VALÈNCIA. Este año los Cine Babel cumplen 30 años. Abrieron sus puertas en marzo de 1996 para ofrecer cine en V.O. La Filmoteca Valenciana, a pesar de remar muchas veces a contracorriente en circunstancias adversas, comenzando por una insaciable burocratización, lleva casi 40 años programando películas y viajando por la historia del cine, primero en su sala Juan Piqueras y después en la actual sala Berlanga. Dados los vientos que corren, estos dos hechos, heroicos a su pesar, me impulsan a hacer una defensa a ultranza de la sala cinematográfica. Es un faro cuyo haz de luz en la oscuridad es más necesario que nunca para la supervivencia del cine.
Al igual que el precoz cinéfilo Arnaud Desplechin, que acudía desde muy temprana edad a las salas de cine, como nos cuenta el cineasta francés en su reciente película Cinéfilos, la cofradía de los cinéfilos nos nutrimos de los sueños de la pantalla; vivimos con jubilosa intensidad en la cálida oscuridad de la sala; habitamos, gozosamente atrapados, en la caverna platónica; disfrutamos, en una placentera suspensión del tiempo, del haz de luz de la proyección. Las salas, verdaderos templos paganos, son refugio seguro, a modo de útero materno que nos acoge, antes las inclemencias de la vida. Nos invitan a enredarnos en los entresijos de la realidad, a perdernos en los laberintos de la ficción, con la pasión escópica del voyeur cuya mirada enfebrecida se proyecta a través de una ventana abierta al mundo, como nos cuenta el mago perverso de Hitchcock en La ventana Indiscreta.
Creemos firmemente que la magia del cine tiene que verse reflejada en una pantalla, que la forma más adecuada de que su memoria sea desvelada y trasmitida es en una sala de cine (qué lugar hay mejor para disfrutar de esa experiencia). Dicha convicción nos hace férreos defensores de eso que coloquialmente se entiende por ir al cine.
Por eso, como espectadores (y en mi caso también como programador que he sido casi toda mi vida), algunos hacemos una decida apuesta por la sala de cine, la sala de cine como el espacio ideal en el que el que espectador, cinéfilo o no, se comunique, desde su privilegiado lugar, con las imágenes que pueblan y constituyen la historia del cine. Y lo es porque el filme se debe ver en el “medio natural” para el cual fue concebido. Y que yo sepa, este es todavía -aunque la plataforma Netflix no lo piense así- el de una proyección en pantalla grande. En la intrahistoria de un filme, el definitivo acto, aquel que le da sentido en última instancia, es su exhibición en la sala de cine. El objetivo que se persigue es dar a conocer esas imágenes en las mejores condiciones técnicas y ambientales para su plena fruición. Imágenes que, como nos cuenta Theo Angelopoulos en La mirada de Ulises, son muchas veces hurtadas a las tinieblas (un trabajo del que se encargan de manera esforzada las Filmotecas) para ver finalmente la luz ante nuestros ojos.
En la intrahistoria de un filme, el definitivo acto, aquel que le da sentido en última instancia, es su exhibición en la sala de cine
Pero más allá del placer solitario de enfrentar nuestra mirada con un mundo de luces y sombras, tenemos asimismo que hacer hincapié en la gran carga ritual y social que supone asistir a una sesión de cine; la sala, y más la de una filmoteca, es un ámbito de encuentro, de complicidad, de juego de miradas, un santuario profano para una liturgia colectiva de la que participamos en obligado silencio los que creemos que las emociones se pueden compartir.
En un fascinante texto publicado en 1975, en la revista Communications, con el título “Salir del cine”, Roland Barthes reflexionaba sobre nuestra experiencia de espectadores de cine y subrayaba la necesidad de dejarse atrapar por la imagen. Barthes partía de una sugestiva confesión como motivo central de su reflexión: le apasionaba salir de los cines. La proyección creaba un efecto hipnótico en él, y a la salida su cuerpo se convertía, según sus propias palabras “en algo relajado, suave, apacible: blando como un gato dormido”. Es una de las descripciones más hermosas de la experiencia que supone salir a la calle en estado de trance tras ver una película en la oscuridad de una sala de cine. Una oscuridad que para él no es tan solo la propia sustancia del ensueño sino también el color de un difuso erotismo. Es tal la fascinación que siente por ese ejercicio íntimo que no puede evitar al hablar del cine, pensar más en la sala que en la película. Eso se llama, sin que nos olvidemos de que la vida es algo más, “vivir en el cine”. Y que lo sea por muchos años, ya sea en los Cine Babel, la filmoteca o en cualquier sala con la que nos topemos deambulando por el mundo.
José Antonio Hurtado es crítico de cine y exjefe de Programación de La Filmoteca Valenciana