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EL CABECICUBO: SERIES, DOCUS Y TV

Transnistria: contradicciones del último bastión soviético

'En Portada' consigue entrevistas en la región moldava de mayoría eslava independizada de facto a principios de los 90 tras un breve conflicto bélico

5/08/2017 - 

VALÈNCIA. Recientemente, En Portada de TVE se desplazó al Transdniéster para grabar uno de sus documentales prototípicos, un reportaje postconflicto. Mientras la norma es acudir donde está la acción, la guerra, la crisis y los desastres, el programa que dirige José Antonio Guardiola aporta una valiosa excepción, en muchas ocasiones visita lugares donde la noticia ya ha pasado. La información internacional es un zapping continuo entre conflictos, pero poco suele ocuparse de las situaciones consolidadas fruto de esas crisis o de las etapas que van incubando las futuras guerras.

En 'Las dos orillas del Dniester', un documental con guión de Yolanda Sobero, el equipo de TVE recorrió la región moldava del Transdniéster, independizada de facto, pero no de iure, y entrevistaba a sus habitantes, a los eslavos que controlan el territorio y a los moldavos que quedaron en minoría tras la secesión.

En la desintegración de la Unión Soviética, en Moldavia se experimentó un auge del nacionalismo impulsado por el Frente Patriótico. En respuesta, los turcos gagauzos que vivían en la república y los habitantes eslavos de Transnistria hicieron lo propio. El territorio moldavo es la antigua Besarabia, que se anexionó la URSS definitivamente por el pacto germano soviético en 1939. La región, antigua provincia otomana, fue disputada por el imperio ruso, que llegó a ocuparla y desocuparla sucesivas veces, y por los rumanos, que en el XIX crearon su reino de Rumanía uniendo Moldavia y Valaquia.


Con el fracaso de las reformas de Gorbachov, en los últimos estertores de la URSS, Moldavia declaró su independencia y sus líderes políticos anunciaron que se unirían a Rumanía, el estado hermano. Inmediatamente, en la orilla izquierda del Dniéster, se proclamó República Moldava del Dniéster, con capital en Tiraspol, una ciudad que no era rumana antes del acuerdo con los nazis. Oficialmente, lo que no aceptaban sus líderes era que Moldavia se saliese de la URSS, pero las tensiones idiomáticas también se hicieron patentes. Los eslavos vieron peligrar la oficialidad del ruso.

La guerra pudo tener una gravedad como la yugoslava que se estaba desatando esos años. Los eslavos de Moldavia tuvieron ayuda del ejército ruso y las fuerzas armadas moldavas recibieron armamento por los vecinos rumanos. Los choques armados duraron cuatro meses y murieron mil personas y tres mil resultaron heridas. Desde entonces, la situación fronteriza permanece congelada.

Volver a la URSS

Lo primero que vemos en el documental de TVE es que en Tiraspol prevalece la simbología soviética, escudos y estatuas de Lenin, todo lo que fue brutalmente arrancado de las repúblicas secesionistas en los sucesos de agosto del 91, como en la propia Moldavia o en las repúblicas bálticas. Sin embargo, la reportera muestra los contrastes con los carteles sobre el equipo de fútbol, el Sheriff de Tiraspol, que paradójicamente juega en la liga moldava, la ha ganado varias veces, de hecho, y ha acudido por esa vía a la Champions League.


El rumano Gavril Balint, ex jugador del Real Burgos, fue entrenador de este equipo y puso de manifiesto en una entrevista reciente  las contradicciones que se pueden observar en el lugar: "Hay un magnate que metió mucho dinero en el equipo e hizo un campo de entrenamiento como la Ciudad Deportiva del Real Madrid. Tú vas a Tiraspol y ves la ciudad pobre, la gente pobre, todo feo, muy soviético, pero el equipo tenía de todo (...) el presidente del equipo era más que el presidente del país. Todas las empresas eran de él, las gasolineras, supermercados, telefonía móvil, la televisión, controlaba todo".

El documental de En Portada explica que la empresa Sheriff fue fundada por dos agentes del KGB. La simbología, dice, si por algo tiene valor en esas circunstancias, una isla fuera de Rusia con población rusófona y ucraniana, es porque sirve para "subrayar la vinculación afectiva y cultural con Rusia", son "necesarios para la supervivencia".

Censura constante

Pero siguen las paradojas y contradicciones. Mucha población eslava es de origen ucraniano, la nación fronteriza. En una entrevista a un moldavo que viven en la república no reconocida, se quejaba de que Sheriff, que da la televisión por cable, había cortado todos las cadenas moldavas, pero se reía. Se lo tomaba a mofa porque, ahora que Rusia había entrado en conflicto, explicaba, también habían cortado todas ucranianas.

La incursión de la periodista en un país en el que los extranjeros solo reciben visados de unas pocas horas sirve para revelar que la mayoría de ellos tienen varios pasaportes. Su nacionalidad no es reconocida y los acumulan rusos, ucranianos, moldavos, etcétera. Es algo parecido a lo que ocurre en Balcanes y que crea ciudadanos de segunda, tercera y cuarta categoría según el número de documentos que se posean. El verdadero drama, según el reportaje, es para los estudiantes. Nada de lo que estudian está homologado ni reconocido en ninguna parte. Es un país que no existe.


La parte más curiosa es la de un moldavo que cuenta que estudió en Novosibirsk en tiempos de la URSS y las rusas le pedían que hablase en rumano con sus compañeros moldavos porque así les parecía que eran españoles o italianos. Algo que contrasta, dice el hombre, con lo que le ocurre ahora en su tierra, que los rusófonos le insultan diciéndole que hable en una "lengua humana". También entrevistan a un hijo de ucraniana y afgano que se conocieron allí y que, en la actualidad, se pregunta a qué etnia pertenece él.

Más curioso aún es que la deuda de Transnistria no exista oficialmente y sea cargada a Moldavia, en una zona en la que se han perdido miles de empleos. De hecho, algunos moldavos se quejan de que cerraron sus fábricas deliberadamente para echarles de la región. Finalmente, el documental acaba mostrando un puente construido por iniciativa de la OSCE y financiado por la UE, que solo ha estado abierto al tráfico una semana en los años que lleva levantado. Un símbolo del conflicto, sí, y también de las poco publicitadas políticas de la UE fuera de sus fronteras.


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