Opinión

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BITÁCORA DE UN MUNDO REINVENTADO

Solo necesitamos a alguien que no esté loco

Publicado: 24/04/2026 · 06:00
Actualizado: 24/04/2026 · 06:00
  • El secretario de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos, Robert F. Kennedy Jr.
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Solo necesitamos a alguien que no esté loco: este es el titular que acompaña el nuevo nombramiento del responsable máximo de Sanidad en EEUU, una señora que parece maja y conciliadora. La frase la dijo un funcionario de la Casa Blanca a CNN y suena a algo más allá del hartazgo: suena a desesperación. Pero Robert F. Kennedy Jr. seguirá siendo el jefe de esta señora. El hijo del célebre senador continúa dirigiendo la agencia de salud pública que, tras un año de purgas y dimisiones, ha perdido el respeto internacional del que gozaba. Su política antivacunas ha provocado rebrotes de sarampión, entre otras lindezas, ¿solo necesitamos a alguien que no esté loco? Lo diré de otro modo: ¿hay que asociar incompetencia y locura?

De lo que me propongo hablar no es de este señor de dudosa competencia, hijo del asesinado RFK o Bobby Kennedy, que comenzó su incursión en el malestar emocional cuando asesinaron a su padre. Me sacude la profusión de diagnósticos para cualquier líder que nos escandalice y me pregunto si nos hace bien o mal y, en cualquier caso, si podemos evitarlo. Parece que este lenguaje ha venido a quedarse una vez el mundo se ha quedado sin árbitro.

El tal Kennedy inició un descenso a los infiernos con las sustancias cuando quedó huérfano y no ha ocultado su lucha por rehabilitarse. Aún acude puntualmente a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Es loable que admita su pasado, pero nos hace temblar cuando asegura no tenerle miedo a los “bichos” porque en su día se hacía rayas de coca en los inodoros. En nuestro país, algo parecido le costó el cargo al Defensor del Menor en Baleares, por ejemplo, pero EEUU is different. Con 80 millones de personas privadas de acceso a la sanidad desde el segundo mandato de Trump, este loable rehabilitado de las adicciones sigue al mando, ¿conseguirá su nueva responsable enderezar la confianza de los norteamericanos en su institución? Las encuestas hablan de que ha caído por debajo del 50 %.

Hablemos de salud mental. De la salud mental de los dirigentes. Como psiquiatra, me enfrento casi a diario a la dichosa pregunta: ¿cuál es el diagnóstico de Donald Trump?, ¿pensaría yo en psicosis ante un señor de casi 80 que entrara en mi consulta y me enseñara memes donde su figura luce vestida de Jesucristo? Y, en caso de respuesta afirmativa, ¿es la enfermedad mental un motivo para retirar de sus funciones a los dirigentes?

Si no es una impostura o un hábito comercial, la actitud de Trump parece la de una personalidad narcisista maligna. En este mandato, además, enseña signos evidentes de demencia y se habla de que puede ser de tipo fronto-temporal y haber comenzado en 2015 (con lo cual no le quedaría mucho tiempo de vida). Desde que inició su guerra ilegal, los titulares que crea son los propios de un demente (por ejemplo, hacer desaparecer una civilización entera). Líneas editoriales de prestigio como Newsweek, Time o Foreign Policy ya abordan la necesidad de aplicar la Enmienda 25 para declararlo incapaz en el cumplimiento de sus funciones. Durante el rescate de los pilotos derribados, un jefe del Estado Mayor (Dan Caine) admitió que lo “mantuvieron fuera de la Sala de Crisis” porque “temían que su impaciencia” pusiera en peligro la misión. Las ruedas de prensa son desquiciadas hace tiempo, ahora también lo son las reuniones militares en la Situation Room. Esta necesidad de apartarle, o incluso filtrarle falsa información para evitar reacciones explosivas, es algo inédito en un presidente. Según parece, a su padre ya le sucedió en los últimos años de vida y la familia lo engañaba con falsos escenarios de compra-venta en los que creía ser aún el gran magnate inmobiliario. La diferencia entre un empresario y un presidente de EEUU es clara; todo esto movería a la lástima si no se tratara de un perpetrador de bombardeos. Su demencia implica muchísima destrucción gratuita.

