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CAPITÁN SWING EDITA "PATRAÑAS QUE ME CONTÓ MI PROFE" DE JAMES LOeWEN

La historia, entre 'sashas' y 'zamanis'

Llega a las librerías, de la mano de Capitán Swing, "Patrañas que me contó mi profe", una reflexión sobre cómo se enseña la historia en los colegios de EEUU que podría aplicarse a cualquier país

11/06/2018 - 

VALÈNCIA.- Vaya por delante que el título de Patrañas que me contó mi profe no refleja el verdadero sentido del trabajo de James Loewen, más bien confunde. A primera vista, podría parecer el clásico alegato de un ensayista de derechas americano sobre cómo el sistema público está poblado por profesores tan vagos como liberales cuya única preocupación es ganar medallas en una competición de blame-america-first. De hecho, los docentes apenas aparecen en las más de 600 páginas del libro. Más cerca de acertar están los que esperen una obra ‘revisionista’ en la línea de La otra historia de Estados Unidos (Howard Zinn y Toni Strubel) o La Historia silenciada de Estados Unidos (Oliver Stone y Peter Kuznick). Es, desde luego, una visión liberal, hasta cierto punto alternativa, de la democracia más antigua del mundo, pero es complicado calificarlo de libro de historia. Es, sobre todo, una reflexión sobre cómo se transmite la historia de una generación a otra y cómo va cambiando al ritmo que avanza la sociedad. Loewen se fija en algunos momentos concretos pero a otros (algunos tan importantes como la Revolución Americana o las guerras mundiales, por ejemplo) apenas les dedica unos párrafos.

Sociólogo, historiador, y exprofesor, Loewen notó desde su época de estudiante que algo no iba bien en los libros de texto, que solo ofrecían un visión gloriosa del gobierno, pasaban de puntillas (cuando no ignoraban directamente) las cuestiones más espinosas y apenas tenían en cuenta otras versiones que no fueran las de los protestantes blancos (el ‘los’ es importante, porque las mujeres también formaban parte de ese colectivo de los sin voz). Ya en esa época mostró sus credenciales de inconformista y decidió pasar un semestre como estudiante en el sur para intentar conocer otros puntos de vista. De allí sacó la experiencia para escribir Mississippi: conflict and change (1974) que fue vetado en las escuelas públicas del estado por ser demasiado “controvertido”. La trifulca acabó en una histórica sentencia que amplió el contenido de la Primera Enmienda (el referido a la libertad de expresión) y que se considera uno de los pilares del llamado ‘derecho a leer’.

Años más tarde, Loewen pasó dos años en la Smithsonian Institution donde escribió la primera versión de Patrañas que me contó mi profe, que vio la luz en 1995 (la que ha publicado Capitán Swing es la segunda, de 2007). En ella analizó los principales manuales de historia que se utilizaban en las aulas americanas para ver cómo presentaban los hechos y llegó a conclusiones que serían fácilmente extrapolables a otros países: El mito y la interpretación interesada predominaban sobre los hechos, cualquier dato que pudiera provocar un debate serio se evitaba para evitar críticas de los padres, y la visión de la historia era tan plana y ausente de conflictos que bastante tenían los niños con no dormirse en clase como para encima aprender algo. Ya lo decía Maxwell Scott (Carleton Young), el periodista de El hombre que mató a Liberty Balance (John Ford. 1962) : “Esto es el oeste. Cuando la leyenda se convierte en hecho, imprimimos la leyenda”. El mundo parecía maravilloso.

De paso, recordó que los libros no estaban pensados para los estudiantes sino para que los consejos escolares los autorizaran y para que los profesores los escogieran, así que mientras más fotos en color y cuanto mejor fuera el libro de actividades para el docente (si incluía exámenes tipo para que no tuviera que comerse la bola, mucho mejor), más posibilidades tendría el manual de cumplir el fin para el que había sido concebido: reportar ingresos a la editorial. La cuestión crematística es tan importante que la mayoría de libros ni siquiera había sido escrito por el autor —algún respetable académico— que figuraba en la portada.

Cuanto peor… peor

Loewen, ni es ni pretende parecer un juez imparcial, aunque cada una de sus afirmaciones está respaldada por citas de los libros analizados. Además, a los defensores del ‘cuanto mejor peor’, Patrañas… es un libro llamado a defraudarles. En esta segunda edición reconoce que los manuales de historia han ido mejorando con el tiempo y, aunque algunos siguen anclados en los viejos estereotipos, las minorías o los aspectos más oscuros de la historia de Estados Unidos están cada vez más presentes en sus páginas.

Tampoco compra el argumento de que la educación es una especie de conspiración de las élites, a través de las compañías editoriales, para perpetuarse en el poder reescribiendo el pasado á la Orwell para dominar el presente. En primer lugar, dice, el mercado americano es suficientemente amplio para manuales de todo tipo; por otro, la teoría es una buena excusa para los que prefieran no hacer nada anunciando su derrota de antemano.

Más que un libro de historia, Patrañas… es una reflexión sobre cómo se transmite la historia de generación en generación. Una reflexión, por cierto, que sirve para cualquier país y que en España, donde el curso suele acabar antes de llegar a la Guerra Civil, es tan aplicable como en cualquier país del mundo. Loewen, con una metáfora, nos lleva a África, donde muchos pueblos dividen a sus muertos en sashas y zamanis. Los sashas acaban de morir, pero aún no están muertos del todo. Falta una generación para que se pueda hablar de ellos con propiedad, cuando se conviertan en zamanis, y entren de lleno en el mundo de los muertos. Sin las hipotecas que tuvieron sus padres que fueron testigos (a veces protagonistas) de los hechos, con la distancia temporal que permite abordar el pasado con desapasionamiento, es cuando los hijos pueden hablar de los zamanis con total libertad.

Ese paso de sashas a zamanis de los acontecimientos  es el que ha permitido que los estudiantes de hoy estudien en clase una visión más crítica de la Guerra de Vietnam, y que la próxima generación leerá libros en los que el 11 S no fue solo un ataque contra EEUU por parte de unos terroristas locos que odiaban la democracia americana (W. Bush dixit) sino un atentando cuyos orígenes no se entienden sin analizar la política americana de la Casa Blanca en Oriente Medio.

Las reflexiones de Loewen son más interesantes que la desmitificación que hace el autor de la historia de su país. Su visión alternativa, insiste, no es mejor que la oficial, solo que si los libros de texto no exponen ambas a los alumnos, estos no tendrán forma de poder debatir por ellos mismos cuál es la que consideran más acorde a la realidad. Por lo que respecta a la parte histórica es incompleta, pero la visión de los episodios sobre los que fija su mirada (la llegada de Colón, las instituciones indias antes de la revolución, las luchas por los derechos de la minorías…) compensan lo que falta.

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