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crónica de conciertos

Una avalancha de conciertos de piano enmarca la despedida definitiva de Yaron Traub

13/05/2018 - 

VALÈNCIA. Comenzó el pasado miércoles en el Palau lo que podría llamarse “mes del piano”, con seis sesiones donde actuarán, en concierto o recital, destacados intérpretes de este instrumento. El día 9, Denis Kozhukhin junto al mítico pianista (dirigiendo esta vez a la Orquesta de Cadaqués) Vladimir Ashkenazy. El 11 Elena Bashkirova, con la Orquesta de València y Yaron Traub, que se despedía definitivamente de la agrupación valenciana, tras trece años de titularidad. El martes 15 lo hará Maria Joāo Pires con la Orquesta de París y Daniel Harding, y el 23 de mayo Ivo Pogorelich en recital. Cierran el atracón pianístico Fazil Say, con la Orquesta de Valencia dirigida por Eiji Oue (1 de junio), y, ya algo más distante, Rubén Talón (de nuevo con la Orquesta de Valencia y Miguel Romea), el 22 de junio.

No veíamos a Ashkenazy en el Palau de la Música desde 2004, cuando visitó el Palau dirigiendo a la European Union Youth Orchestra. Algo más de miedo daba esta vez, por su avanzada edad (80 años) y un programa con sólo dos obras -largas ambas- que únicamente le permitieron un respiro durante el descanso. Dirigía el miércoles a la Orquesta de Cadaqués.

Interpretó en primer lugar el Concierto para piano y orquesta núm. 3 de Rachmáninov, con Denis Kazhukhin como solista, partitura de tres cuartos de hora plagados de dificultades. Especialmente para el pianista, pero no sólo para el pianista. Ashkenazy la abordó con un fraseo amplio y libre, de talante romántico –como corresponde a la obra, a pesar de estar escrita en 1909-, pero huyendo de los excesos que, en muchas versiones. la sobrecargan. Máxime interpretándola con una orquesta más bien pequeña, donde parece oportuno aprovechar la menor densidad del sonido para clarificar planos y resaltar colores. Lo anterior no implica que se diera una versión plana o ausente de calor interpretativo. Ashkenazy consiguió una lectura cálida y expresiva, especialmente en los movimientos extremos. Sin grandes aspavientos con los brazos pero cimbreando todo el tiempo el cuerpo con la música, el director lució su veteranía en la interpretación de la música de su compatriota, que ha frecuentado durante toda su vida desde el piano o con la batuta. En ningún caso, sin embargo, se adormiló sobre ella o se dejó llevar por la rutina.

Orquesta Cadaqués Denis Kozhukhin Vladimir Ashkenazy  Palau (Fotos: Eva Ripoll)

Tenía, además, un fogoso solista de 31 años a quien acompañar, Denis  Kozhukhin, también ruso y nacido, como él, en la ciudad de Nizhny Novgorod. Este se enfrentó a una obra que temen todos los pianistas, y que Rachmáninov compuso para ser interpretado por él mismo durante una gira. Plantea exigencias que sólo intérpretes de su talla son capaces de resolver: pasajes de amplios acordes a gran velocidad, inexcusable ambición melódica, gracia rítmica y potencia suficiente para sobreponerse a la orquesta, lanzada, en algunos momentos, a toda vela. Pero, sobre todo, se requiere una capacidad analítica que permita traducir, sin fisuras, la sólida unidad de la obra, codo a codo con el director.

Kozhukhin se mostró vigoroso y ágil, derrochando, por otra parte, el idiomatismo de corte ruso que –también- necesita la partitura. Su piano siguió con presteza el tempo rápido marcado por Ashkenazy, sobre todo en el Finale, pero también en el Allegro inicial. La sonoridad no tuvo siempre una limpieza intachable, muy difícil de conseguir, por otro lado, en una obra como ésta. La potencia, en su relación con la orquesta, estuvo compensada. Quizá, con una formación más grande, se hubiera resentido en algún momento. Pero lo que importa de verdad, musicalidad, impulso, tensión y comprensión de la partitura, estuvieron bien servidos. Dio como regalo el Preludio en Si menor de El clave bien temperado de Bach, en un arreglo de Siloti que ayudó a captar la belleza de las voces intermedias.

Orquesta Cadaqués Denis Kozhukhin Vladimir Ashkenazy  Palau (Fotos: Eva Ripoll)

La Orquesta de Cadaqués se movió entre márgenes más estrechos, flojeando a veces los metales, así como el empaste general. Nos reservaba, sin embargo, bonitas sorpresas para la segunda parte.

