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ENTREVISTA

Juan Tamariz: “Hay juegos que me duran tres minutos en el escenario pero me ha llevado seis años perfeccionarlos”

El célebre mago lleva a la Rambleta una recopilación de los mejores juegos de naipes y monedas de toda su carrera

16/02/2017 - 

VALÈNCIA. Cuarenta años dan para muchos juegos de cartas, y Juan Tamariz (Madrid, 1942) se los sabe todos. O casi todos, porque el ilusionista madrileño nos advierte de entrada que esto de la magia es inagotable. Con casi todas las entradas vendidas, la Rambleta se prepara para acoger este fin de semana el espectáculo “Magia Potagia”, en el que este maestro de maestros recorrerá los mejores juegos (que no trucos) de su carrera, desde los más clásicos hasta los más recientes. Le acompañará su mujer, Consuelo Lorgia, conocida por sus dotes telepáticas y descendiente de una de las dinastías de magos más importantes de Colombia.

El espectáculo que se podrá ver en Valencia, concebido para que pueda disfrutarse “desde la primera hasta la última fila” -con la ayuda de una pantalla para los números de magia de cerca-, incluirá naipes, monedas, efectos mentales y mucha comedia.

-¿Cómo describirías la evolución de la magia en los últimos 40 años ¿Cuáles son las tendencias actuales?

Como todo arte, la magia tiene etapas de evolución. Ahora vivimos el resurgimiento de los efectos mentales, que durante una época se veían menos. Y de hecho vivimos un momento glorioso para la magia en España porque hay un número creciente de magos, y de gran calidad. Aquí siempre se nos ha dado bien la magia de cerca (es decir, de cartas o con objetos pequeños), porque en ellos la comunicación con el espectador es esencial, y a nosotros nos resulta mucho más fácil que a los sajones, por ejemplo, por la sociabilidad de nuestro carácter latino. Seguimos siendo un país referencia en el mundo entero. Y no solo en cartomagia. Ahora que había menos tradición de magia de grandes ilusiones, resulta que han aparecido algunos magos extraordinarios capaces de hacer efectos muy poéticos o incluso tan terroríficos que yo no puedo verlos porque luego no puedo ni comer.

-Con más de veinte libros publicados, se te considera uno de los grandes teóricos de la magia del siglo XX y XXI... 

No soy un gran teórico, lo que soy es muy pesado tratando de analizar los porqués de la comunicación mágica… esos sentimientos ocultos que nos produce ver cómo un mago rompe una cuerda y la recompone. En principio es un objeto sin valor que nos debería dar igual, y sin embargo tiene un gran efecto en nosotros por el valor inconsciente que tiene para nosotros la cuerda como símbolo de la vida. La magia es tratar de cumplir los deseos imposibles de todos nosotros; es conseguir que se hagan realidad en la esfera artística cosas como volver el tiempo atrás, predecir lo que va a pasar, saber lo que piensan los otros, introducir armonía en el caos... ¡Mira Trump! ¡Si pudiéramos hacer que se llevara su pelo paja a China! En Valencia me concentraré, a ver si me sale.

-Una de tus principales contribuciones al mundo de la magia ha sido en el terreno de la psicología del espectador y la aplicación de técnicas captadas del mundo del teatro ¿Qué puntos de conexión tienen tus teorías con la psicomagia de Alejandro Jodorowsky? 

Yo admiro mucho a Jodorowsky, y hay cierta relación entre lo que hacemos porque las dos teorías se basan en gran medida en los símbolos de junguianos del inconsciente colectivo. La diferencia es que él va por el lado científico-artístico y yo me quedo en el lado plenamente artístico. Yo me baso mucho en la psicología y en la comunicación no verbal: las actitudes, la distracción de la mente, los gestos, las miradas, las manos y sobre todo los pies, que son lo más importante. Depende de cómo “pises”, el resto del cuerpo transmitirá seguridad o todo lo contrario. Siempre que dejen las luces encendidas en el patio de butacas porque me baso mucho en las caras de los espectadores.

-Hablas de la magia como de un arte, no una ciencia. Y sin embargo es un mundo teórico con ramificaciones filosóficas, psicoanalíticas… ¿Cuánto nos queda por saber?

