción popular de Daniel Viglietti y Mercedes Sosa, Violeta Parra, Víctor Jara y Quilapayún, preámbulo del horror neoliberal de América Latina. 

Mayo del 68, hace ahora cincuenta años, catalizó todas las contradicciones de un mundo que estaba transformando sus estructuras de poder. Fue la explosión de una juventud abandonada en el relato de la historia que reclamaba hacerse cargo de ella. Fue quizás la penúltima revolución mundial. La última, dos generaciones después, se inició en el Mediterráneo con la Primavera Árabe, y siguió en la Puerta del Sol y las plazas de España, en Londres, Nueva York, Berlín y todas las capitales mundiales. También placebo y también exigencia de juventud. También incongruente, pero insustituible. 

Con todas sus contradicciones y esperanzas, aquel año de 1968 certificó que el mundo estaba lleno de viejos y que debían ser barridos por otra generación y un nuevo poder. No por casualidad, De Gaulle, aun ganando las elecciones del 68, abandonó la Presidencia de la República en 1969. La podredumbre se derrumbaría de manera inexorable. Que fuera sustituida por otros demonios, esa es otra historia.

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