Fue en ella donde la Sexta Sinfonía de Beethoven, en manos de estos músicos, hábilmente dirigidos por Askkenazy, se vertió con un encanto realmente “pastoral”, camerístico, que buceaba en la inocencia pero no caía en el descriptivismo primario. Hubo limpieza y, ahora sí, secciones bien empastadas. Pudieron escucharse bonitos solos de la madera (en la que figuraban conocidos instrumentistas valencianos), y se creó una atmósfera risueña y transparente muy acorde a esta mirada de Beethoven sobre la relación del hombre con la Naturaleza. Ashkenazy, sin cargar las tintas, consiguió llegar, sin embargo, a lo más hondo. Una verdadera delicia.

El Vals triste de Sibelius, arrancado tras los aplausos del público, se movió en la misma óptica que la “Pastoral”: recatado, límpido, rítmico, cristalino... pero intensamente expresivo y con todo el encanto que le corresponde.

Orquesta Cadaqués Denis Kozhukhin Vladimir Ashkenazy  Palau (Fotos: Eva Ripoll)

El último concierto de Yaron Traub con la Orquesta de Valencia

Con Elena Bashkirova al piano, la sesión del día 11 fue la última de Yaron Traub con la Orquesta de Valencia. Desde hace meses dejó la titularidad de la misma, para ser sustituido por Ramón Tebar, aunque éste, por los compromisos previos, sólo ha podido ejercer su cargo en dos ocasiones esta temporada. Traub, por el contrario, ha estado en el podio cinco veces. Se anunció hace poco un tercer concierto de Tebar para el 25 de mayo, en el marco del 75 aniversario de la agrupación valenciana. Un concierto que, desafortunadamente, coincide con otro de Roberto Abbado, programado desde hace tiempo en el Palau de Les Arts. Así que el aficionado, de nuevo, se verá obligado a escoger.

En el parlamento previo al inicio de la sesión, Yaron Traub, se despidió muy afectuosamente del público valenciano, al que colmó de elogios y palabras de agradecimiento, que en absoluto hizo extensivos a la orquesta, lo cual confirmaría la tirantez existente, durante los últimos tiempos, entre un sector de la misma y el maestro israelí. Al terminar el concierto, sin embargo, la larguísima ovación del público, puesto en pie, impulsó a Traub a compartir el momento con las instrumentistas, estrechando la mano (y a veces abrazando), uno por uno, a los primeros atriles de cada sección. Ciertamente, los trece años que ha estado como titular han aportado a la agrupación del Palau una solidez indudable en el repertorio del XIX y principios del XX, sobre todo en lo que se refiere a fraseo y capacidad expresiva. Su historial con la orquesta cuenta con muchas veladas memorables, realmente memorables. Otras, por el contrario, no lo fueron tanto, porque algunos déficits presentes en la agrupación desde el principio, siguieron manifestándose hasta el final. Todo hay que decirlo, sin embargo:  las orquestas son corresponsables, al menos en parte, de ciertos defectos y virtudes siempre atribuidos a las batutas, así como de los desencuentros entre ambas partes. 

C OV Elena Bashkirova Yaron Traub Palau (Fotos: Eva Ripoll)

La actuación del día 11 tenía como solista a Elena Bashkirova en el Concierto para piano núm. 21 de Mozart, una de sus obras más populares. No es Mozart el compositor que mejor domina la Orquesta de Valencia, ni tampoco Traub, pero, por alguna razón, se programó para esta última actuación conjunta. Posiblemente  vendría impuesto por la propia Bashkirova, y también es fácil que algunas sesiones se concertaran previamente a que se conociera la no renovación del contrato. En cualquier caso, todo el mundo se esforzó en tocar con la transparencia y ajuste que el compositor de Salzburgo exige, logrando una versión convincente. La pianista rusa, por su parte, tocó con una sonoridad perlada y una gran delicadeza. Sus recorridos por el teclado denotaban una igualdad modélica en la pulsación de todos los dedos. Cada frase, por otro lado, estaba trabajada al milímetro, con una gran variedad de acentos, leves retenciones y un hermoso legato que le permitieron cantar realmente con el piano. Pareció querer huir de excesos en los graves, quizá para recuperar cierto perfume de los pianos antiguos, y Traub siguió esa opción en su acompañamiento, incluido el famoso pizzicato  del Andante. Algo más se le resistieron a la solista, en los movimientos extremos, los breves pasajes con octavas rápidas en la mano izquierda, falladas a veces.

Tras el descanso, la Novena de Bruckner, una obra difícil para mucha gente, por lo que se refuerza la impresión de que esta velada no estuvo concebida, en principio, como la despedida definitiva de Yaron Traub. Este hizo gala, como siempre, de dirigir de memoria, incluso una partitura de una orquestación y unas dimensiones tan colosales. Se hizo un trabajo correcto, pero no pareció conectar del todo con el público. Preferible guardar en el recuerdo esa misma sinfonía, con la misma orquesta y dirigida también por la misma batuta, en mayo de 2009, que dejó una huella muy profunda en la mayoría de oyentes.

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