Pero decir enfermedad mental no es meter a todas las personas que la sufren en el mismo saco. Ser un enfermo mental no es sinónimo de ser incompetente si no se trata de casos graves, como psicosis o demencias avanzadas. Quizá en la balanza haya que incluir conciencia de enfermedad (Trump está lejos de tenerla) y la asunción de la necesidad de ayuda, ¿admiten nuestros líderes ayuda emocional cuando la necesitan?, ¿cuánta transparencia y cuánta opacidad reina todavía en este tema? (su jefe del Estado Mayor nombra el mal como “impaciencia”, no demencia). No es lo mismo hablar de una persona consciente de sus fragilidades y sesgos, que se deja supervisar y tratar, que de una persona que no lo hace. Y me temo que, si no incluimos esta variable en la ecuación, pronto podríamos estar cancelando de forma ciega a tantos líderes que no nos quedaría ni uno en el cargo.

Además, la Asociación Psicológica Americana (APA), que representa al lobby psiquiátrico en Estados Unidos, mantiene desde 1972 la Norma Goldwater, un acuerdo por el cual se abstienen de diagnosticar a figuras públicas sin el consentimiento de las mismas para una evaluación personal. En aquél entonces, la APA había emitido un juicio diagnóstico sobre este candidato republicano a la presidencia. Recogía la opinión de 1189 psiquiatras. Dijeron que su forma de razonar recordaba a la de Hitler, Castro o Stalin y esto supuso la retirada de su candidatura y una demanda por difamación.

Con la llegada de Trump a la presidencia, sin embargo, hemos vuelto a violar la norma. Hace una década que hablamos alegremente de psicopatías, autismos y narcisismos varios cuando se trata de líderes polémicos. Diagnosticamos por la información que nos llega por la prensa y sin consentimiento del afectado pero, ¿es esto serio? Pocos conocemos la realidad profunda y directa de estas personas. Asimismo, cuando esto se convierte en un deporte popular, caen en el saco de los juicios figuras célebres de nuestra cultura y la práctica acaba extendiéndose sin freno. Qué no se ha dicho del malogrado Robin Williams o de Diana de Gales. En el fondo, la norma Goldwater debería protegernos a todos.

Sin embargo, parece imparable que nos saltemos la norma. Estos días de tumulto, guerra, volantazos y amenazas causadas por el americano y el judío (¿por qué nadie pregunta por la salud mental del judío?), la cosa ha ido muy lejos. Un grupo de 35 psicólogos, psiquiatras y trabajadores sociales envió estos días una carta al periódico The New York Times en la que mostraba su preocupación por la forma en la que el presidente distorsiona la realidad y ataca a periodistas y científicos (“ataca los hechos y a quienes los transmiten”). La carta habla de "inestabilidad emocional" y de que "sus palabras y su comportamiento sugieren una profunda incapacidad para empatizar”.

Los voceros del mal del presidente crecen, pero sería mejor que, quien debe incapacitarlo, haga cuanto antes su trabajo. Para la enmienda 25 se necesita el consentimiento de miembros del Ejecutivo y los votos de dos tercios del Legislativo. Cabe recordar que también se precisan un gran número de entrevistas presenciales con un facultativo pero, ¿quién le pondrá el cascabel al gato?, ¿tendremos la suerte de que eso suceda pronto?

De momento asistimos a un debate inédito y al más asombroso escrutinio público de la salud mental de un líder. Uno que, a punto de cumplir 80 años, bate el récord de edad de presidentes de EEUU.

Nunca antes el mundo había pendido tanto de un cerebro y sí, consideraciones políticas aparte, quizá sólo necesitemos a alguien que no esté loco.

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