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LOS RECUERDOS NO PUEDEN ESPERAR

Tomando café con Robyn Hitchcock en Arrancapins

9/04/2017 - 

VALÈNCIA. En abril de 2015, el británico Robyn Hitchcock dio un concierto en Valencia. Aprovechando la coyuntura, y puesto que es un músico al que admiro y cuya discografía me parece repleta de tesoros, solicité entrevistarle. El encuentro tuvo lugar en la calle Erudito Orellana, a unos metros del Loco Club, donde actuó horas más tarde. La entrevista se publicó en el número 5 de Cuadernos Efe Eme.  El próximo 21 de abril, Hitchcock publica su nuevo disco, titulado Robyn Hitchcock.

Robyn Hitchcock está sentado en un pequeño bar tomando un café. La terraza  está en el barrio valenciano de Arrancapins, un nombre –en castellano significa arrancapinos- que seguramente asombraría al músico. Alguien o algo arrancando coníferas, es una imagen que podría estar en una de sus canciones. Es primavera, finales de abril y Robyn Hitchcock es alto, con el pelo muy blanco. Había hablado con él antes, muchos años atrás, pero no lo recordaba tan alto. Ahora nos encontramos de nuevo para una conversación a fondo. Hablaremos de todo, sin un propósito comercial concreto, que es para lo que se hacen la mayoría de las entrevistas. Estamos sentados alrededor de esta mesa de plástico y una camarera china nos trae los cafés.

Escribir sobre alguien que lee lo que escribes y luego te lo comenta…

Robyn Hitchcock tiene letras que parecen sueños rescatados segundos antes de que se desvanezcan completamente. Gracias por tu artículo, me dice en un español más o menos chapucero. La máquina del tiempo, comenta, como si nos hubiéramos instalado dentro de una de sus canciones. La máquina del tiempo, una que quiso construir siendo un niño, es la anécdota con la que abría un artículo anunciando su gira española, publicado esa misma mañana. Más o menos ha logrado entender lo que he escrito sobre él, asegura. Sus palabras suenan sinceras pero las interpreto como el gesto cortés de un viejo caballero británico. Ha debido de leer tantos elogios a lo largo de los últimos cuarenta años que uno más, por mucho que me haya esmerado al escribirlo, poco puede conmoverle. Pero es estupendo escuchar cómo me da las gracias.


Time is waiting in the wings...

Este episodio tuvo dos años atrás, la última vez que Hitchcock vino a tocar a Valencia. Fue una ocasión especial, qué duda cabe, y ahora que ya es un recuerdo puedo volver a él, usando ese incierto método por el cual se regresa al pasado. Como si ingresara en un sueño, en una pequeña película en la que alguna vez actué y que no se proyecta en ningún cine. Al contrario que otros recuerdos sobre los que he de escribir, éste es bastante nítido. El tiempo es un enigma indescifrable. Leonora Carrington dijo de él que era lo único que le daba miedo porque no lograba entenderlo. Andy Warhol afirmó que el tiempo no es, el tiempo era. El tiempo hacia adelante da vértigo, el tiempo hacia atrás aturde. 

Así pues, antes de que las imágenes se vayan haciendo borrosas, retrocedo dos primaveras. Y vuelvo a ver al autor de Heaven en aquella terracita. Está concentrado, hojeando un ejemplar de la revista donde se publicará nuestra conversación. En la portada está dibujado Bob Dylan, uno de sus artistas favoritos. Al pasar las páginas, encuentra una foto de Jim Morrison. Levanta la revista –que es igual que un libro- y la coloca bajo su nariz para que pueda ver la foto. Era muy atractivo, dice del cantante de The Doors, pero tenía los ojos demasiado juntos. Y pasa la yema del dedo por la cara de Morrison para subrayar el comentario. 

El nido de Robyn

Si miro por encima del hombro de Robyn Hitchcock veo una calle que lleva a Ángel Guimerá. Eso significa que si camino mentalmente dos calles más abajo, llego a la casa en la que vivía cuando supe de él por primera vez. Lo descubrí leyendo la reseña de un disco suyo, el segundo en solitario, publicada en el New York Rocker. La firmaba un tal Ira Kaplan (que luego tuvo su propio grupo, Yo La Tengo; cada vez que le he entrevistado le menciono la crítica, debe de pensar que soy tonto), que también había hecho unos dibujos de trazo infantil para ilustrar algunas canciones. “When I was a kid / I hated what I did / I strangled all my relatives”. La crítica y los dibujitos aludían también otra canción donde el coche de una exnovia intentaba atropellar al narrador. A partir de aquel momento quise conseguir un disco de Robyn Hitchcock como fuese. Lo encontré meses después, de casualidad, en las cubetas de saldos de una tienda de importación. Uno de esos discos que era imposible colocarle a los disc jockeys de las discotecas de la costa.

