LA COMIDA COMO TREGUA FAMILIAR

Nada se opone a la noche

En Pierremont, las comidas constituían a la vez la ocupación principal y el tema de conversación: qué se había comido la víspera, qué se iba a comer mañana, y basado en qué receta

| 19/01/2018 | 4 min, 22 seg

De hecho, se pasaba el día previendo, preparando, ordenando, llenando y vaciando el lavavajillas, haciendo pasteles, tartas, cremas, entremeses, extasiándose con los trece o quince sabores de helados caseros elaborados por Liane, deteniéndose a beber un té, un café, un aperitivo, se amasaba, se hervía, se dejaba cocer a fuego lento, se evocaba a unos y a otros, los estudios, las enfermedades, las bodas, los nacimientos, los divorcios, las pérdidas de empleo, se enunciaban verdades con tono concluyente, se rectificaba, se contradecía, se daban codazos, se maldecía el  modus operandi para la confección de los hojaldres de marisco.

En Pierremont, siempre se acababa alzando la voz, dando portazos, y en el momento en que casi se llegaba a las manos, el minutero en forma de manzana sonaba para recordarnos que ya era hora de sacar el gratinado del horno”.

Este pasaje que pertenece a Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan me parece que resume a la perfección  lo que viene a ser una velada  navideña: un combate familiar a varios asaltos en el que la campana es la comida. La comida como tregua, la comida como forma de distracción, la comida como  pegamento, la comida como recordatorio de que estamos vivos porque algún día esa familia nos alimentó.

Creo que casi todos conservamos la idea en la cabeza de que mientras se sigan preparando pucheros y pavos rellenos, mientras el horno humee, esa entelequia llamada familia permanecerá viva.  No importa lo difícil que se va poniendo la cosa, que si el procés,  que si el reino de Tabarnia, que si las banderas lavanderas de cerebros, que si el truco del machismo que mueve platos sin mover un dedo y que cada vez se nota más, que si el sempiterno cuñadismo , siempre nos quedará la opción de contrarrestar con diez hornos, siete microondas  y ocho microrrelojes que avisen de que se ha alcanzado al punto de ebullición. Cualquier día acabamos trasladando las celebraciones familiares a la relojería.

Pero aun en las peores familias, uróboras y destructivas, si hay comida, todo funciona. Tal vez porque es un recordatorio de que alguna vez fuimos criaturas inútiles e inocentes, que necesitaron ser alimentadas para crecer y dar hoy portazos y casi llegar a las manos.

El caso es que me ha emocionado tanto ese libro de Delphine, y hasta me ha ahorrado escribir mi propia biografía.

En él, la autora reconstruye la historia de Lucile, su madre, y la de su familia.  No habla de comida pero aparece la comida.

Cuando esa joven madre, llena de charme se separa, el salón de su casa se abarrota de amigos, de copas, de humo. “Nuestra alimentación se componía esencialmente de espaguetis y macarrones, con o sin salsa de tomate”, cuenta Delphine. “Todos los jueves al mediodía me invitaban a comer en casa de una niña de mi clase, cuya madre presumía después de ofrecerme el único filete que comía en toda la semana. Cuando Lucile se enteró, dejé de ir”.

Una madre que sufre ataques de profunda melancolía. “Cuando Lucile no tenía fuerzas para preparar la comida, nos reuníamos alrededor de una cena belga, chocolate caliente y pan con mantequilla”.

Ya en la adolescencia, Delphine sufrió un grave trastorno alimentario. “La anorexia no se resume en la voluntad que tienen ciertas jóvenes de parecerse a las modelos, ciertamente cada día más delgadas, que llenan las páginas de las revistas. El ayuno es una droga poderosa y barata, a menudo se olvida mencionarlo. El estado de desnutrición anestesia el dolor, las emociones, los sentimientos, funciona en un primer momento como una protección. La anorexia restrictiva es una adicción que hace creer en el control cuando en realidad conduce al cuerpo a su destrucción”.

Me doy cuenta de que toda historia se puede contar a través de la comida, de hecho se puede contar a través de cualquier cosa, hasta de una piedra, basta sentarse a esperar y ver cómo le afecta el paso del tiempo. Así hace la literatura que me gusta, no habla directamente de lo que quiere hablar sino de forma interpuesta. Apenas oímos el rio subterráneo que corre debajo, no logramos verlo aunque sabemos que está, que es él quien lleva la vida. Solo lo evidente flota en el agua, el simbolismo que lo sostiene en forma de iceberg se mantiene sumergido. Es la metáfora que, dando un rodeo, nos alcanza en el corazón de forma certera.

Así me ha sucedido con este libro. No lo duden, si aún no han cambiado el regalo de reyes que les hizo su cuñado, Nada se opone a la noche.

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