La magia es inagotable. Ahora mismo estoy hablándote desde la biblioteca de magia que tengo en mi casa, con 1.200 libros. Para que te hagas una idea, la Fundación March tiene otros 3.000. Hay de mentalismo, grandes ilusiones, manipulación, magia de cerca, con monedas. No solo hay mucha variedad, sino también un número creciente de personas que la estudian.

-¿Es entonces la profesión de mago una buena salida laboral?

Las crisis económicas (y yo ya he vivido tres) no son tan malas para los magos como para otros profesionales. Cuando la gente no llega a fin de mes, siente la amenaza de que lo despidan en el trabajo y esas cosas, le apetece mucho más ir a ver cómo un mago le “demuestra” que se puede volar ir a ver una película sobre una tragedia. Hay bastante trabajo para los magos, y cada vez mejor entendido. Cuando yo empecé en los años setenta había en el público muchos ejecutivos agresivos de esos que acababan de entrar en una multinacional, y cuando les proponías un juego de adivinación creían que les estabas intentando engañar y hacían como que entendían el truco. Una actitud terrible, la verdad. Hoy en día esas cosas no pasan.

-¿Cuánto se puede llegar a tardar en perfeccionar un juego?

La magia es muy bonita porque es un arte muy complejo. Hay juegos que me duran tres minutos en el escenario, pero me han llevado seis años perfeccionarlos. El proceso de ir limpiándolo y depurándolo, conseguir que la comunicación sea dramática y que genere emociones es bastante complicado.

-¿Cuál es la peor pesadilla de un mago? ¿Qué te destripen un truco?

No, qué va. Porque cuando eso ocurre es como si se interrumpe una proyección en mitad de una película. No pasa nada, la vuelves a poner y recuperas la credulidad un poco más tarde. Lo que sí me importa es no aburrir al personal.

-No parece que des muchas oportunidades al aburrimiento…

No te creas. Recuerdo la primera conferencia para magos profesionales que fui a dar a Bruselas. Me puse en plan teórico-filosófico (que es uno de mis muchos defectos) y les aburrí tanto que cada vez que me giraba para dibujar una curva en la pizarra desaparecían dos magos (ríe).

-¿Qué parte de improvisación tienen tus espectáculos?

Lo bueno es que no está prefijado. Solo sé el juego con el que empiezo, pero luego ya no sé. Los siguientes juegos dependen de mi estado de ánimo y de la interacción con el público. Tengo en el estuche del violín material para seis horas de magia, pero como no quiero ser pesado hago solo dos. La colaboración activa de los espectadores modifica el espectáculo muy a menudo. Por ejemplo, muchas veces la persona a la que sacas se pone muy nerviosa y cuando le preguntas una carta te dice otra, lo que te obliga a improvisar y crear sobre la marcha. Mi magia es muy jazzística.

-La música es un elemento distintivo de Juan Tamariz, ya sea con violín o con armónica ¿Qué escuchas en casa habitualmente?

El jazz me encanta, y de hecho una de mis hijas es pianista de jazz. Yo me he pedido serlo también dentro de dos reencarnaciones. En una anterior fui Pato Donald, y aún me queda una más de mago. Ahora mismo estoy escuchando [sube el volumen de su equipo de sonido] un concierto de chelo de Shostakovich interpretado por Rostropovich. Por las tardes suelo escuchar música clásica, por las noches jazz y por las madrugadas, hasta que me acuesto a las ocho o nueve de la mañana, me pongo flamenco.

-Voy a contarte una anécdota personal. Fue en el año 2006, durante el Festival Internacional de Benicàssim. Yo trabajaba acompañando a Pixies, un grupo norteamericano de rock muy conocido, y el batería del grupo, David Lovering, sacó una baraja de cartas y empezó a desplegar su destreza con la cartomagia. Me contó para mi sorpresa que llevaba más de una década entrenando con los naipes y que ya se sentía más mago que músico. Me aseguró que sus ídolos no eran ni Ringo Starr ni Keith Moon, sino un compatriota mío llamado Juan Tamariz “¡Es Dios!”, me insistía.

La verdad es que el grupo me suena. Pero te voy a contar dos secretos. El primero es que en el arte no existe eso de mejor ni peor. Es absurdo. Solo me gustan los premios cuando me los dan por haber dedicado mucho trabajo a la magia, no cuando son competitivos. El segundo secreto es que mando jamones a todos los magos del mundo para que digan cosas como esas, y ahora que lo dices creo que ese tal Lovering está en mi lista de envíos habituales.


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