Padres, madres y cantante miopes

Volvemos a esa tarde de abril de 2015. Robyn Hitchcock está hablando. Las respuestas son largas, lo que dice está más allá de las declaraciones habituales de un músico de rock. Sus tuits a veces son como greguerías. Su manera de ver las cosas. Ahora está hablando sobre cómo las estrellas de rock, los grandes clásicos, soportan el paso de una y otra década. Me intereso por su infancia y por su padre, el escritor británico Raymond Hitchcock. Su obra más conocida es Percy, una comedia sobre un trasplante de pene –el miembro en cuestión, un tanto desmesurado, es el tal Percy- que fue llevada al cine con banda sonora de The Kinks. Le pregunto si el hecho de tener un padre escritor fue una influencia a la hora de hacer lo que hace. Aparece un fan y le pregunta si puede hacerse una foto con él. Les hago la foto. Los padres siempre son una influencia, contesta después. A continuación quiere saber a qué se dedican los míos. Me pregunta por qué decidí ser periodista. En realidad no quería ser periodista, quería escribir, pero eso no es lo que le contesto. Hago lo que hago por Lou Reed. Y por Patti Smith. ¿La conoces?, inquiere. No. Patti tiene una vista pésima. Cuando te la encuentras nunca sabes si te reconoce o no.

Regreso al futuro

Entre 1984 y 1985 trabajé en una emisora de radio que estaba justo al lado de la casa de mis padres, barrio de Arrancapins. Allí Jorge Albi y yo nos peleábamos por poner Fegmania!,  uno de esos discos que pasan a formar parte de ti como el aire y los alimentos. Luego descubrí I Often Dream Of Trains, un álbum anterior al otro. Sonaba melancólico, como si hubiese sido grabado en medio de ningún lugar. Desprendía una poesía extraña, absurda a veces, como si los Monty Python se hubiesen ido a vivir a la mente de Robyn. La canción que da título al disco es una de las canciones de mi vida. A menudo sueño con trenes cuando estoy contigo y me pregunto si a ti te pasa lo mismo. A menudo sueño con trenes cuando estoy despierto. Solo se escucha su voz y una guitarra. Pero lo que evoca la canción es como el anuncio de un sueño apoderándose de todo. Dos minutos y veintitrés segundos que contienen un mundo de emociones e imágenes familiares y misteriosas. Mis canciones no provienen de los sueños, me aclara Hitchcock, pero pertenecen a un lugar muy similar a ellos. Entonces llega otra chica y le pregunta si puede hacerse una foto con él. Él sonríe levemente y le pregunta: ¿Con las gafas puestas o sin ellas?

Tren nocturno

Cuando escucho la canción I Often Dream Of Trains recorro el pasillo de un viejo vagón de tren, esos que tenían los compartimentos a un lado y al otro amplias ventanas tras las cuales el paisaje se va estirando hacia el infinito. El pasillo me conduce a otra época, la de mi juventud. En el vagón cafetería están las tardes en la radio discutiendo con Jorge y las noches en Brillante. César, Paco, Rosita, Juan, Apa, Rafa Bartual, y Rafa Villalba ante el plato, colocando un vinilo. Robyn Hitchcock suena allí casi todas las noches. Y también esta Fina que ahora  sale de detrás de una esquina en Arrancapins, saluda con la mano y se queda esperando con Lidia a que terminemos. Fina y su cara salpicada de pecas. Si aquella entrevista hubiese sido un sueño podría haberle dicho a Robyn Hitchcock, ¿ves a esa mujer pelirroja de allí? Escribió un poema  en el que anunciaba que llovían pecas. Antes de irse nos hacemos una foto juntos. Nos la hace la camarera china dentro del bar. Nos colocamos uno al lado del otro. Qué alto es Robyn Hitchcock. El tiempo es un tren sin parada en ninguna estación.

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