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PESCADORAS DE GANDÍA

Mujeres contra viento y marea

Detrás de ese pescado fresco que consumimos está la labor de mujeres que se hacen un hueco en el arte de la pesca. También de abuelas y madres que diariamente reparan las redes y hacen unas labores esenciales que escapan a nuestros ojos.

Por | 14/09/2018 | 7 min, 4 seg

Cuando las barcas pesqueras —de trasmallo— salen del Grao de Gandia de madrugada para ir mar adentro no siguen a la estrella polar o a una brújula. Se guían por su instinto, ese que han ido adquiriendo con el paso de los años y que transmiten de generación en generación. No es cuestión de ser hombre o mujer. Tampoco de edad. Se basa en el arte de la pesca y, como decía, de la intuición. «Te tienes que guiar por el instinto porque a través de él sabes dónde debes poner las redes o qué pescado buscar», cuenta María Casas, patrona y propietaria del barco de pesca de transmallo La Tramuntana. Es, además, la única con esa condición en el Grao de Gandia. 

Han transcurrido unas cuatro horas y el barco se divisa a lo lejos. Su hijo Vicente e Ibrahim realizan las maniobras de atraque mientras María coloca un cubo al revés para sentarse. Con cierta delicadeza coge la red, la repasa para comprobar que no hay daños y saca el pescado que se ha quedado entre ella. Lo coloca con el resto, en unas cajas con hielo. Más tarde le tocará limpiar las redes porque están llenas de barro. «El oleaje ha hecho que haya mucho barro, lo que dificulta la pesca», explica con cierta alegría porque en esta ocasión los delfines no han hecho ningún destrozo —renovar una red cuesta entre 6.000 y 9.000 euros—.

Raquel LLopis sabe bien de lo que habla pues ha tenido que reparar redes con hasta dos metros de agujero. Es redera e invierte sus horas en el difícil arte de confeccionar, atar, reparar y mantener las redes de pesca. Un trabajo fundamental de la actividad pesquera pero tan infravalorado —y desconocido— que incluso no existen cursos para su aprendizaje, sino que se trasmite de generación en generación. «Lo aprendí de mi suegra, que me enseñó», comenta. 

Tanto María como Raquel coinciden en afirmar que «las condiciones climatológicas complican el trabajo» pero también las condiciones laborales: «Son muchas horas de pie, sentadas de mala manera o mojadas por lo que cogemos muchas enfermedades o bajas derivadas del trabajo». Pese a todo, Gandia es uno de los puertos pesqueros del mediterráneo con mayor número de 'mujeres de la mar’: 20 mujeres trabajan en el puerto, lo que representan aproximadamente el 15% del total. De ellas, cuatro salen embarcadas y el resto se queda en tierra elaborando redes, suministrando alimentos para los marineros o la realizando labores administrativas. 

«Siempre hemos estado a la sombra» repiten. Y es cierto pues la gran mayoría de pescadoras corresponde a la segunda generación que lucha por hacer visible su trabajo y siguen la estela de Pepita la Meleta, la primera en abrir el camino a otras “mujeres de la mar”. Es el caso de Raquel, Carmen, María, Mavi y Mirela (en arte de trasmallo) y Roen y Maite en arrastre. «Es un trabajo muy duro pero cuando ves todo lo que has pescado en la jornada te recompensa», explica Mirela resaltando que la pesca tiene un encanto particular.

Maria conoce todas las labores pero prefiere el mar, al que volverá en un rato para calar la red de trasmallo que recogerá al día siguiente. En su opinión es «una de las técnicas más artesanas y respetuosas con el mar y los fondos marinos». Así, una vez «calado» arrojan al mar una línea de red de trasmallo que cae hasta el fondo creando una especie de pared —a sus lados tiene dos redes trampa—, de manera que el pez o marisco queda atrapado. Sin embargo, prefiere el arte del palangre porque «es más selectivo» ya que cada anzuelo pesca un ejemplar de un tipo específico de pez.

