VALÈNCIA. Los más que habituales problemas en el transporte público o la batalla por el ruido de los grandes eventos musicales dibujan una ciudad de València en la que la calma parece no encontrar acomodo. Este mismo miércoles, la huelga de taxis marcaba el ritmo del centro de la urbe. Entre la tensión, una petición que parece ir a contracorriente: toca hacer una pausa. Silencio, por favor.
Esta es la demanda que hace la artista mexicana Tania Candiani a los visitantes de su nueva exposición, Radix, que desde hoy se puede ver en el Institut Valencià d’Art Modern (IVAM). “No hay otra manera de poner atención que hacer una pausa”, relata la creadora, que pide al público que se tome el tiempo necesario para “sintonizar” con una muestra que plantea una instalación inmersiva mediante la que dota al museo -a falta de un proyecto de futuro para su jardín- de una suerte de bosque subterráneo.

La artista presentó a medios la exposición junto a la secretaria autonómica de Cultura, Marta Alonso, y la directora del IVAM, Blanca de la Torre, quien conoce de sobra el proyecto, pues aunque ahora se presenta reformulado, tuvo una versión en la Bienal de Helsinki, de la que fue comisaria. “¿Qué sucedería si tirásemos de una esquina del suelo o de la corteza de este museo para mirar por debajo, como si se tratase de una alfombra?”, se preguntó De la Torre durante la presentación.
La respuesta nos lleva a “una fabulación ecológica habitada por diferentes seres que ha creado Tania y que desplaza la mirada hacia las profundidades de la historia, la cultura y las memorias del subsuelo”, una instalación inmersiva concebida como un ecosistema habitado por criaturas que “navegan entre lo animal, lo vegetal, lo mineral y lo fúngico”, en palabras de la comisaria.
Que la exposición pida tiempo al visitante no es casual, pues además del tiempo necesario para poder visitar la muestra en condiciones y empaparse del trabajo de la mexicana, también es necesaria una adaptación visual al espacio, ya que la sala se presenta sin apenas luz, un cuarto oscuro habitado por por una densa vegetación y una serie de esculturas de vidrio soplado que ofrecen algunos de los pocos puntos de luz en la sala.

“Cuando los ojos se adaptan a la oscuridad empiezan a ver lo que era invisible, es como la metáfora de las raíces que han estado ahí antes que los humanos y seguirán estando cuando nos hayamos exterminado como raza”, apuntó Candiani. En el centro de la sala nos encontramos un raizotrón, un dispositivo que permite observar el crecimiento real de las raíces, corazón palpitante de un espacio que complementa su propuesta con dos proyecciones audiovisuales y una composición sonora que envuelve el espacio.
Cada pieza compone un puzzle en el que el espectador forma parte del ecosistema. Entre unos y otros dan forma a esta suerte de bosque subterráneo que plantea una reflexión entre el arte, la ciencia y la artesanía, una mirada a la creatividad que hay en los procesos científicos. "Esta obra es una invitación a habitar el mundo de una manera más empática y consciente de las fuerzas invisibles que sostienen la vida".
Esta conexión entre dos mundos aparentemente alejados también tiene su eco en lo local, pues la gran planta imaginada que ocupa la galería 3 está inspirada en el corte transversal de una estructura vegetal que la artista encontró en un libro del Jardín Botánico de València. De igual forma, el recorrido se inicia con una antesala de archivo que combina láminas históricas de la Universitat de València con ilustraciones especulativas de la propia artista.