Es su vida, lleva veinte años en el oficio. Consecuencia, dice, de ese amor que desde siempre ha tenido al mar: «cuando subí por primera vez a la barca noté una sensación de libertad que no había experimentado en otro trabajo», comenta. Sin embargo, no fue hasta que sus hijos fueron un poco más mayores y sus padres pudieron ayudarla cuando se dedicó en cuerpo y alma. «Sin la ayuda de mis padres no hubiese sido tan fácil», resalta. 

No solo es pescar, comienza la subasta

A primera hora de la tarde la lonja vuelve a cobrar vida gracias a los barcos de arrastre que van arribando. Bajo un sol de justicia está Maite García, que nada más divisar el Nova Emi se prepara para recibirlos. Es pocera y se encarga, entre otras cosas, de separar el pescado y llevarlo a la lonja. Un saludo express a su marido, Andrés, y se pone manos a la obra. “No hay gamba roja así que hemos ido a por la gamba blanca, que desde hace unos años son muy habituales por la zona”, comenta Andrés mientras pasa las cajas con el pescado a Maite, que las coloca en la carretilla que empujará hasta la subasta. “Hace unas semanas pescamos 70 kilos de gamba roja pero tras el parón biológico ya no hay”, aclaran.

Ya en la subasta coloca las cajas sobre la mesa situada junto a la cinta. Tiene el tiempo justo para ir colocando el pescado según su calibre. «Hay que ser muy rápido porque detrás vienen otros compañeros», comenta atropelladamente. La primera caja se desliza por la cinta y, al otro lado, restauradores, pescadores y otros profesionales ven sobre la pantalla el precio de salida. Éste comienza a bajar y rápidamente alguien pulsa el botón de comprar.

Nada más terminar con su subasta llega Roen, que hace el mismo ritual que su compañera y amiga. «La jornada ha ido tan bien como cabía esperar», comenta haciendo referencia a la escasez de pescado que están teniendo estos días. El trabajo de ambas poceras es esencial pero su presencia es escasa y, además, tienen el handicap de que su oficio no está reconocido por el Instituto Social de la Marina pues «solo contempla los trabajos que se realizan cuando el barco sale a la mar, y no los de tierra —rederas y poceras—». «Trabajamos más de doce horas diarias, pero nuestro trabajo no está reconocido por ningún organismo oficial así que si sigue todo igual nunca percibiremos una pensión de jubilación», lamenta Raquel poniendo en valor el trabajo de las rederas. 

De hecho, según un estudio del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Pesca, en 2010 había 763 personas afiliadas el régimen especial de trabajadores del mar (REM) en toda España dentro del grupo de «reparación de otros equipos», de las que el 89,5 % correspondía a mujeres. En el caso de la Comunitat Valenciana solo estaban registradas dieciocho personas, de las que solo una era mujer.

La unión hace la fuerza

Para equiparar su trabajo al de los hombres han constituido la Associació de Dones de la Mar del Grau de Gandia (Adomar). Su presidenta, Raquel Llopis, lamenta que la Comunitat lleve más de una década de retraso frente a otras compañeras del sector como las gallegas, vascas o andaluzas, que han avanzado hacia el reconocimiento laboral de su oficio y formación reglada y de calidad. De hecho, entre sus prioridades destacan la preocupación por el relevo generacional, el reconocimiento de su oficio por parte del Instituto Social de la Marina (ISM) y una formación continua gratuita y de calidad. «La mujer siempre ha estado relacionada al mundo de la pesca. Los pescadores no pueden salir a faenar sin que las redes sean cosidas o el trabajo administrativo que hacen las mujeres», comenta enfatizando que desde hace unos meses trabajan junto a la Asociación Nacional de Mujeres de la Pesca (Anmupesca) —Raquel es su vicepresidenta—, que ya está integrada por 23 entidades.

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